Tras el éxito de la presentación de la exposición de Sergio Larraín en los últimos Rencontres Photographiques d’Arles (France), la Fondation Cartier-Bresson, con la curaduría de su directora Agnès Sire, expone, de forma muy original y en tres niveles, un conjunto excepcional de este fotógrafo chileno. La trayectoria de Larraín (1931-2012) resulta singular, debido a que para él, la fotografía es inseparable de una profunda reflexión espiritual relacionada con la práctica habitual de la meditación y del yoga. Por lo demás, él solía escribir que “una buena imagen nace de un estado de gracia”.

La vida nómada y el vagabundeo1 de Sergio Larraín comienzan en 1949, cuando sale de Chile alejándose de una familia burguesa y cultivada –con la cual no se identifica– para ir a estudiar en Estados Unidos. Luego de un largo viaje al Medio Oriente y Europa, regresa a su país, en donde se instala. Su primer trabajo tiene que ver con los niños abandonados de Santiago. En 1959, su encuentro en París con Henri Cartier-Bresson será determinante, pues el fotógrafo francés es, a sus ojos, “el maestro absoluto […] un genio […] alguien que pertenece a una categoría aparte […]”. Considerando que la actividad de fotógrafo de prensa (había entrado a trabajar en la Agencia Magnum) no le permitía suficiente libertad de creación, decide regresar a Chile en 1965. Después de diversas colaboraciones editoriales (entre ellas, El rectángulo en la mano y Una casa en la arena, sobre fotos de la casa de Pablo Neruda), se integra a la comunidad de Arica, en 1969, para seguir allí las enseñanzas de Oscar Ichazo2, y decide proseguir solo su búsqueda espiritual. Se instala definitivamente en Tulahuén (en el norte del país) en 1972, huyendo de las solicitaciones; lleva una vida discreta y rechaza numerosos proyectos de exposición (Magnum sigue sin embargo difundiendo sus archivos). Su última exposición tendrá lugar en 1999, en el IVAM de Valencia (España), con un catálogo cuyo prefacio es escrito por Roberto Bolaño. La exposición de la Fondation HCB fue posible gracias a la larga y constante relación epistolar mantenida entre Sergio Larraín y Agnès Sire.
En dos pisos se presentan ciento veintiocho fotografías en blanco y negro, entre ellas un invaluable conjunto de copias de la colección Magnum Photos y algunas inéditas. En el primer piso, varias series, como las de los niños abandonados de Santiago (1957-1963); Londres (1958-1959); Bolivia y Perú (1957-1960), pero sobre todo, de la Isla de Chiloé (1957-1961, Chile), dan testimonio de la sobriedad expresiva de sus fotografías y de la ternura que él siente por sus temas y personajes. Larraín revela, por otra parte, que es allí, en Chiloé, donde va a surgir su amor por la fotografía. No existe curiosidad morbosa ni interés comercial en él, sólo un verdadero deseo de captar el instante, de “comulgar” con el paso del tiempo. La estética de sus imágenes no es fruto de una búsqueda de la belleza en sí misma, sino de un sentimiento generoso por el ser humano que él transforma en una especie de “dramaturgia” del enfoque en dos planos desfasados. En la fotografía Entre la isla de Chiloé y Puerto Montt (1957, Magnum Photo), el espacio está recortado en cuatro planos: en el primer plano, abajo a la derecha, dos rostros, uno de ellos de perfil; arriba a la derecha, el cielo y un barco a lo lejos; arriba a la izquierda, una esquina de la vela del barco, y abajo, el mar. En Isla de Chiloé (1961, Magnum Photo), sólo la parte alta del espacio aparece “ocupada” por niños, de espaldas, que trepan sobre una barca, dejando una gran parte de la imagen en la oscuridad. Con las rayas del poncho de Potosí (1957) o las gradas de piedra de Machu Picchu (1960), Larraín parece haber retenido la belleza del detalle abstracto que supo resaltar, entre otros, Manuel Álvarez Bravo en sus primeras fotografías.
En el segundo piso, una gran vitrina nos muestra libros y recortes de prensa. Fotografías de Roma, Palermo y París (1959) y, sobre todo, del puerto de Valparaíso (1963) dan testimonio de ese amor por el primer plano recortado, como en exergo, sobre un segundo plano que le confiere todo su sentido. Antes de entrar en la sala, una primera fotografía muestra la manera recurrente con que Larraín tiende a priorizar una gran parte del cuadro, ya sea horizontal o vertical, como es aquí el caso. Un tronco de palmera, cuya corteza está en primer plano, ocupa tres cuartas partes del espacio, mientras que una mujer sentada en segundo plano lee, bajo una enorme estatua de piedra cuya cabeza no se ve, y con un “libro” abierto en su mano. La serie de Valparaíso es sorprendente; allí están el puerto, la noche, sus escaleras, su funicular. Están los bares, las prostitutas, los travestis, el striptease, una atmósfera que Larraín encuentra “conmovedora” a pesar de la miseria. No hay voyerismo ni complacencia en él, sino una búsqueda de su ser profundo y de lo que son los demás, para amarlos y comprenderlos.
En el tercer piso, un álbum realizado en 1995 con textos (en su mayoría aforismos), dibujos y fotografías de Larraín nos introduce en su “cosmogonía personal”, que va a absorberlo en el curso de los últimos años de su vida (elogio a la naturaleza y fotografías de bodegones).
NOTAS
1. El subtítulo de la exposición es Vagabondages (Vagabundeos).
2. Nacido en 1931, en Bolivia, es el creador de una teoría espiritualista llamada “protoanálisis”, que se basa especialmente en el eneagrama (modelo de cartografía de la personalidad humana). Él es también el fundador del Instituto Arica.
CHRISTINE FRÈROT
