Han transcurrido veinte años desde que Lázaro Saavedra presentó en Galería Habana la exposición La imagen del pensamiento, el pensamiento de la imagen, en 1993. De aquella entrega, a partir de historietas, dibujos e instalaciones, vienen a la memoria El Sagrado Corazón, su versión de ese ícono –familiar en numerosos hogares del país– y La isla del tesoro. En la primera, la bandera cubana se distinguía en el pecho de Jesús, y, mientras la hoz y el martillo dibujaban su palabra, un globo con la bandera de Estados Unidos refería lo que llevaba en la cabeza. El simbolismo de dicha imagen, y el de la otra, una Cuba hiperbolizada –crecida cual continente más allá de su lugar en el golfo–, fueron expresiones sucintas de lo paradójico de nuestras circunstancias y lo confirmaron ya desde entonces como un cronista de la sociedad cubana.
Con su obra, Lázaro Saavedra ha construido un discurso ético de condición heurística, donde tienen cita y combinación lo instalativo, el dibujo y la pintura, unidos a objetos, performances, animación, videoarte, fotografía y arte en la red. Cabe destacar en esa conjugación de medios, el desempeño de herramientas tomadas del humor gráfico, la historieta y el grafiti. Todo ello hace de él un conceptualista singular, tras amalgamar lo filosófico con el humor y lo vernáculo.

Invitado a exponer nuevamente en galería Habana, Saavedra concibió Sin concepto. Se advertía allí esa condición de sátiro, tempranamente apuntada por Osvaldo Sánchez. El rejuego, a propósito del título con que se abría, remarcó esa evidencia y nos hizo gozar también con lo festivo de su burla. Pero la real apertura fue la sentencia de un dibujo realizado sobre la pared, reflejo de su racionalidad cuestionadora. “Todos somos marionetas, yo sólo dibujo los hilos”, texto de Artista contemplativo1 que se descubría antes de entrar y era parte –en esta ocasión– de Trastorno bipolar (al incluirse en pequeño formato un duplicado en inglés), subrayaba el absurdo de las dos monedas que rigen nuestra economía. Luego de aquella gráfica, se erguía en su teatralidad la tribuna nombrada Narcigogia. Su título –un neologismo donde tienen comunión narcisismo y demagogia– resultaba tan ingenioso y sorprendente como el hecho de fusionar un estrado con el espejo habitual en los camerinos, y colocarle a éste bombillos ahorradores como los que usamos a diario. Dicho artefacto encarnaba la retórica y la complacencia del poder. Un poder que gusta de sí y se deleita con su propio lenguaje, sus efectos y vacíos. Obras como las anteriores descubrían a ese fustigador de males sociales que ha sido Lázaro Saavedra, punzante protagonista del arte crítico en Cuba e integrante de la avanzada del Nuevo Arte Cubano2.
Para esta exposición –que estableció una relación más sensorial con el público (sin abandonar totalmente sus verbalizaciones)–, el artista escogió más de una veintena de obras, entre dibujos, objetos escultóricos, pinturas e instalaciones, en su mayoría hechos en años recientes, así como variantes de ediciones anteriores de su trabajo. En este último grupo, el protagonismo era del Detector de ideologías (electrónico). No funcionaba por falta de piezas, comentario a propósito del asedio de las carencias materiales. Por otra parte, un juego de ajedrez de 1987 –realizado ahora en madera– y el busto en yeso de su conocido retrato de Carlos Marx se integraban con sus versiones al conjuntó titulado Del siglo XX al XXI.
Destaque particular merece la serie de dibujos sobre pared Se va conmigo a la tumba, interesada en lo estético, y Software cubano, algoritmo que resumía el comportamiento cibernético de la sociedad. También, aunque en otros sentidos, sobresalieron Palimpsesto, Naturaleza muerta y Expresionismo, junto a un apartado de pequeños dibujos. La instalación Mima, colofón de esta exposición, más que un retrato de la madre del artista, era expresión condensada de numerosas vidas entregadas a la sociedad. La biografía sugerida a partir de puntuales fotografías e infinidad de diplomas de reconocimiento –papeles que no expresan el sacrificio cotidiano de varias generaciones de cubanos– era proyección histórica de los individuos sobre los que se sostuvo la utopía.
El trabajo de Lázaro Saavedra constituye un espacio analítico que somete a revisión arte, política y sociedad, y también la naturaleza del ser humano. En sentido general, se desplaza de lo contextual a lo universal, de lo analítico a lo gestual, sin que su espíritu cultivado se sustraiga de lo popular y su arte cese de interrogar a la realidad.
NOTAS
1. Artista contemplativo fue mostrado por primera vez en Cuba en Arte rupestre, la exposición de Lázaro Saavedra en el Museo de Arte Pinar del Río (MAPRI). Allí era un dibujo autónomo dentro de la amplia expresión gráfica que tuvo como soporte las paredes del museo.
2. Concepto utilizado por el crítico Gerardo Mosquera para definir al movimiento de renovación artística que tuvo su inicio a principios de los años ochenta.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
