Volvieron las preguntas que Virgilio Piñera hiciera en La Isla en peso 1. Retornó el calibre de sus cuestionamientos y aseveraciones poéticas, de su grito, junto a la conciencia y también la angustia “del agua por todas partes”. Esa circunstancia “maldita” (o destino singular), que padecen los isleños, era medular en Exvotos, la exposición que Ibrahim Miranda presentó en El Reino de Este Mundo, la galería de la Biblioteca Nacional José Martí. La sala de exposiciones de la biblioteca fue elegida por el artista por su significado, al ser dicha institución espacio de la memoria, archivo y registro del conocimiento, contraparte eficaz para dialogar con esa crónica que es su obra misma.
El carácter monográfico que el artista imprimió a la puesta en escena de Exvotos, la convirtió en un ensayo que definía en imágenes la esencia de su discurso, por cuanto acotaba de manera sugerente diferentes etapas de su quehacer y también los medios puestos a su servicio. En una apretada síntesis pudieron verse casi veinte años del trabajo de Miranda marcados por lo autobiográfico. En una atmósfera intimista se apreciaron las 36 obras en que se sostuvo aquel momento de reflexión. Narración que se remontaba a 1994, cuando el artista pasó a residir en México y a trabajar con la galería Nina Menocal, luego de su graduación en el Instituto Superior de Arte (ISA), en 1993. El significado de aquella estancia en su vida y en su obra, se advertía en la elección del título de la muestra. Exvotos se conectó con los ofrecimientos de gratitud a las deidades de los que participa la tradición mexicana, pero distinguía también la totalidad de la obra de Ibrahim Miranda, como ofrenda que agradece su posibilidad de crear y expresarse.

Con un conjunto de telas pintadas durante aquella residencia –y nunca antes exhibidas en La Habana– se daba inicio a una exposición que se encargaba de hacernos transitar en torno a esa imagen cartográfica de Cuba que ha resultado constantemente transfigurada por la mano de Miranda. El recorrido en relación con esa figura, dilatada en sus múltiples metamorfosis, llegaba hasta su trabajo reciente en Graphicstudio, en Tampa (Estados Unidos), con otro tipo de grabado de corte sociopolítico, donde sumaba al reconocido enfoque en torno al tema de la insularidad y el éxodo en el acontecer contemporáneo del país, lo relacionado con la emigración cubana desde las guerras de independencia del siglo XIX. En ese segmento sobresalía el desgarramiento de Lágrimas negras II (serigrafía, 2002) y Dumbo y los caramelos, un malentendido (serigrafía y xilografía, 2012), pieza en la que podía apreciarse el uso de nuevos elementos iconográficos.
En las pinturas hechas en México se advertían el dramatismo y la recreación mítica que distinguió sus grabados en xilografía y linóleo de los noventa, y compartían con ellos –aunque en otro orden expresivo– el protagonismo de la tinta, hecho que podía apreciarse en Patrimonio sentimental, El indeseable, Adagio en la colina y Ciberspace, realizadas en 1994, y en Destierro al panóptico, de 1995.
El recorrido propuesto en la exposición dibujó diferentes etapas del trabajo (y el mundo vivencial) de Ibrahim Miranda, aunque no todas se mostraron explícitamente. Además de los dibujos a tinta y las pinturas, fueron evocados sus tejidos, por cuanto se exhibieron diversas transfiguraciones del mapa de Cuba, dispuestas como conjuntos, junto a diversos grabados y una gran instalación.
Entre las series se destacaba Islas (I-VI, 2000). La ínsula se descubría en diversas formas zoomórficas sobre mapas, semejantes a las de los organismos unicelulares. Ella convertida en un ser con flagelos para el movimiento; fragmentándose, echa miradas en el cuerpo del país mientras la tinta y el mercurio cromo se mezclaban con ese efecto expresionista, visto en Santiago Armada (Chago), en la década de los sesenta. Pero la Isla –en un espacio donde no faltaron piezas que se detenían en el paisaje, las creencias o lo cotidiano– emergió allí con más de una apariencia: lagarto, en Metamorfosis (2000); bestiario, en Huracán (proyecto de libro, 2000); criaturas trashumantes, en Adagio II (2013). De igual manera, fue multiplicada en el gran conglomerado de la instalación que –dominando la sala– venía al encuentro del público. En esta última, perteneciente a la serie Vida disipada (2010-2013), asomaban una y otra vez sus seres-islas, colocándonos de vuelta a la insularidad como límite, filosofía e identidad, y también, obsesión. En aquel mar simbólico, el desafío existencial de los isleños tenía su colofón lírico. La imagen gráfica construida por Ibrahim Miranda a propósito del tema llevaba el influjo del Grupo Orígenes, de José Lezama Lima, y aun otros poetas. Noche insular. Jardines invisibles y La Isla en peso de Piñera, figuraban entre los cuadernos de bitácora de aquel viaje que fue Exvotos.
NOTA
1. Poema de 1943 del dramaturgo, escritor y poeta cubano Virgilio Piñera (Cárdenas, 1912-La Habana, 1979).
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
