Hay
artistas que desafían ser clasificados. Pablo Siquier es uno de ellos. Sus
obras han dejado una estela de literatura que las describe tanto de figurativas
como de abstractas. De hecho, algunas de sus obras tempranas semejan motivos
arquitectónicos deco, mientras que
otras evocan cartografías urbanas y circuitos electrónicos. En una primera
impresión, un espectador podría también ver en sus obras algún parecido a las
de aquellos artistas que han explorado la geometría por sí misma, o por el
movimiento y la titilación perceptiva que generan. Es evidente que muchas de
sus obras incorporan las enseñanzas de la psicología Gestalt, de acuerdo con
las cuales algunas formas blanco-y-negras son percibidas como fondo y primer
plano, sombra y masa. Finalmente, aunque muchas de sus obras son abstractas, en
cuanto no tienen un referente que no sean ellas mismas, es discutible si las
más recientes lo son.
Lo que es cierto sobre las obras de Siquier es que su locura tiene método, de allí el uso de las palabras “algoritmo” y “obsesión” en el título. El primero es un término de uso típicamente matemático que denota un proceso o conjunto de reglas para resolver problemas mediante operaciones. En el caso de Siquier, la repetición y generación de formas geométricas con frecuencia ocurren con la ayuda de una computadora. Incluso, en las simetrías rorschachianas y garabatos controlados de Siquier se pueden inferir reglas recursivas para extender un patrón. Por otro lado, su técnica es meticulosamente –hasta se podría decir obsesivamente– precisa.

Estructura, la reciente exposición de Siquier en Sicardi Gallery (Houston), consta básicamente de dos obras: una pieza escultural y un dibujo mural de dos metros de altura. La pieza escultural titulada 1308 es una compleja construcción de varillas de acero que semeja el esqueleto estructural de un edificio por construirse, o uno devastado por un desastre natural o artificial. Un crítico local la describió como “una jaula” y la comparó con las cajas minimalistas de Donald Judd. Sin embargo, la extravagancia de 1308 es más barroca que minimalista, y pese a ciertas apariencias externas, carece de una de los rasgos fundamentales de una jaula; a saber, un espacio interno vacío para enjaular. No obstante, hay algo en esa comparación que vale la pena explorar. El espacio interno de 1308 está repleto de varillas que se entrecruzan. 1308 es más piranésico que cualquier cosa que se parezca al Minimalismo. De hecho, en ese tramado de varillas que ascienden y descienden en el núcleo interno de 1308 hay un eco de Carceri d’Invenzione (cárceles imaginarias) de Giovanni Battista Piranesi (1720-1778). De todas sus obras, son los dieciséis grabados de esas oscuras y temibles Carceri, que Piranesi realizó entre 1745 y 1761, los que han impactado a artistas para quienes lo sublime es más importante que lo bello. Quizá comparar 1308 con una jaula no es tan descabellado, pues su claustrofóbico entramado crea una sensación de desasosiego similar a la que suscitan las Carceri de Piranesi.
1301, el dibujo al carboncillo sobre la pared, es un mural de existencia material efímera. Su imagen persiste en un archivo generado por una computadora, y que Siquier proyecta sobre una pared antes de trazarla con un lápiz de carboncillo. Estará allí hasta que la pared se limpie para la siguiente exposición. Luego podrá reencarnarse en otra pared. 1301 tiene un estatus ontológico doble: uno es virtual, como un archivo de computadora que perdura, y otro material, ejecutado por la mano del artista o uno de sus cómplices. Su estructura laberíntica es obsesivamente simétrica, excepto por una de las varillas en su núcleo interno. No es ni abstracta ni no-denotativa; lo que sucede es que representa algo que no tiene nombre. 1301 bien podría ser el diseño para una próxima estructura tridimensional, en cuyo caso su referente es ese.
Para finalizar, vale la pena mencionar los dos murales de Pablo Siquier en el edificio Los Molinos en Puerto Madero (2008), su mayor obra hasta hoy. Nos sugiere un tipo de contexto con el que dialogan sus obras. Estos murales tienen la aparente simetría de manchas de Rorschach o semejan una fotografía aérea de la ciudad. No obstante, al someterlas a escrutinio resulta que no hay tal simetría ni representación de la ciudad. La simetría se rompe por el hecho de que un lado de los dibujos es golpeado por una “luz” que viene de la derecha y que proyecta sombras hacia la izquierda. De hecho, cada vez que una obra de Siquier empieza a moverse hacia una perfecta simetría, él encuentra maneras sutiles y no tan sutiles de perturbarla. Una notable diferencia entre los dos murales de Los Molinos es que uno muestra líneas curvas y ondulantes, mientras que el otro está compuesto exclusivamente de líneas rectas. Puerto Madero es un lugar idóneo para las obras de Siquier porque es la parte más nueva y pujante de la ciudad. Una zona, además, que ha sido construida sobre los restos de algo previamente existente. Su arquitectura moderna y posmoderna es un correlato perfecto para la obra engañosamente moderna de Siquier.
FERNANDO CASTRO R.
