El año pasado, mientras vivía a menos de cinco millas de espectaculares puestas de sol en una playa que parece sacada de una tarjeta postal, en el extremo suroeste de la isla de Puerto Rico, Gamaliel Rodríguez hizo una sombría y perturbadora imagen que exploró mi mente. Se trata de la inolvidable escena de apertura de su primera exposición individual en un museo, titulada Fallout. Figure 1708 (2012); la primera obra con la que se enfrentaban los visitantes mostraba dos seres humanos con trajes de protección, caminando hacia el espectador y llevando un recipiente en forma de bomba que despedía gas blanco. Su postura relajada, casual, sugería que esta era una actividad común y rutinaria. Esta enigmática y siniestra imagen planteaba varios interrogantes que, al final, nunca se respondían. ¿En qué punto del tiempo y el espacio nos encontrábamos? ¿Qué era esa ambigua masa negra que se observaba a la distancia? Ésta sería la primera y última vez en la exposición que los espectadores verían representaciones de vida humana y que quizás, incluso, sintieran que estaban en la Tierra. En la galería siguiente, el artista nos elevaba hasta el cielo y nos daba una vista satelital de cinco instalaciones químicas industriales.

Fallout presentaba seis obras fotorrealistas en blanco y negro, pertenecientes a su serie Dark Thoughts. Los lienzos individuales grapados a la pared, y lienzos en bastidores, presentados a veces en un formato de retícula, variaban en tamaño entre 18 pulgadas (45,7 cm) por 20 pulgadas (50,8 cm) hasta 96 pulgadas (243,8 cm) por 120 pulgadas (304,8 cm). En ellos el artista utilizó por primera vez marcadores de tinta indeleble y pintura acrílica de color negro carbón muy diluida. Estos materiales le dan a Rodríguez el control justo y la libertad necesaria para impregnar su obra de un ambiente profundamente atmosférico. Él alterna el acto de dibujar y pintar, al pintar primero sobre la suave superficie del papel y luego aplicar con una esponja la aguada pintura acrílica.
A distancia, los lienzos parecían pinturas, aunque el artista se refiere a estas obras como dibujos. Sus suaves y sutiles gradaciones y sus intensos y profundos tonos negros nos recordaban los grabados al aguatinta. Al mirar más de cerca los lienzos, uno se maravillaba de la refinada técnica del artista: miles de líneas negras con un milímetro de separación entre ellas representaban todo, desde superficies metálicas hasta agua, pasando por sombras y campos abstractos. Los andamios alrededor de tanques, tuberías y equipos parecían existir para el placer de dibujar.
Estos lugares industriales retrofuturistas cuestionaban nuestra idea del tiempo y la realidad. Todas las obras en blanco y negro tenían alrededor de ellas un borde blanco que sugería una fotografía antigua. Como afirmó en su ensayo el curador Juan Carlos López Quintero, los dibujos de Rodríguez y el título de la exposición “[…] nos remontan a los angustiosos años de la Guerra Fría”. Sin embargo, esas imágenes, que combinaban las promesas de la tecnología con el acechante temor de qué pasará si algo sale mal, también captaban nuestra realidad actual.
Los emplazamientos industriales eran curiosos porque parecían abandonados, aunque nada se hubiera deteriorado. Quizás todo el mundo estaba bajo tierra. La contaminación ambiental parecía rampante. El agua empleada tal vez para procesos de enfriamiento, y los ríos y las costas eran negros. Pequeñas nubes oscuras, como copos de algodón, sugerían escasa vegetación, combustiones y partículas contaminantes. La mayoría de los dibujos tenían una estructura que el artista ha visto –una torre de la República Checa, una iglesia de Puerto Rico, con un refugio subterráneo contra bombardeos–, pero los complejos industriales fueron en gran medida imaginados por el artista como un laberinto de formas.
Durante los últimos ocho años, sus instalaciones, pinturas y dibujos han planteado la pregunta “¿Cómo se ven el poder militar y el industrial?”. De 2009 a 2012, para su serie Figures, el artista dibujó minuciosamente sobre papel, y con un bolígrafo de tinta azul, armas de fuego recién desarrolladas, centros de inteligencia y operaciones masivas de producción de energía. Debajo del objeto aislado pegó una especie de etiqueta de identificación hecha con una máquina de escribir manual, en la que anotó el título de la obra y una breve descripción del dibujo, con lo que sugería que éste era parte de un dossier clasificado proveniente de un pasado lejano. La nueva obra de Rodríguez presentada en Fallout abarcaba misterio y dejaba más a la imaginación del espectador. En la serie Figures, la representación clínica de un objeto flotando en el espacio hecha por el artista distanciaba al espectador del sujeto. En la reciente serie Dark Thoughts, Rodríguez amplió el espacio al presentar una variedad de ángulos oblicuos en el aire que invitaban al espectador a caer en picado en sus dibujos.
A medida que pasaba de una vista aérea a otra, empecé a sentirme como si fuera una de las partículas que descienden de una lluvia radiactiva. En el último dibujo de la exposición, Snapshot No. 10001 (2012), Rodríguez nos acercó cada vez más a la tierra y a sus sensuales superficies entintadas hasta vernos subsumidos en un oscuro campo que nos recordaba una pintura negro sobre negro de Mark Rothko. Era allí donde las imágenes de contaminación y falta de vida eran trascendidas por las suaves y delicadas líneas del artista, que marcaban tiempo y una presencia humana.
CHERYL HARTUP
