a) Debo poner unos dibujos en una galería. Antes de ponerlos en la pared, están en el piso. La sensación vacía de que es absurdo.
b) Camino hacia la galería. Lo incómodo de ciertas expresiones como “mi trabajo”, “la obra”. Implican un deseo de hacer productivos ciertos actos.
c) Llego a la galería y se rompe un hechizo. Papeles tirados en el piso a punto de ser nada.
Éste es un fragmento del escrito 17 que hizo parte de una de las piezas de la exposición Ensayo de Bernardo Ortiz. En total son 19 textos, que aparecieron en la parte inferior de una pintura amarilla. Unas “notas al pie” que cobraron la apariencia de páginas pero también de dibujos, donde el artista expone reflexiones, anécdotas o citas inventadas sobre acciones y temas que atraviesan su práctica. Balzac, Wittgenstein, Murakami, Agamben, entre otros; fueron enunciados como referencias que excitaron las obras y sobre todo el montaje visual que Ortiz instaló en la galería.

El espectador se encontraba con unas creaciones de carácter formalista que apenas estaban sostenidas con alfileres a palos de balso. Papeles colgados y que se afectaban al mínimo paso del aire. El color estaba expuesto, también la transparencia, la línea, el punto, la mancha. Papeles movientes –si se quiere–, vivos. Algo advertían las intervenciones que el artista había ejecutado en las superficies. Sus rutinas de pensamiento puestas en escena. La disposición de las obras resultaba sugerente para el visitante, quien en una suerte de danza debía acercarse y alejarse una y otra vez para poder ver y, en una extensión del acto mismo, “percibir”. Ortiz había dispuesto las piezas de tal manera que esta “suerte de danza” se posibilitara; era una estrategia sin garantía alguna.
Otro de los breves textos que aparecía exhibido, en una de esas hojas de tono amarillento que suele usar Ortiz, hacía una señalamiento a la expresión: “esa pintura no me dice nada”, manifiesto común o acaso reclamo incisivo de un espectador cualquiera al que el mismo texto apelaba con una frase displicente: “como si la pintura tuviera que hablar, responder, significar algo”. Citar este pedazo del escrito permite pensar en la instancia dramática que engendran las piezas que Bernardo Ortiz montó en el espacio; sus dispositivos seducen y cuestionan, no explican: fragmentos que dicen cosas o que no dicen nada, que en cierto punto hacen sentir perdido a quien observa. El acto experiencial hace pensar en esa Alicia aturdida por los acertijos que la ficción en la que está sumergida le ponía en frente a cada paso.
En Dibujos, muestra que se realizó en 2011 en la misma galería, la apuesta de Ortiz resultaba de alguna manera más críptica. Aunque sus preocupaciones –como él mismo lo manifiesta– eran las mismas que estuvieron latentes en Ensayo, reconoce que en esta última hubo una intención explícita de permitirse dejar ver más sobre sus procesos creativos e, incluso, de hacer públicas anécdotas personales y cotidianas que de forma inevitable atraviesan su trabajo. En coherencia con esta idea Ensayo contó con un documento impreso contenedor de un archivo de esquemas relacionales (también caóticos) y textos que propulsaron el concepto y la forma del proyecto expositivo. Es importante señalar que este tipo de estrategias están íntimamente conectadas con el interés de Ortiz por constituir propuestas donde la acción de apertura permanezca vigente, respire.
En otra sala estaba dispuesta una mesa con dos sillas y un reloj a la espera de la acción que llevaron a cabo Ortiz y Erick Beltrán –artista mexicano invitado– tres semanas después de la apertura de la muestra. Game piece (Piezas de juego) resultó ser la estocada que dilató las ideas propulsadas por las obras restantes. El juego planteado por los dos artistas consistió en una conversación cuyo método simulaba un cadáver exquisito. Cada hablante proyectaba una imagen y comenzaba a decir cosas en torno a ésta; el público aparecía como testigo “perdido” que trataba de seguir el juego en medio de un ir y venir de relatos que oscilaban entre la ficción y la realidad. Una propuesta performática sustentada en los juegos con el lenguaje que Wittgenstein plantea en su libro Investigaciones filosóficas. Previo a la acción, los artistas colgaron en las paredes de la sala imágenes alusivas a lo que suscitaría el diálogo in crescendo que estaba por suceder.
Cuando se revisa la exposición en su totalidad –los dibujos, las pinturas, los textos, el archivo impreso e, incluso, la presencia de la sala donde se llevó a cabo Game piece–, la experiencia de asistir a la muestra “podría” compararse con la de visitar una tienda de juguetes u objetos diseñados para estimular en los niños el aprendizaje sobre matemáticas, percepción y abstracción. Y aunque la comparación puede resultar en un punto atrevida, permite poner sobre la mesa lo que Ortiz propicia para potenciar el acto de mirar: de quedarse contemplando las formas del doblez de un papel, de concentrarse en cómo se despliega una superficie o en el hecho mismo del color esparcido, de la mancha que se evidencia como tal. ¿Qué es lo que estamos viendo con Ensayo? Pero, sobre todo, ¿qué contienen esos papeles? Tal vez, como lo expresa Bernardo Ortiz sin reparo: “todo y nada a la vez”.
ERIKA MARTÍNEZ CUERVO
