País Sonhado – Arte Contemporânea de Chile

Amélia Errázuriz. Geografías, 2013. Técnica mixta. 200 x 280 cm. (78 ¾ x 110 pulgadas). Foto: Bruna Sizilio.

Colectivadic 2013 - feb 2014· Por Claudia Fazzolari

País Sonhado – Arte Contemporânea de Chile

Memorial de América Latina – Galería Marta Traba

El marco histórico creado por la reunión de dieciocho artistas latinoamericanos, para una muestra de obras recientes, ideado por el crítico chileno Ernesto Muñoz como representación pensada desde diferentes identidades, sintetizaba el perfil y el concepto de la exposición País soñado – arte contemporáneo de Chile. Se expuso el último lustro de la producción realizada en el país.

Entre pinturas, fotografías, collages, objetos, costuras, instalaciones, producciones textiles, bordados, esculturas, el Memorial de América Latina, en São Paulo, recibía la muestra trayendo al espacio expositivo de la Galería Marta Traba un elenco de situaciones fuertemente comprometidas con las distintas realidades vividas en el país, en especial en las últimas décadas.

De hecho, las últimas cinco décadas evidenciaron la fuerza de proyectos de artistas que lucharon por la consolidación de prácticas críticas, buscando una reacción a una dictadura de largo alcance y creando relatos alternativos sobre un país traumatizado, en reestructuración.

Como país latinoamericano que presenta un fuerte desarrollo socioeconómico y tiene en la mira la construcción de una democracia que establezca políticas públicas consistentes para el futuro –según lo que nos dice la prensa–, también las recientes movilizaciones sociales parecen hacer emerger niveles de tensión política y social, como presencia necesaria para un pacto real.

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Maité Izquierdo. Retazos, 2013. Textil. 290 x 120 x 120 cm. (114 x 47 1/5 x 47 1/5 pulgadas). Foto: Bruna Sizilio.

Según los registros y testimonios de la prensa, seguimos imágenes de multitudes en marcha por las calles de la capital del país –que piden cambios en la educación pública–, lucha organizada directamente por la vía de la protesta multitudinaria de jóvenes procedentes de los movimientos estudiantiles.

Señal fuerte de décadas de redemocratización, tales manifestaciones reforzaron el conjunto de inquietudes que también impulsaron los proyectos de artistas chilenos en la actual coyuntura.

En este núcleo de artistas participantes en un proyecto común, muy marcado por la reflexión crítica sobre las circunstancias de la vida contemporánea, reconocemos fuerzas asociadas a los debates sobre límites y recorridos de las diferentes generaciones que se hacen presentes en el país.

Fernando Balmaceda, Denise Blanchard, Rodrigo Bruna, Carlos Edwards, Amelia Errázuriz, Hernán Gana, Maite Izquierdo, Cecilia Juillerat, Paula de Solminiac, Catalina Mena, María José Mir, Lorenzo Moya, Carolina Oltra, Catalina Prado, Francisco Ríos, Pedro Tyler, Cristián Velasco y Ángela Wilson investigaron los hechos de este País soñado.

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Catalina Mena. Silla, 2013. Técnica mixta. 93 x 45 x 42 cm. (36 3/5 x 17 ¾ x 16 ½ pulgadas). Foto: Bruna Sizilio.

Exposición colectiva organizada y promovida por el Memorial de América Latina, con el apoyo de la Embajada de Chile en Brasil y los Consulados de Chile en São Paulo y Campinas, la muestra presentaba proyectos señalados por realidades disonantes, apartadas de un derrotero único.

La imagen creada por el curador para este País soñado remitía al contexto de un mosaico de experiencias vividas, multiplicadas por el carácter de muchas circunstancias transformadoras en la convivencia con las tensiones entre lo global y lo local, tan presentes en la actualidad.

El espacio expositivo de la galería, recreado para acoger este territorio soñado, de acuerdo con la misma imagen proyectada para componer un cuadro de la producción actual chilena, solicitaba la atención del espectador hacia un abanico muy diverso de poéticas de investigación.

Caminando por el conjunto de mil metros cuadrados de la galería, en ese proyecto arquitectónico creado por la mano de Oscar Niemeyer, junto al complejo del Memorial de América Latina, el público brasilero entraba en contacto con los diversos perfiles de un vecino latinoamericano.

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Francisco Ríos. Camahueto en el Valle de San Pedro de Atacama I, 2011. Tejido en fibra vegetal y papel. 70 x 110 cm. (27 ½ x 43 pulgadas).

De las calles, de las protestas y de las movilizaciones por los pedidos de reformas sociales nació el registro de Fernando Balmaceda, con la serie Marchas Estudiantiles (2011-2013), testigo de treinta fotografías a color realizadas durante dos años de trabajo por el artista. Recorrer el itinerario de esos registros fotográficos le permitía al espectador hacer parte de un acontecimiento reciente de la historia chilena, reconociendo entre millares de jóvenes, en marcha por las calles de la capital, muchos rostros marcados por la convicción de miradas críticas.

Caminando por el espacio de la galería, en el encuentro con las obras de la artista Catalina Mena se reconocía otra inquietante perspectiva para confrontar la escena chilena contemporánea, en la que Mena reinventa estrategias para leer críticamente la cotidianidad de sus pares. Son frecuentes en su trabajo las incómodas y habituales señales de la violencia de género, de los dramas domésticos, de la angustia, del miedo y del dolor recurrentes. Para la artista, el sesgo afilado de su discurso expositivo lo proponía la obra Silla, que se puede interpretar como causa de una impresión cortante, desafiante.

Sin prefacio, una silla –compuesta por decenas de cuchillos de cocina, de corte fino, de mesa, domésticos, con sierra y también machetes de amplio corte, de acero laminado, pulidos y/o herrumbrosos– imponía la presencia de un trastorno cotidiano. Entre cuchillos y machetes, la silla montada con la unión de puntas de hierro y acero y de decenas de tacos de madera y de plástico recordaba al espectador que este objeto, apartado de su uso habitual, encontraba otro dispositivo narrativo, nada utilitario, pero tan conocido, doméstico.

En la misma densa línea, parte de otra investigación del mismo tenor, expuesta como instalación en la muestra Léxico doméstico, en la Galería Isabel Aninat, en Santiago, Mena presentaba, en diálogo crítico, un conjunto de machetes, en línea, fijados al muro. Los trece machetes, perforados con precisión, con idéntica forma y tamaño, con láminas relucientes, recibían motivos de mariposas variadas. Cada lámina trabajada como soporte, como tela o bastidor, tenía un motivo coloreado, bordado.

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Hernán Gana. Sociedad anónima, 2013. Óleo y acrílico sobre tela. 500 x 200 cm. (197 x 78 ¾ pulgadas).

De hecho, la poética visual de Catalina Mena se ha destacado en el contexto chileno, ya sea por la cáustica comprensión de las trampas de la vida privada, ya sea por la exposición contundente de enunciados divergentes de los modelos consolidados, revisados por la poética de esta joven creadora.

El espacio siguiente recibió las obras de Pedro Tyler, joven artista uruguayo radicado en Chile, quien exponía sus también cortantes formas de confrontar al espectador con el uso de objetos cotidianos, reconfigurados como elementos de un discurso ambiguo, de aspecto contradictorio. Obra reciente, Caja de Pandora retoma un camino que el artista ha investigado con gran minucia: los recursos materiales de los sistemas de medición, ya sean cintas métricas o reglas metálicas, recurrentes en sus creaciones, siempre recompuestas como relatos sobre disposiciones espaciales. Compuesta por la reunión de nueve cuchillos, fijados al muro y dispuestos en forma de caja, su particular geometría mostraba un conjunto de láminas creadas a partir de reglas metálicas. También hecha con la unión de reglas metálicas, la obra Oscura Luz imponía una silueta fijada a la pared, una estrella compuesta por la conjunción de diez cuchillos metálicos, de punta, con reglas de medir transformadas en objetos cortantes, puntiagudos, afilados. Como parte de esta tensa confrontación, Tyler presentó también un video, Vigilia, de 2009, con ruidos metálicos de láminas lanzadas por la silueta de un lanzador de cuchillos.

De regreso a la entrada de la gran galería, María José Mir presentó un conjunto de tres obras elaboradas con costura sobre tela negra, grafito y gris, trabajadas con cabellos e hilo negro, con puntos compuestos delicadamente para formar un ordenado patchwork. Pelos mecánicos 4.1 conjugaba la memoria de la práctica de la costura y el contexto de una elaborada reflexión sobre campos pictóricos expandidos, integrados como matriz textil.

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Cristián Velasco. Review of a Vanished Process, 2013. Embroidery and sewing on cotton fabric. 196 x 63 in. (500 x 160 cm.). Photo: Bruna Sizilio.

Recorrer la gran sala le permitía al espectador conocer la dimensión de otro proyecto, esta vez gracias a la expresión de la obra de Carolina Oltra, en el ámbito de la investigación fotográfica. En su serie Bordes, la artistas componía un campo de observación vívido y transformado por la fotografía backlight, colocada en cajones de madera rústica, sobre ruedas. En los seis cajones de madera, móviles, dispuestos en el piso e iluminados con lámparas led, la idea de un paisaje reinventado se componía con imágenes de alambre de púa estirado, registros de los hilos retorcidos y mallas metálicas colocadas sobre diversas rocas. En ese encuentro con el paisaje chileno, por la exploración y el reconocimiento de las alteraciones del entorno natural causadas por la acción humana –cuando el acto de cercar con alambre de púas limita el acceso, cuando las mallas metálicas que contienen las rocas en el desierto acomodan la naturaleza al proyecto de las autopistas–, Oltra se desplaza por el territorio como viajera y artista etnógrafa.

Desvelo, instalación de Ángela Wilson, llevaba al espectador a vislumbrar nueve paneles en entretela con impresión digital e intervención de pintura, en técnica mixta, con acuarela, tinta china y esmalte sintético aguado, en suspensión y fijado al techo de la galería. Entre las imágenes estampadas y manchadas sobre los paneles de entretela se reconocían registros del pasado, registros fotográficos históricos de Santiago de Chile, sobrepuestos, dando un efecto transparente pensado para traspasar las capas de la memoria de esa ciudad.

Catalina Prado participó en la colectiva con una obra reciente, Mi patria, en técnica mixta, un proyecto destinado a materializar una elaborada ficción sobre Chile. Como estrategia, su pintura creaba un desvío histórico sobre un mapa físico de Chile. El soporte y la estructura de la obra estaban constituidos por la dimensión cartográfica de un documento antiguo, un mapa, marcado por la artista con un elemento nuevo: su propio retrato pintado. En un panel de gran formato, tres fajas verticales mostraban formaciones rocosas, picos, altiplanos y llanuras del paisaje chileno, y, en el lado izquierdo del panel, la propia artista, como fundadora de la capital, aparecía pintada, junto con el núcleo histórico de la colonización.

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Fernando Balmaceda. Marchas estudiantiles, s.f. Detalle de la serie de 30 fotografìas. Cada una: 20 x 30 cm. (7 ¾ x 11 4/5 pulgadas).

El trabajo de Denise Blanchard, titulado Paño de té, se constituía con la organización de decenas de bolsas de té, descartadas después de su consumo y reagrupadas en un mosaico de tonos descoloridos, creados por el tiempo de exposición y secado de los soportes.

 Carlos Edwards y Rodrigo Bruna pusieron de presente en sus proyectos cortes, grietas y fisuras en distintos materiales, a fin de incorporar campos sensoriales renovados y experimentaciones que instigaban la plena activación de otros modos de captar el contexto de sus obras. Con Flotante, de 2013, Edwards experimentó la alteración física de bloques de granito vaciados, sumergidos en cajas acrílicas con agua, favoreciendo la flotación. El concepto de Crack, para Rodrigo Bruna, redimensionaba el registro de un movimiento sísmico, tema recurrente en el imaginario chileno, en un plano recortado, dispuesto como instalación mural.

Las artistas Amelia Errázuriz y Cecilia Juillerat, en espacios distintos, buscaron elaborar microrrelatos y compartieron inquietudes por la dinámica de un ambiente casi lúdico y las narrativas de un universo de cuentos infantiles. En Geografías, Errázuriz propuso un arreglo compuesto por placas de cobre grabadas, dispuestas en el piso de la galería como un juego de memoria reconsiderado. Para Juillerat, el conjunto de cinco trabajos pintados en entretela exponía narrativas pintadas y cosidas.

Lorenzo Moya y Francisco Ríos establecieron líneas de investigación fundamentadas por el contacto con la naturaleza, por las alteraciones del pensamiento sobre el paisaje desde su reinvención. Para la obra Las piedras del camino, Moya se sirve de la pintura de paisaje como medio para captar la mirada situada entre dos horizontes, en dirección al registro fotográfico, con una inscripción pintada en piedras: "el fuego del destino enciende lo que encuentra en el camino". Para Francisco Ríos la colisión con la naturaleza genera un recorrido que circula por las diferentes culturas precolombinas que poblaron toda América Latina. Con Camahueto en el valle de San pedro de Atacama, Ríos aparece fotografiado en una acción, encarnando una entidad esculpida en fibra vegetal, que conectaba lo terrenal y lo espiritual, según la mitología chilota.

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Pedro Tyler. Oscura Luz, 2013. Escultura. 3/3. 65 x 65 cm. (25 ½ x 25 ½ pulgadas).

Los trabajos de Patricia Solminihac expuestos en la muestra colectiva mantenían una dirección coherente con sus investigaciones recientes. Interesada por composiciones exploratorias, Solminihac busca interrogar al espectador con toda la fragilidad de tramas imposibles. En su obra titulada In Absentia, el registro fotográfico de las tareas cotidianas de la artista se lamina en capas y, remontado, se torna permeable al descubrimiento de otros sentidos posibles.

El contexto de la creación de Maite Izquierdo proponía una nueva aproximación con una ambientación textil presentada como obra en el espacio expositivo. Creación reciente de la artista, Retazos reúne tiras finas de tejido en capas residuales -provenientes del descarte en la producción industrial–, en un objeto suspendido del techo, con amarres coloridos dispuestos en diferentes niveles.

Hernán Gana, con el proyecto Sociedad anónima, estableció un registro que confunde la comprensión del espectador. Utilizando pintura al óleo y acrílico sobre tela, pintó más de una centena de ventanas sin cortinas, expuestas como lo haría una instantánea fotográfica. El engaño y el autoengaño del espectador –provocado por la ilusión recreada en pintura con lenguaje de fotografía– se transformaban en elementos contingentes de un tipo de comprensión del entorno que tiene que ver con los estudios del artista sobre la vida contemporánea.

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Lorenzo Moya. Las piedras del camino, 2013. Técnica mixta. 200 x 70 cm. (78 ¾ x 27 ½ pulgadas).

El espacio destinado al proyecto de Cristián Velasco, en la gran sala, promovía la inserción de su obra, movida por las dimensiones simbólicas de prácticas sociales comunitarias, como presencia significativa en el ambiente popular, frecuente en el contexto latinoamericano, con un trabajo reavivado por la experiencia del diálogo sociocultural con el pasado, con las tradiciones.

Con la obra Revisión de un proceso desvanecido, expuesta en la sala central de la galería, el artista propuso un arreglo formal que se desdoblaba en un estudio detallado que reunía bordado y costura, en una síntesis artesanal. Revisión traía una silueta masculina bordada en hilo rojo, en una tela de algodón fijada a la pared. De la estructura se desprendían los bordes del tejido de algodón, y la silueta de una manta, bordada en hilo negro, invadía ahora el piso con sus motivos mapuches, frecuentes en los textiles chilenos manufacturados. El trabajo de Velasco, como en otras ocasiones, investiga las huellas de la acción humana y su capacidad transformadora, utilizando elementos de la producción textil como una especie de recurso apropiado para exponer las condiciones de un consistente relato cultural latinoamericano.

Resultado de un conjunto de experiencias reelaboradas por los artistas, la muestra País soñado iluminaba un debate emergente sobre asuntos que están presentes en el panorama artístico chileno, o sea, la revisión del pasado, el reconocimiento de problemas que fueron determinantes en la práctica artística del país y que aún resuenan.

De hecho, el Memorial de América Latina, considerado como enunciado arquitectónico creado por la consciencia política de Oscar Niemeyer, reúne condiciones singulares para ser ocupado por una muestra colectiva de arte contemporáneo chileno, recuperando el peso de un proyecto latinoamericano de múltiples conciencias y amplia convivencia en un marco regional.

CLAUDIA FAZZOLARI

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