¿Cómo y cuándo surge la abstracción en México? No hay un solo motivo ni
una fecha específica, tampoco es algo que se importa, es un proceso que se va
gestando con causas endógenas y exógenas en la propia ciudad de México. En los
años cuarenta el célebre muralismo va hacia un agotamiento que coincide con
cambios sociales en el país y con la Segunda Guerra Mundial. La disolución del
muralismo no es total, subsisten cultores a la par de varios artistas jóvenes y
otros con madurez y voluntad estética, quienes van instaurando interés por la
síntesis de las formas, por la experimentación –diferente a la siqueireana–,
por expresiones abstractas y por otras manifestaciones que conviven. La mayoría
de los artistas no acepta los cambios, no faltan los choques de opinión, ni las
mentalidades reduccionistas, tampoco existe el deseo de perder privilegios y poder
en el ámbito artístico-gubernamental. Los primeros cambios se dan en la pintura
porque la escultura en la ciudad y en los edificios públicos depende de
encargos de gobierno que son estructuras más lentas de modificar. 1

Década con década, México producirá numerosos autores en la abstracción y la geometría. Son artistas que optaron por la síntesis y la experimentación en tema y en materiales, alejándose de la narrativa y de las lecciones históricas. Es en la escultura de menor escala donde comienzan a manifestarse los riesgos y la variedad. Estos cambios se pueden ubicar inicialmente en la década del cuarenta –con ciertos anticipos en los treintas–, como con Germán Cueto quien regresa de Europa empapado de los movimientos de vanguardia con los que estuvo interactuando. Se debe considerar a los jóvenes inquietos de la mitad del siglo como Juan Soriano en Guadalajara –pintor, dibujante y escultor que también fue de los primeros artistas en hacer escultura en cerámica; y a José Luis Cuevas en la capital –quien aunque figurativo, fue un enfant terrible que entendió la necesidad de renovación antes de cumplir veinte años. La llegada de artistas europeos a México debido a la conflagración, aunque no fueran directamente abstractos igual alentaron aires de renovación. Se dan los cimientos que a la llegada de Mathias Goeritz al país en 1949, –contratado para impartir clases de Educación Visual en la escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara–, se gestan eslabón tras eslabón esta cadena de sucesos hacia la abstracción en México. La sintetizada cabeza de Orozco que Mathias realizó para un homenaje al gran maestro tapatío, le resultó a Goeritz en tener que abandonar su puesto en esa Universidad; se encamina a la Ciudad de México donde por entonces, –debido a la labor de este pintor expresionista, instalacionista e incipiente escultor–, comenzarán a llegar a México artistas y obras del exterior. Goeritz recibe con inteligencia un comentario del arquitecto Barragán con quien trabajaría en varios proyectos “Eres más pintor que escultor, lástima, hay tan pocos escultores en México”. 2 Eso lo motiva a aceptar de Luis Barragán un primer encargo escultórico: El Animal del Pedregal, 1951, una obra que ejemplifica la síntesis emergente aún incorporando ciertas herencias precolombinas y el ascendiente expresionista europeo de Goeritz. En este autor, la voluntad de experimentación no sólo se manifestó en temática y formas sino también en disciplinas y materiales como advertimos al escucharle decir que trabajaba “cemento reforzado y otros materiales de construcción para hacer mis proyectos escultóricos”.3 También por los cincuentas, Mathías concibe y construye el Museo Experimental El Eco. Esta realización multidisciplinaria que le auspició Daniel Mont, incluía dibujos, danza y otros elementos como bocetos de Tamayo y Henry Moore; aunque el nombre incluye la palabra museo, su función no era presentar obra de manera tradicional sino estimulando las emociones. El Eco se relaciona con el Manifiesto de la Arquitectura Emocional que es una de las creaciones fundamentales de este autor. Asimismo, Mathias Goeritz impartirá clases en la Facultad de Arquitectura de la UNAM, donde formará a varias generaciones de arquitectos, artistas visuales y diseñadores que pasaron por esas aulas. Con esta figura nos volveremos a encontrar indifectiblemente.

En México, uno de los vectores iniciales del arte geométrico lo brinda el artista Carlos Mérida, originario de Guatemala. Inspirado en el mundo maya, Mérida inicia en 1950 su tercera etapa temática-estilísta, realizando murales, pinturas, objetos, técnicas mixtas y estampas, experimentando y expandiendo el geometrismo, lo que continuaría hasta su fallecimiento. No se puede dejar de mencionar a Federico Canessi y a Luis Ortiz Monasterio entre los autores iniciales de las síntesis. Sus obras presentan ocasionales abstracciones geométricas de órden constructivo, especialmente Ortiz Monasterio. También en la primera mitad de los años cincuentas Gunther Gerzso, toma la decisión de ser pintor de tiempo completo –dejando la escenografía como medio de subsistencia. En sus etapas anteriores desarrolló pinturas figurativo-surrealistas pero a partir de la profesionalización mencionada, entra en una abstracción paisajista-arquitectónica de geometrías peculiares que no desconocen lo precolombino. Recién muchos años después comenzará a hacer escultura, como el decía “con la misma sensibilidad que la pintura”.4 En 1960 regresa Rufino Tamayo al país, confirmando una época de personalidades singulares entre las que se encuentran también Manuel Felguérez, Lilia Carrillo y Vicente Rojo; todos ellos también pertenecientes a la llamada Generación de la Ruptura que se venía gestando desde l citada década de 1940. La Ruptura era una agrupación espontánea y flexible que no tenía que ver con el nacionalismo revolucionario sino todo lo contrario, en ella cohabitaban diversas propuestas estéticas más mundanas y apolíticas. Vicente Rojo se establece en México desde niño con acciones diferentes a la par relacionadas. Es un diseñador gráfico notable y dirige el mejor espacio de la especialidad. Mientras, pinta México bajo la lluvia, una serie infinita a la que luego le acoplará otras diferentes. Vicente Rojo entrará a la escultura en cerámica, metal, papel, bronce y cuanto material se le cruce en el camino, con resultados cada vez más poderosos.

La sociedad ha ido cambiando y entre esas modificaciones están la creación de galerías de arte, los certámenes y en la década siguiente la inauguración del Museo de Arte Moderno (1965). Reflexionemos que la creación de este Museo sólo tiene sentido con la existencia de las inquietudes renovadoras que algunos señalaban erróneamente como extranjerizantes, había gente que no advertía que las modificaciones eran componentes fundamentales de un siglo de cambios. Los años sesenta tienen numerosas contradicciones, tragedias sociales y sus emergentes estéticos. El movimiento estudiantil de 1968, La tragedia del 2 de Octubre, Los juegos olímpicos y La ruta de la amistad, son una tetralogía de México todas en ese año específico. Dicho esto, se puede entender la intensidad de contradicciones que habitaban el país cada vez más diversificado. Las Jornadas Culturales de las Olimpíadas que se le encomendaron a Goeritz fueron intensas, abarcando todas las expresiones –danza, ciencia, pintura, escultura, poesía, seminarios y demás. Llegan muchos invitados del exterior. La ruta de la amistad incluye obras monumentales y urbanas de artistas consagrados de generaciones diferentes que marcaron a México como uno de los primeros paises en tener escultura en cemento, urbana, pública y monumental. Como si esto fuera poco, el concepto creaba una ruta escultórica, otra novedad. “El arquitecto Ramírez Vazquez me encargó la Olimpíada Cultural, cuando le presenté mis ideas me dijo “mejor un parque”. Le respondí, México tiene muchos parques y será original tener esta Ruta de la Amistad en un espacio de la ciudad reciéntemente trazado. Ahí cometí el mayor error de mi vida, no pensé cuánto podia crecer México! El Anillo Periférico, que tenía pocos años y se trazó en zonas despobladas, pronto quedó incorporado al tejido urbano. Las esculturas que eran de gran tamaño ahora (1985) están absorvidas por el gran crecimiento de la ciudad”.5

Trazado en 1964 el primer gran proyecto vial –el Anillo periférico– (una forma geométrica como una cinta que rodea la ciudad), es donde se instaló La ruta de la amistad. El metro que se inaugurará en un par de años como transporte public; las represiones de gobierno que no habían terminado, como lo demuestra dos años después, ya en la séptima década del siglo XX, el trágico jueves de Corpus, ratifican la maraña urbana y cultural Mexicana. Mientras en las artes, los años setenta se perfilan a través del arte conceptual en trabajos colectivos propios de los Grupos, aconteciendo otro vector de coexistencia poderosa en el México de entonces. En 1979 se inaugural Espacio Escultórico I y II que realizan en equipo Mathias Goeritz, Helen Escobedo, Sebastián, Hersúa, Federico Silva y Manuel Felgúerez. Son dos escenarios de lava natural en los terrenos de la UNAM –Universidad Nacional Autónoma de México. Uno, trazando una corona de paralelepípedos de cemento alrededor del territorio de lava como homenaje, protección, distinción y ya entonces, señalamiento ecológico. El otro Espacio, conteniendo una obra escultórica de gran formato de cada uno de los artistas arriba mencionados. Dicho esto, el espacio escultórico calibra el intenso nivel que la abstracción y la geometría alcanzaron en México a finales de los setenta.

Helen Escobedo estudió con Germán Cueto y se dedicó a la escultura e instalaciones, dibujos y pinturas en diversas direcciones, destacándose la veta –ecológica/social y la geométrica. Manuel Felguérez, como él dice, siempre inquieto en sus proposiciones, trabajó con hierros en unos murales de orden abstracto-matérico en un cine citadino y realizó una elegante escultura de formas cuadrangulares en grises y negro en el Espacio II. Una de las mejores obras de Sebastián, y una pieza de Hersúa habitan el conjunto. Federico Silva, eligió estratégicamente el emplazamiento de su obra, una escultura de volúmenes y proporciones opuestas: macizos y formas livianas suspendidas que se mecían con el viento. El balancín al que aquí se hace referencia forma parte de una serie de obras del artista. Una de ellas se encuentra en el parque donde se ubica el Museo de Escultura Contemporánea Federico Silva, en San Luis Potosí. Mathias Goeritz llevó a cabo La Corona de Bambi, una pirámide apuntada en gajos que se angostan al elevarse. En ella se realizó ballet en numerosas ocasiones (espectáculo que también se realizó en Espacio I, sobre la lava volcánica).

La geometría y la abstracción se expanden intensamente, cambian, se autoreciclan, en algunos casos, los propios autores son conscientes de que se produce un tanto de repetición. Corresponde volver a citar a Mathias: “Nosotros que hacemos geometría tenemos que cuidar de no ser aburridos”.6 ¿Quiénes más constituían ese “nosotros”? Artistas como Ángela Gurría, Jesús Mayagoitia, María Lagunes, Kazuya Sakai y Fitzia –en el DF– Rafael Villar en Xalapa, Veracruz, Jorge Dubon en Chiapas y en París, por solo citar algunos. En esa misma década, el arte conceptual se manifiesta a través de los Grupos. Mientras, artistas como Fernando García Ponce, Enrique Echeverría que se iniciaron figurativos, se re-orientan hacia la abstracción personal, diferente, hasta matérica en ocasiones y con collage en otras. En lo bidimensional, Fitzia trabajó la abstracción en collage con una técnica que escasos artistas usan. Papel trozado y encolado creando transparencias y saturaciones, encerando la superficie terminada para cerrar los poros y proteger el cuadro. Fitzia también realizó mucha escultura, como la gran columna central de un hotel céntrico y numerosos bronces geométricos. María Lagunes entendió la escultura urbana en combinación con la arquitectura, la funcional y la de salón, y realizó algunas piezas notables de arte aplicado. Rafael Villar es un artífice de la forma, la curva, la onda y la arista conviven en las maderas de este autor, quien prefiere el chicozapote frente a otras especies. Villar también aporta desde las pastas de madera reciclada y cola, así como en escultura pintada, y en algunos bronces. La clave de todo este movimeiento es que los artistas abstractos y geométricos pueden expresarse y referir sin el uso de la narrativa, y las obras alcanzan independencia cuando esto sucede.

Algunos de los artistas geométricos se han dedicado a la docencia y a la investigación, entre ellos destacamos a Manuel Felguérez y a Jesús Mayagoitia. De éste último se cita un párrafo de una de sus investigaciones que denota al artista intensamente compenetrado con la escultura –tema del que imparte clases en la Universidad. “Todo cuanto existe está totalmente supeditado al espacio, al tiempo y a la materia que por supuesto es la que le da sentido a los dos anteriores. De hecho, el ejemplo más inmediato, somos nosotros mismos, ya que estamos conformados con materia prestada o reciclada, y nos desplazamos a través del espacio en un lapso limitado de tiempo”. Manuel Felguérez por su parte, realizó escultura constructiva de placas planas y avanzó tempranamente en la investigación –que tituló Espacio Múltiple–, con tecnología digital para aplicar un metalenguaje a pintura, estampa y escultura. Ya en años recientes, su lenguaje escultórico se ha diversificado sustancialmente como puede verse en el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez, en la ciudad de Zacatecas.

Hasta aquí se ha utilizado un genérico de la abstracción y la geometría, y ciertas menciones de las fuentes en algunos de los artistas. Los caminos creados por estos personajes mayores, se han bifurcado. Están quienes incursionaron en el módulo y no salieron de eso, haciendo geometrías en metal, la mayoría pintadas en colores planos e intensos. Algunos autores trabajaron y continúan en hierro y acero, también en piedra, mármol, bronce, madera y plata. Hay artistas que codificaron las formas, otros que entraron a la articulación de partes de las obras. Abstracción y geometrismo supieron andar de la mano en ciertos casos, en otros, fueron dos pasos cronológicos. Es discutible cuán intelectual puede ser el geometrismo frente a las obras figurativas, realistas o naturalistas. En estos dos extremos del universo discursivo plástico, la razón y la emoción perceptiva conviven. En ambos casos se aplican sistemas, estudios, conocimientos y prácticas reveladoras.

Retomamos el camino de conocer a los artistas que construyeron el presente en el arte Mexicano desde sus pasos abstractos. Este andar histórico ofrece no sólo una fugaz cronología sino también la imprescindible presencia de los nombres que conducen a la comprensión de este proceso. Además de los ya mencionados corresponde citar a Feliciano Bejar, quien desarrolló lenguajes figurativo y geométrico en vidrio, papel, madera y pintura. Sus lupas en vidrio, presentadas con hierro reciclado fueron un aporte dentro de los desarrollos geométricos y ajustaron la visión del espectador a juegos cinéticos. En escultura, hay que considerar al poético geometrista Francisco Moyao, a Fernando González Gortazar –con obras en Guadalajara y en el Distrito Federal–; y en pintura, a Arnaldo Coen aportando juegos geo-pop y geo-surreales en paletas idílicas y apasteladas. Aunque en una generación más joven pero interactuando con los mayores, no se puede dejar de citar a Rubén Valencia quien estableció vínculos entre la geometría y el diseño, así como entre la geometría y lo neoconceptual, estableciendo parámetros originales en su breve e intensa vida. Agueda Lozano –quien vive en París desde 1971–, pinta, hace gráfica, y escultura, en menor cantidad. Abstracciones gélidas, mundos deshabitados y capas imperceptibles de materia constituyen sus obras.

En 1976, el MAM, Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, realiza una exposición reconociendo el geometrismo como el movimiento más importante surgido en México después del muralismo. Acercándonos a la década de los ochentas conviven varias tendencias. La abstracción y el geometrismo, el personal realismo mágico de Toledo y otros más localistas y de atractivo popular, nuevos mexicanismos, un surealismo sin oxígeno, el arte neoconceptual en sus diversas vertientes incluyendo los libros de artista, las instalaciones y acciones, algunas bostezables versiones muralistas, revisiones arqueológicas, poco arte cinético, objetismo, experimentación seria y de la otra, y las divisiones por materiales que expandieron las realizaciones en textil, las realizaciones en vidrio y en cerámica. Se desarrollan las técnicas mixtas, habrá una breva presencia de pinturas sin bastidor que casi no se registra, la escultura de gran formato y las urbanas comienzan a hacer presencia. Todo esto convive en Meexico veinte años antes que terminara el siglo, en el preciso momento en que la especulación se hace cargo de la compra y de la venta internacional de la obra de arte, situación financiera de la que México se cuasi-contagia pero se salva. Surgen grandes colecciones particulares; el gobierno presenta internacionalmente mega exposiciones de arte precolombino y de un grupo muy escogido de artistas en producción.

El arte siempre ha sido una necesidad social, aunque hasta donde se conoce, la actividad comercial se ha incertado agudamente en los últimos 40 años. En México, con esta etapa de la abstracción ocupando la creación se marca una pauta singular: no se reproducen, ni se crean, ni se copian deidades ni liturgias. La contemplación de la naturaleza y su reproducción dejan lugar al respeto al entorno en el emplazamiento de esculturas monumentales. No se pintan ciudades ceremoniales sino que se encargan y establecen signos de encuentro en las grandes urbes, como en la monumental ciudad de México. La geometría puede ser un medio de análisis, de proyección para establecer diseños, para ofrecer una descripción organizada y crear secciones de análisis visual. Asimismo, la geometría –como también la figuración–, se presentan asimismo en esas otras categorías: la decorativa y la digerible. Está acercándose el aniversario de un siglo de los primeros pasos abstracto-geométricos en México. ¿Qué veremos en el 2040? Aun no sabemos. Mientras entendemos las diversas complicaciones que nuestro hoy, en la segunda década del siglo XXI, presenta la multi-convivencia antes señalada. Comencemos por decir que nada ha dejado de existir –que hay artistas que hacen de todo y hay públicos para todo. Hay inesperados cambios de escalas, la abstracción y el geometrismo sobreviven y hasta se presentan renovados; a la manera de Madona, lo interno ya no se ruboriza sin recubrimientos; para ciertas personas las especulaciones son tema taquillero; las guerras se ven por televisión y los medios digitales nos desnudan, mientras las producciones entre diversas disciplinas están a la órden del día. Ahora se perfilaron los orígenes. Queda aquí sin tratar un importante conjunto de autores –3 generaciones–, que sorprenden con sus trabajos geométricos. La mayoría producen obras rotundas, diferentes y dejan abierto el campo para un ensayo que los analice especialmente. México es una fuente inagotable.
NOTAS
1. En cuanto a la estampa –recordemos que ya se había creado el renombrado TGP –Taller de Gráfica Popular-, que coincidía en inquietudes políticas con el muralismo, por lo que la renovación no se dió allí salvo en dos autores que ameritan citarse: Alfredo Zalce y Octavio Bajonero. El primero siempre interesado en nuevas opciones a pesar de su fuerte compromiso politico-social. El segundo, creó xilografía de síntesis correspondientes al Movimiento Estudiantil de 1968 y una serie de Abstracciones en 1970.
2. Conversaciones de la autora con Mathías Goeritz vertidas en diversos libros y en el film que asesoró para la television alemana en los años ochentas.
3. Ibid.
4. Conversaciones de la autora con Gunther Gerzso en el taller.
5. Conversaciones de la autora con Mathías Goeritz vertidas en diversos libros y en el film que asesoró para la television alemana en los años ochentas.
6. Ibid.
GRACIELA KARTOFEL
Historiadora de arte, crítica y curadora.

