Paulo Whitaker demuestra su gran inquietud en la manera de discutir sus propias visiones e interrogantes sobre el mundo. Su gesto creativo siempre se relaciona con una búsqueda incesante de respuestas sobre la existencia, en dinámicas constantes de transformaciones. Según el artista, la manera que encontró para mantener su trabajo siempre “fresco” fue crear nuevos problemas para resolver.
Su exposición en la Galería Marília Razuk reúne un conjunto de veinte trabajos, entre pinturas y dibujos, y el resultado es una traducción de la pasión del artista por la reinvención permanente de su obra. Para esa exposición Whitaker escogió dibujos que representan una síntesis de lo que ha venido produciendo durante los últimos dos años, mientras que las pinturas corresponden, unas, a su fase más reciente, y otras, a un período anterior, y que todavía no se habían presentado en Brasil. Son trabajos que se mostraron en la Bienal de Montreal, en 2007.

La creatividad es una cualidad natural de la personalidad de Whitaker. Mucho antes de comprometerse con las artes plásticas, hacia el final de los setenta, el entonces joven, inquieto y curioso de desafíos, salió de São Paulo y fue a vivir en Santa Catarina, en una colonia de pescadores: Barra da Lagoa. Y aunque no lo supiera, en su convivencia con la sencilla comunidad de caiçaras1 comenzó a intentar una educación creativa. Observando el hacer de los pescadores se puso a construir su propia casa con un serrucho: una casa rústica hecha toda en madera. El diálogo que estableció con las personas de Barra da Lagoa da Conceição fue decisivo para abrir los caminos en lo que vendría a ser su trajinar constructivo en el mundo de las artes.
Paulo Whitaker recuerda con emoción la época en que dividía su tiempo entre los estudios en la Facultad de Letras y el oficio de profesor en la precaria escuela local; se acuerda de la plancha de surf y del serrucho, herramienta con la que construyó su casa. No olvida a Doña Noemia, la del almacén, que fue quien realmente financió sus estudios en ese estado brasilero, mediante un cuadernito, donde se registraban las compras de alimentos, cuenta que nunca pudo ser cancelada. Doña Noemia no dejaba al estudiante y profesor de la comunidad sin lo que necesitaba. Más allá de la generosidad y de la acogida, la oportunidad de las siempre placenteras conversaciones llenaba sus imaginarios de cuestionamientos. Un día llegó la noticia de que Doña Noemia había partido: la triste y amarga noticia del suicidio de aquella que se había convertido en una especie de madre sustituta lo marcó profundamente.
Fue allá, en Santa Catarina, donde Whitaker modificó el rumbo de su vida, cambiando la Facultad de Letras por la de Artes Plásticas. En 1985, ya titulado, vuelve a São Paulo. En esa oportunidad entra en contacto con los artistas que participaban en la 18ª Bienal de São Paulo. La convivencia con otros artistas y la posibilidad de poder discutir su propio trabajo impulsaron su madurez técnica.
Después de residir en países como Alemania y Canadá, el artista paulistano alternó sus exposiciones en galerías extranjeras y brasileras.
Para Whitaker, la problemática de la construcción de su quehacer artístico se ejerce a partir de algunos interrogantes: ¿Qué pintar? ¿Cómo pintar? ¿Por qué pintar?
El placer de manipular los colores compensa los límites impuestos por la bidimensionalidad. La producción de significados generada por las emociones suscitadas por aquello que atestigua en los momentos cotidianos gana nuevos perfiles en las manos de Whitaker, siempre en busca de establecer diálogos con el mundo mediante el pensamiento de la pintura, al crear un léxico propio. En ese sentido, Paulo Whitaker busca esclarecer el proceso con el que engendra su producción, mucho más que enfatizar la representación de sus figuras.
El fondo monocromático de las pinturas de Whitaker contrasta con las figuras bastante coloridas, pintadas con un lenguaje abstraccionista. Tales figuras se construyen mediante esténciles. La inquietud del artista se revela en el proceso de su trabajo: nunca se da por satisfecho. Paulo Whitaker jamás considera un trabajo terminado; lo retoma, lo modifica, interfiere, propone nuevas indagaciones. Lo que demuestra que su producción avanza en solución de continuidad. Pueden pasar años para que los trabajos sean terminados; se consideran listos cuando sobreviven a los juicios del propio artista.
Su propuesta reta al espectador a descifrar sus ideas, al mismo tiempo en que es instado a sentir sus propias sensaciones en el enfrentamiento de la experiencia dialógica con ese vocabulario pictórico del artista.
Whitaker expone sus estrategias, escogencias, tomadas en decisiones sobre la ejecución de sus obras. Incorpora los ensayos, las manchas, los borrones, los equívocos, y así evidencia el camino constructivo, el recorrido para llegar a algún lugar.
La exposición El Siempre El todo El No Sé en la Galería Marília Razuk, en São Paulo, da la oportunidad de visitar obras producidas en los últimos cinco años. Al lado de telas de grandes dimensiones, se ven dibujos en papeles de pequeño formato que muestran la versatilidad del artista, la exploración de múltiples resultados y la evidencia de la permanente búsqueda de resultados nuevos. Sobre todo, es posible entender las raíces primitivas a partir de la elaboración caiçara hasta el recorrido erudito del universo artístico propuesto por Paulo Whitaker.
NOTA
1. Caiçara es un término de origen tupí que se refiere a los pobladores del litoral. Existe desde el siglo XVI, producto de la mezcla entre portugueses e indígenas.
HÉLCIO MAGALHÃES
