Veo venir una cigüeña desde París y, antes de retirar las nubecillas en mis ojos, las empleo para contar ovejas en un sueño, ovejas que saltan una barda para seguir el camino amarillo. Entonces una se queda en la frontera de Berlín; no sé, quizás en la muralla china. Medito sin traspasar el muro de paredes mullidas que, de tan blancas, obnubilan mi visión.
Tallo mis ojos para descubrir cercas, vallas donde se manifiesta la necesidad libertaria con retazos de ropa y otros tejidos, rejas con alambres de púas, y entonces pienso cómo muchos países celebran su nacionalismo según el pueblo constituye un grupo homogéneo que celebra su equidad identitaria. Pero no, estoy ante la exposición de Miguel Ángel Ríos, A través de la frontera.

Sus obras en cualquier soporte o medio nos llevan a elucubrar cómo, con el advenimiento de la cognitocracia, se pensaría que el cosmopolitismo no es sino una constelación de imágenes gestadas por empresas transnacionales y publicitadas vía los dispositivos móviles. Grupos anárquicos intentan lograr una voz propia saboteando el imperio mercantil –ese que promueve una estereotipia estandarizada y con gran rapidez de caducidad, la más plausible mediante un pensamiento pseudoautónomo (v.g., TAZ), aunque a fin de cuentas devengan comunidades imaginarias (Benedict Anderson)–, como inasibles son las naciones postizas (¿“apostillas”?) que fueron/son las nómadas (indígenas, gitanos, etcétera), las cuales escapan a los designios de ser mapeadas, y con ello, (a) trazarse, y que –contradictoriamente–, gracias a los nuevos dispositivos tecnológicos detentan cierto don de la ubicuidad: fantasmagoría, la misma del cubo transparente.
Entre San Pascualito y la Santa Muerte existen cuando menos dos tipos de creyentes entre la vida y la muerte. Comoquiera, aquí nos interesa la obra de un artista que explora territorios limítrofes no necesariamente geográficos de lo fronterizo latinoamericano: estamos ante un artista que no deja entrever aristas. Su fantasmagoría del cubo transparente resulta seductora, en cuanto coloca una especie de lente que potencia nuestra imago cotidiana del periodismo, pero no innova más que el título, si uno es incapaz de otear más allá.
De cualquier manera, el sujeto (la frontera) se trata de manera espontánea, casi empírica y –lo cual agradecemos– con una teoría no explorada o rebasada –nunca (por fortuna) asumida–. Si pinto mi raya del margen, ¿a dónde no puedo pasar? Por lo visto, Ríos ha traspasado las aduanas de varias galerías. La cuestión reside en preguntarnos si su pasaporte es legal, según las leyes estéticas. Y sí, su audacia lo encamina a proporciones no áureas ya, sino a lo que podría definirse con otros símbolos químicos, como el del uranio: la utopía.
En otros términos, su registro artístico es sobresaliente, la técnica echa mano no sólo del video sino también de la ilustración, de manera lúdica, para invitarnos a confrontar, tras el cristal, una realidad diferida, la de los bordes que nos sitúan fuera de un acomodaticio centro. Pues no basta con la lectura de lo fronterizo como transhistórico; aquí podemos disecar las cicatrices de la historia en Argentina, Brasil, México, Perú. La periferia vista a través de una proporción áurea que es el cubo. A mi modo de ver, atestiguamos una percepción lúdica del canon, es decir, oteamos lo rural que se creía enmohecido, que el dibujo expone, como tras bambalinas; ese video que rueda en el proscenio de un ámbito por demás alejado de fracturas no sólo sociopolíticas, sino también culturales y, por qué no afirmarlo, en primera instancia económicas.
Si bien se trata de cierta narrativa cinematográfica donde podemos radiografiar, vía los dibujos previos, su eugenesia, más que un discurso contundente, cerrado, se trata, a mi modo de ver, de una propuesta como opera aperta, digna del comentario del espectador, dipsómana de ojos que no apoyen un panóptico, como el que se nos vende en los noticieros usuales tanto impresos como electrónicos. No, aquí se trata de enfrascarse en el cubo cual lente y repensar las cámaras, y si somos meros turistas de la realidad.
Por todo ello, esta obra, en verdad polémica en torno a la ambigua situación actual, propone un palimpsesto, menor si se quiere, pero sí a un artista que pone las cartas sobre la mesa y despeja, así, no sólo el quid de su producción, sino instancias en las cuales él ha trabajado con brío. No necesariamente con éxito del todo, lo interesante ahora es reflexionar sobre cómo capturar, robar el alma de los ya fracturados por medio del dibujo. Y, sobre todo, no perder de vista esa suerte de matruzka que implica, lo que simplificamos como ver una obra, percibir una realidad donde alguien se halla cual modelo de dibujo que será filmado por alguien tras un lente que nos lo presentará dentro de un recinto.
Es decir, ¿estamos ante la museización de las cicatrices de la historia? En A través de la frontera, Miguel Ángel Ríos deja huellas en nuestra experiencia estética, y lo mismo provoca un escozor plausible en la apreciación sociopolítica de nuestro acontecer.
MAYRA INZUNZA
