La exposición Vik
Muniz: más acá de la imagen en el Museo de Arte del Banco de la República
reúne trabajos de las últimas dos décadas del artista brasilero, dando una
panorámica de la gran variedad de aproximaciones de Muniz a la construcción y
percepción de la imagen. Su curiosidad sobre la realidad lo lleva a cuestionar
al objeto de estudio desde diversas perspectivas: la histórica, la perceptual,
la política, la económica.
En esta muestra del artista brasilero nada es sólo lo que aparece a primera vista: una mancha de chocolate se transforma mágicamente ante nuestros ojos en la imagen agonizante de santa Ludovica; un amontonamiento de soldados plásticos revela con la distancia el retrato de un soldado, un basurero se convierte en el retrato de un reciclador. Todo lo que se observa parece contener varias capas que se pueden apreciar sólo en diferentes compases. La magia, los juegos ópticos, el humor y la obsesión son partes fundamentales de la obra.

Aunque las imágenes más conocidas de Muniz son las que logran seducir al espectador con juegos en los que, por ejemplo, el rastro de pasta sobre el plato se convierte en la Medusa de Caravaggio, la exposición hace evidente que lo que está en juego es mucho más que el asombro inicial. Lo que parece ser un logro al engañar el ojo y obligar al espectador a detenerse, mirar dos veces y admirar el virtuosismo de alguien que es capaz de reconstruir un Monet con pequeños fragmentos de papel de colores, es sólo el comienzo. Lo que propone el artista es volcarse sobre la imagen con toda la subjetividad y permitirse la duda sobre lo que realmente se ve y lo que se imagina.

América Latina, uno de los lugares privilegiados de los encuentros fortuitos, donde con frecuencia oímos la noticia de la aparición de la Virgen en la humedad de las paredes o en la corteza de un árbol en un pueblo antes olvidado, parece el espacio ideal para esta propuesta. El azar objetivo y la paranoia crítica instaurados por los surrealistas a principios del siglo XX, entre otros mecanismos, nos revelan la existencia de otros niveles de realidad y se convierten en herramientas vitales en la aproximación a la obra de Muniz. Esto se hace evidente en Dos vacas (1997), en donde en principio el visitante puede ver sólo una vaca, pero cuando mira de nuevo se da cuenta de que la mancha negra de la vaca Holstein tiene forma de vaca. O en la obra Equivalentes (1993), en la que Muniz reconstruye el ejercicio del fotógrafo norteamericano Alfred Stieglitz, de principios del siglo XX, quien tomó fotos a las nubes para incitar la imaginación. En el caso de Muniz, construye formas de algodón y pone al espectador a dudar sobre si son nubes, algodón, animales, teteras, remadores, o un fantasma de su imaginación. En estos dos trabajos tempranos, según la cronología de la muestra, se vislumbra el interés del artista por explorar el punto en donde la imaginación y la imagen se unen en la percepción de la realidad.

Su constante diálogo con la historia del arte le proporciona a Muniz tintes de iconoclasta e iconófilo al mismo tiempo. En la primera sala de la exposición, por ejemplo, Muniz se apropia del estilo de Hopper, Warhol, Monet, para transformar las obras de estos íconos de la historia del arte en construcciones mediáticas utilizando el collage de papel rasgado en una recreación asombrosa. Su aproximación funciona en varios niveles; por un lado, reproduce como virtuoso las imágenes; por otro, obliga al espectador a una segunda mirada más cercana, en la que uno descubre en lo intricado de la construcción otras imágenes igualmente relevantes al tema, y, en un tercer lugar, invita al espectador a preguntarse de nuevo sobre la naturaleza de la representación y su importancia en el mundo actual, en donde estas obras se han vuelto parte de nuestro bagaje cultural común.
La versatilidad de Muniz no se reduce, sin embargo, al uso obsesivamente ordenado de los materiales; por el contrario, en su obra material y temática son inseparables. Con la misma intensidad con que se aproxima a la Mona Lisa y la reproduce con mantequilla de maní y mermelada, como si se tratara de una secuela de Andy Warhol, Muniz se aproxima a los hijos de los cultivadores de caña en la isla de San Cristóbal para hacer un señalamiento sobre sus condiciones de vida. En la serie Niños de azúcar o en la serie Imágenes de desechos, Muniz hace evidente la compleja relación simbiótica entre tema, material y medio en su obra; un aspecto invoca al otro necesariamente, en una especie de círculo vicioso. Las diferentes obras que se presentan en Más acá de la imagen nos hablan de un proceso imparable de la materia; usando la fotografía como medio abarcador, Muniz congela instantes de un devenir constante; todo parece estar en proceso de construcción o al borde de la disolución.
Muniz asombra por su dominio de la técnica, por el acierto en la utilización de esa técnica, pero sobre todo asombran las reflexiones que quedan después del impacto inicial acerca de la poética del azar, de la naturaleza de la representación y la concepción tanto sensorial como conceptual que tiene la realidad en la cultura global.
MARÍA CLARA BERNAL
Docente del Departamento de Arte. Universidad de los Andes.

