Cuando
el Salón Nacional en su cuadragésima tercera versión abrió sus puertas al
iniciarse el mes de septiembre pasado, la exposición estaba impecablemente
montada, con un grado de profesionalismo nunca antes conquistado por este
evento, una cuidadosa guía impresa con mapas de cada una de las salas, y un
catálogo con noticias y declaraciones sobre los artistas, felizmente listo para
acompañar como es debido el certamen. La muestra expositiva se proyectó en
cuatro espacios: Jardín Botánico, con tres obras; Museo de Antioquia, con
treinta y nueve propuestas; Casa del Encuentro, con quince espacios y sus
respectivos trabajos; Museo de Arte Moderno, con veinticuatro artistas en sus
salas, y la antigua Naviera llamada ahora Edificio Antioquia, que albergó
treinta y tres proyectos. Además de los eventos especiales, que incluían performance,
conciertos, recorridos, un encuentro teórico de apertura y uno de cierre y
actividades varias hasta su finalización, el tres de noviembre.


Desde hace cinco años se planteó la idea de internacionalizar el Salón Nacional con el ánimo de atraer públicos de diversos intereses, sobre todo los implicados directamente en el sistema del arte contemporáneo, llámense galeristas, curadores, coleccionistas o artistas. Pareció un pensamiento oportuno, dado que en 2008 apenas se estaba iniciando el atractivo hacia el arte contemporáneo colombiano, motivado no sólo por los artistas que habían tenido desempeños significativos en escenarios internacionales, del talante por ejemplo de Doris Salcedo u Óscar Muñoz, sino por el empuje de curadores y galeristas que acompañaban a sus escogidos o representados a bienales y ferias. Ahora hemos tenido en el lapso de ese tiempo para acá un inusitado interés en nuestro arte contemporáneo; basta recordar las visitas de funcionarios del Museo de Arte Moderno de Nueva York o de la Tate Modern de Londres, seguidos o acompañados de galeristas internacionales y coleccionistas de distinta índole, desde individuales hasta institucionales. Todos ellos quieren ver expuesto el arte contemporáneo y no lo han encontrado sino a cuentagotas, por decir lo menos, en las distintas ciudades donde hay mayor concentración (Bogotá, Medellín, Cali). También quieren visitar a los artistas, conocerlos y ver sus estudios. Eso se ha traducido en invitaciones, contactos y compras.


De tal manera que la idea de hacer un Salón Nacional internacionalizado, es decir, con una altísima presencia de artistas extranjeros, hoy ya no es tan buena estrategia y el gasto es más bien inútil. Si ese dinero se invirtiera, por ejemplo, en traer a curadores, directores de museos, galeristas y coleccionistas para ver ciento ocho artistas colombianos de las últimas generaciones y observar un panorama de las prácticas artísticas contemporáneas, creo que sería más acertado. Los observadores internacionales no quieren ver artistas de Afganistán, Suiza, Italia, Francia, Alemania, Portugal, Estados Unidos, Canadá, Martinica, Finlandia, Reino Unido, Holanda o China que hicieron parte de este evento, no al menos en la exposición madre de las artes visuales de esta nación. Artistas que tienen similares talantes a los nuestros y muchos puntos comunes, lo cual no es nada notable ni excepcional, dados los fenómenos de la globalización. Si acaso, podría de alguna manera interesarles latinoamericanos de Cuba, Panamá, Guatemala, Perú, Ecuador, México, Argentina, Brasil o El Salvador, quienes también hacen parte de este salón “colombiano” de artistas.

Si bien el Ministerio de Cultura apostó por un evento internacional de gran interés y logró salir imbatible de este empeño específico, no sólo por el equipo de curaduría que diseñó una estrategia y es evidente que logró sus cometidos, sino por todo el personal que está detrás para llevar a feliz término esta empresa macro: direcciones ejecutiva y artística, producción, registro, logística, coordinación editorial y prensa nacional e internacional. Sólo que el carácter de Salón Nacional quedó completamente desdibujado, no por miopía de los asistentes, que quedan satisfechos con el evento y su puesta en escena, así como los artistas y sus obras, que no podrían ser mejor tratados, sino por cuenta del falso afán internacionalista que parte de la premisa ¡si no hay extranjeros la gente no viene o los foráneos no asisten! Precisamente los artistas colombianos y sus mejores obras han llamado tanto la atención en los últimos años que ya no es preciso rogar y convencer para que nos visiten y nos tengan en cuenta, sino todo lo contrario.

“Saber desconocer” es un argumento tan abierto como contradictorio, y los textos de apoyo y presentaciones tienen un tono de disculpa y un tanto empantanado como para concluir afirmando: “Saber desconocer nos permite reconocer la imposibilidad de mantener ambas dinámicas separadas y en oposición mutua. Siempre nos pensamos frente a lo real, sin embargo, no hay frente a frente, no hay saber, no hay desconocer, se trata de una doble ilusión”. El parentesco con la patafísica y el reino de lo gaseoso parece imponerse, rematado por el saludo de Mariángela Méndez, no sólo directora artística sino también uno de los cinco curadores: “las obras de los ciento ocho artistas participantes enriquecen nuestro saber, otras nos dejan con inquietudes y aumentan el desconocer, otras tienen la singular tarea de juntar la separación con lazos y tensores que muestran cómo el canon, lo que sabemos, lo que creemos conocer y desconocer, son categorías con algo de arbitrario, con inseguridades y, a menudo, felizmente incompletas”.

Como exhibición, este salón es una exposición internacional de referencia para nuestro medio y sí relaciona a los artistas colombianos escogidos con preocupaciones de sus similares de otras geografías. Resulta seguramente más fácil ilustrar la idea del desconocer que de los saberes. Esto se evidencia en las dos exposiciones enfrentadas y paralelas del Museo de Arte Moderno. Destiempo de la curadora argentina Florencia Malbrán, es más explícita en la incertidumbre del futuro y la atomización de los discursos históricos que han llevado tanto a la desmaterialización del arte como a su banalización. . Estado Oculto es más difícil de digerir, tanto por la apropiación de las etnias en un esfuerzo amañado como por la creencia inútil de que visibilizándolas ayudamos a conservarlas. A propósito de esto, el curador responsable, Rodrigo Moura e Silva, de Brasil, resolvió darle un protagonismo muy visible a su propio país, invitando a formar parte de esta sala a ocho de sus allegados (Isael Maxakalí, Alexandre Da Cunha, Jac Leiner, Cildo Meireles, Cristiano Rennó, Mauricio Yekuana y Claudia Andujar, quien es suiza pero vive en São Paulo). En cambio, Malbrán sólo escogió tres argentinos (Víctor Grippo, Jorge Macchi y Sergio Raimondi) para hacer parte de los nueve que ilustraron su Destiempo. La obra de Ernesto Neto, en su monumentalidad y eficacia, lucía como una “exhibición individual”, muy lúdica, que no conectaba para nada con las salas aledañas, como se pretendía, pero sí ofrecía la oportunidad de vivenciar un trabajo mayor de este fundamental artista brasilero.

Los tres curadores colombianos resolvieron entretejer sus escogencias en el Museo de Antioquia, Casa del Encuentro, Jardín Botánico y la antigua Naviera, donde los proyectos individuales se privilegiaron, y los seleccionados por Mariángela Méndez, Javier Mejía y Óscar Roldán pudieron interconectarse con otros señalados también por Malbrán y Moura. A esta relación multicultural, intercontinental, promiscua, y sólo parcialmente nacional, se le denominó con la ingenua etiqueta de Uno con otro.

Los criterios de curaduría eran tan amplios como la idea del saber/desconocer que lo precedía. No sólo colaboró a la resurrección de los muertos (Omar Rayo, Hernando Tejada y Ethel Gilmour), a la presencia de los veteranos (Giovanni Anselmo, 1934; Lothar Baumgarten, 1944; Germán Botero, 1946; Jimmie Durham, 1940; Cildo Meireles, 1948; Miguel Ángel Rojas, 1946; Antonio Caro, 1950), la inclusión de artefactos, falsificaciones y representantes de oficios varios (el reloj de la Estación de la Sabana, una pequeña muestra de las invenciones de cerámica precolombina de la familia Álzate, el caricaturista Álvaro Vélez, el defensor de los Yanomami Mauricio Yekuana, el poeta Sergio Raimondi, que trabaja como secretario de Cultura en la ciudad de Bahía Blanca, el documentalista indígena Isael Maxakalí o Abel Rodríguez, “el nombrador de plantas”, indígena nonuya de la Amazonia que produce acuarelas realistas sobre la flora selvática), sino que colaboró a dar a conocer artistas extranjeros poco conocidos o totalmente desconocidos en nuestro medio (Lida Abdul, Armando Andrade Tudela, Claudia Andujar, Giovanni Anselmo, Kader Attia, Marcos Ávila, Lisandra Ávila Romero, Lothar Baumgarten, Carlos Bunga, Iván Capote, José Castrellón, Benvenuto Chavajay, Liu Chuang, Donna Colon, Jonathan Harker, Alexandre Da Cunha, Annika Dahlsten, Markku Laakso, Jeremy Deller, Jimmie Durham, Anuar Elías, Radames Figueroa, Demián Flórez, Regina José Galindo, Alexandra Gelis, Víctor Grippo, Nancy La Rosa, Fabienne Lasserre, Jac Leiner, Glenda León, Jorge Macchi, Gilda Mantilla, Isael Maxakalí, Cildo Meireles, Jorge Méndez Blake, Gian Paolo Minelli, Sandra Monterroso, Claire Morel, Joar Nango, Ernesto Neto, Sergio Raimondi, Cristiano Rennó, Karin Sander, Viviane Sassen, Fiete Stolte, Simón Vega, Vincent Vulsma y Mauricio Yekuana), a presentar una vez más nombres con los cuales hay familiaridad suficiente pero que garantizan una solvencia al evento y de cierta manera lo blindaba, a través de reflexiones tanto conocidas como acertadas (María José Arjona, Alberto Baraya, François Bucher, Johanna Calle, Antonio Caro, Nicolás Consuegra, Juan Manuel Echavarría, Clemencia Echeverri, Juan Fernando Herrán, Raimond Chávez, Jaime Iregui, Mateo López, José Horacio Martínez, Delcy Morelos, Mario Opazo, Bernardo Ortiz, Lucas Ospina, Nicolás París, Libia Posada, José Alejandro Restrepo, Miguel Ángel Rojas, María Isabel Rueda, Gabriel Sierra, José Antonio Suárez y Carlos Uribe), y a señalar a algunos que están emergiendo, lo cual debería ser, esto último, el fuerte del Salón, y no uno de sus apéndices: Freddy Álzate, Felipe Arturo, Juan Carlos Calderón, Leyla Cárdenas, los colectivos Octavo Plástico –Roberto Carlos Pérez, Ana María Padilla, Emmanuel Julio Pinilla– y Reproducciones –David Escobar, Lina Rodríguez–, César del Valle, Camilo Echavarría, Lorena Espitia, Éricka Flórez, Adrián Gaitán, Rafael Gómezbarros, Juan David Higuita, Miguel Jara, Edwin Gimeno, Alejandro Mancera, Kevin Mancera, Iván Navarro, José Olano, John Mario Ortiz, Fernando Pareja, Leidy Chávez, Yussy Pupo, Martha Lucía Ramírez, Antonio Restrepo, Santiago Reyes, Alex Rodríguez, Adriana Salazar, Wilger Sotelo, Angélica Teuta y Giovanni Vargas. Claro, los artistas nuevos no representan muchos dividendos para los curadores independientes.

A los artistas que ocuparon el Museo de Antioquia, La Casa del Encuentro, la antigua Naviera, el Jardín Botánico, se los pudo ver y percibir con obras ambiciosas que daban la dimensión de sus pensamientos y alcances. Los espacios eran tan generosos y acertados que no sólo las propuestas más inteligentes, resueltas y propositivas lucían en toda su integridad, sino que trabajos no tan interesantes se aceptaban disimulando sus limitadas cualidades. Virtudes y ventajas de la buena museografía.

El turismo cultural, el poder mediático de los distintos instrumentos de conocimiento publicitario, la avalancha productiva en el inabarcable panorama de las prácticas contemporáneas del arte, la burbuja comercial que representa la multiplicación de inversionistas y/o coleccionistas, la nada despreciable tesis que denuncia los productos artísticos como mercancías de una mafia internacional divinamente aceitada, son un marco abigarrado y pomposo que no se puede desconocer cuando se intenta clasificar o tabular el 43 Salón. Un empeño estatal por visibilizar al arte y a los artistas colombianos, donde además se manejan cifras interesantes. Quinientos millones aportaron los municipios donde ocurrieron los salones de provincia. Dos mil cuatrocientos millones desembolsó el Ministerio para los regionales previos de 2011 y 2012. Dos mil millones en el presente Salón, más la contribución de la Alcaldía de Medellín, de mil quinientos millones.
En esa pérdida de la inocencia, el evento debe considerar el contexto y no puede ser ajeno a las distintas circunstancias contradictorias que el escenario globalizado reclama. El Salón Nacional debe usar el nivel de profesionalismo alcanzado en todas sus instancias –y su presupuesto– para estar al servicio del arte y los artistas de este país y cuestionar la idea de que es indispensable y absolutamente necesario el supuesto “diálogo” forzado con otros, para mejorar tanto la producción como las oportunidades.
MIGUEL GONZÁLEZ
Profesor, curador y crítico de arte. Miembro de AICA.

