Exposición Individualdic 2013 - feb 2014· Por Oswaldo Ruiz

Mario de Vega

Laboratorio de Arte Alameda

El artista Mario de Vega (México, 1979) exhibe el proceso de una investigación conceptual que oscila entre el terror y lo sagrado, en su primera exposición individual en el país, titulada Sin. Con esta muestra, el artista, radicado en Berlín, enfrenta los límites de la institución cultural y potencia la vulnerabilidad del espectador.

El proyecto presentado en el Laboratorio de Arte Alameda entre junio y septiembre se divide en dos momentos: una intervención directa al espacio de exposición con seis piezas para sitio específico y una muestra de su trabajo de los últimos diez años. Esta última, curada por Michel Blancsubé, reúne de forma libre y a través de un discurso conceptual parte del archivo de trabajo del artista, documentación de procesos situacionistas que han caracterizado su producción, y donde es posible observar la evolución hacia un trabajo más riguroso y radical.

Las seis intervenciones, comisionadas ex profeso por el Laboratorio y curadas por Carsten Seiffarth, fueron pensadas en torno al vacío. El artista interviene el espacio de exposición a través de certeros gestos conceptuales que tienen poca presencia física o visual y que sin embargo perturban al espectador con intensas presiones acústicas y tensiones de potencia dañina. Los visitantes son informados en la entrada del recinto de que su seguridad puede estar en riesgo, y se les pide firmar una carta responsiva que exime al artista y a la institución de cualquier responsabilidad.

Exposición Individual: Mario de Vega — imagen 1
Mario de Vega. Credo, 2013. Sistema de bajos reflex construido in-situ. Escala armónica de 17 Hz amplificada a +95 dB. 1500 x 300 x 90 cm. (590 ½ x 118 x 35 ½ pulgadas).

La primer pieza de la muestra es más una ausencia que una presencia. El gesto que la produce consistió en retirar el muro de cristal del acceso principal, con lo que el espacio se destaca y regresa a su estado original, dislocando el sitio y remarcando su carácter de iglesia, una construcción que data del siglo XVI y que formaba parte del ex Convento de San Diego.

En la nave central se encuentra Nodo, instalación sonora consistente en un sistema de retroalimentación electromecánico oculto a la mirada del espectador, donde sólo son perceptibles vibraciones que parten de las paredes y las losas del espacio y que son retroalimentadas por el sistema producido ex profeso para esta muestra. Oscilaciones y resonancias hacen vibrar al edificio y al visitante a un nivel que puede incluso afectar sus órganos internos.

Otra de las piezas consiste en una malla electrificada de 7.000 voltios que cierra el paso a los murales de la Capilla de las Ánimas. Su alto voltaje genera también vibraciones y sonidos que elevan la tensión expectante, pues el visitante corre el riesgo, si se acerca demasiado, de recibir una descarga eléctrica virtualmente letal. En otra de las salas, un muro de luminarias industriales que suman juntas 12.000 vatios amenaza con dejar ciego al espectador que permanezca observándolas demasiado tiempo.

En la sala final se encuentra Credo, la pieza más sobresaliente de la muestra. Consta de un muro de concreto de 15 metros de largo con dieciséis subwoofers al frente, que tiene inscrito en latín una profecía del libro de Jeremías que habla de la ira de Dios. La pieza confronta al espectador con un infrasonido (una poderosa armonía de la escala de 17 hercios), capaz de desorientar a una persona y que incluso puede llegar a producirle alucinaciones visuales. La sencillez y contundencia del muro con la inscripción en latín aportan a la experiencia un matiz de sacralidad y de enfrentamiento con lo incognoscible, que, unido al efecto sonoro, generan una sensación de avasallamiento y vulnerabilidad que, aun siendo producto de la tecnología, acercan lo sagrado al terror sublime.

La exposición culminaba con la pieza Absentia, acción que no pudo llevarse a cabo como estaba pensada, debido a los límites burocráticos institucionales. Una gran campana fundida por artesanos especialmente para este proyecto que, desprovista de badajo, se presenta como imposibilidad sonora. La campana lleva la inscripción en latín “Llamo a los vivos, lloro a los muertos, deshago las tempestades”, lema que portan las campanas en el catolicismo y que describe lapidariamente su tarea. Esta debía enterrarse en lo que fuera el atrio de la iglesia, donde ahora es el acceso al Laboratorio, una vez terminada la exposición, y permanecer ahí indefinidamente: en silencio. Pero los permisos para realizarlo no fueron otorgados, al aludir a la seguridad del inmueble y su pasado histórico, con lo que su destino final será destruirla.

La catástrofe, la violencia y la legalidad son conceptos que habitan las piezas de la muestra, haciendo resonar los significados de lo político en el intercambio entre la institución y el individuo. Mediante una experiencia de vulnerabilidad y de percepción perturbada, a través de la idea de lo sagrado y de una posibilidad de daño que se mantiene al límite, Mario de Vega suspende la estructura de lo simbólico y nos enfrenta con fuerzas que rebasan nuestras capacidades humanas.

OSWALDO RUIZ

Mario de Vega, por Oswaldo Ruiz | artnexus