Leandro Katz: arrebatos, diagonales y rupturas, en el Espacio Fundación Telefónica y Leandro Katz: rincones y refugios, en Galería 11 x 7, respectivamente, dejan sentir en estos días en Buenos Aires una fuerte presencia del artista nacido en esta ciudad y residente en Nueva York de 1965 a 2006. Exposición antológica con curaduría de Bérénice Reynaud, la primera, y de obras actuales, la segunda.
Obras fotográficas, digitales, en film y video, 1965-2013, constituyen un organismo tecnológico protagónico en su exposición antológica de Telefónica, primera en su tipo para él. Una de las evidencias centrales que manifiesta esta exposición de Katz es el equilibrio entre el gran dominio del campo de la tecnología de la imagen y la potencia tangible de los contenidos, ya sean estos documentales, ficcionales, de carácter político, entre otros. Ambos ingredientes se conjugan en una unidad vigorosa. Cada una de las piezas de la muestra se manifiesta con dicha contundencia, de la cual el espectador no puede ni quiere evadirse. Es más, parece como si las obras hubiesen sido proyectadas para ineludibles receptores. Las imágenes y los conceptos vertidos resultan de un magnetismo poco común.

Su absoluto dominio del medio, evidente en todas las obras, comienza por revelar el estadio primigenio de la técnica cinematográfica y del video en Siete luces (1968-2013). La obra consiste en un armonio de luces que el artista construyó para un teatro de sombras en 1968, con su correspondiente pantalla, y cuyo conjunto permite hacer visibles las sombras producidas por el movimiento de manos o cuerpos. Katz, en un extenso gesto de memoria histórica, se retrotrae a cinco mil años atrás –momento de invención de dicha modalidad de concebir imágenes en movimiento en Java y más tarde en China–, al mostrar el estadio germinal de la futura imagen tecnológica.
Incluida la citada pieza, las obras exhibidas en la gran sala del primer piso del Espacio se encuentran antecedidas por una fotografía de Karl Marx, como clave de trasfondo que sobrevolará el recorrido. Esto transmite un carácter de utopía engendrado en aquellos años sesenta del comienzo de la trayectoria del artista. Sin embargo, más allá de esta inicial apertura, la temática de gran parte de la muestra se halla erigida en una problemática argentina y latinoamericana, que permite la evidencia de un anhelo de una identidad construida.
El día que me quieras (1997), título gardeliano, video documental que gira en torno a la fotografía que dio la vuelta al mundo del Che Guevara muerto, tomada por Freddy Alborta, fotógrafo boliviano, en la lavandería del Hospital de Valle Grande (Bolivia), en 1967. Los treinta minutos de duración del video se vuelven fugaces por la pregnancia del relato mismo. La imagen y las palabras de Alborta, la revisita a la célebre foto con los infinitos detalles narrados por su autor, entre otros. Más tarde llegarían las analogías con Mantegna o Rembrandt. Ésa y esas fotos fueron tomadas a horas de fallecido Ernesto Guevara, y eso fue transformando también la recepción de la fotografía en el tiempo.
Los temas tratados en los videos son múltiples, pero todos ellos procesan lo experimental, lo documental, una hipersensibilidad a flor de piel del creador, hasta el punto de que los visitantes lleguen a palpitar con la obra como si atravesaran una experiencia propia.
La escisión, video de 1978, refiere a Emma Zunz de Jorge Luis Borges. Una historia donde caben la venganza y la justicia. Ella, aun en su desgracia familiar y personal, elige la justicia. Éste es un ejemplo más de la utopía que incluye también una moral, entre otros elementos.
Exhumación (2007), La visita (1986), Mucho ha cambiado París, (1977), Estación Los Ángeles (1972-1976), Paradox (2001). Este último varía de manera alternada imágenes de un altar de piedra del esplendor maya con otras de la explotación bananera en el presente. Paralelismos y contradicciones. La decadencia cultural y la injusticia son temas axiales para Katz, mostrados aquí.
Paralelamente, un rincón diverso ocupa media docena de filmaciones del Teatro del Ridículo de Charles Ludlam, entre 1969 y 1973, de los pocos registros documentales existentes sobre el trabajo de la compañía.
Finalmente, son dos las obras que pueden considerarse como cierres del recorrido de la exposición, entre otros posibles: Horizonte perdido (2010-2013) y la serie de las Lunas. La primera se trata de una proyección en pantalla larga y angosta. La imagen es un paisaje marino apacible con playa, cielo y horizonte. Una larga bandera roja flamea de manera incesante sobre la orilla y simula envolver el mar y parte del horizonte.
Es a esta última obra, así como a Las lunas, a las que correspondería la cualidad de románticas, aunque ése es el bello carácter que subyace a todas las obras de la exposición. Y que acompaña la posibilidad de haber soñado otra realidad.
MERCEDES CASANEGRA
