Desde su
creación en 2000, la galería Meyer-Zafra promociona prioritariamente a los
artistas del arte cinético, tanto latinoamericanos como europeos, con una cierta
preferencia por el arte venezolano. Para esta exposición personal, preparada,
junto con la galería, por Susana Blaszko, hija del artista. El argentino Martin
Blaszko (Berlín, 1920-Buenos Aires, 2011), fue miembro fundador del Madí, quien
hizo excepción a la regla con una selección de obras de gran calidad, en la que
quince esculturas de tamaño pequeño (1950-2007) son expuestas junto a treinta y
seis dibujos y collages y cuatro
óleos (1989-2008) cuidadosamente seleccionados. Ya era tiempo de rendir un homenaje
a uno de los artistas más discretos y sin embargo más constantes y prolíficos
de ese movimiento artístico en el principio de la modernidad del Río de la
Plata, cuya influencia sobre la abstracción y la geometría latinoamericanas es
innegable. Pero esta primera exposición constituye igualmente una apuesta
arriesgada para la galería pues, aunque a Blaszko se le conoce ampliamente en
el Cono Sur, es un desconocido en Francia.
La serie de dibujos de pequeño y mediano formato confirma, por si fuera necesario subrayarlo, la coherencia de un trabajo en donde la escultura, antes de ser volumen en el espacio, es dibujo y especulación sobre la forma, el equilibrio y el juego sobre las contradicciones, tratados ambos con un notable espíritu constructivo. Estas obras, ejecutadas en cartón beige (6,5 x 13 cm, 1989-1995 y 2007) por un artista de 85 años, son ejercicios sutiles para una probable puesta en espacio, reflexivos y espontáneos a la vez. El estallido controlado de las estructuras en el espacio (líneas, masas geométricas y manchas) nos recuerda sin duda algunos dibujos de Kandinsky ratificando, en la reflexión de Blaszko sobre el movimiento, la estrecha relación entre dibujo y escultura.

Si la mayoría de las esculturas en bronce son posteriores a las horas de gloria del Madí, cuando el recorte de la forma/color y la desestructuración se imponían (años cuarenta), no debemos olvidar que este artista, investigador y trabajador incansable, trabajó la madera en sus inicios. De talla pequeña (de 21 cm a 57 cm de altura para la más grande), cada escultura nos habla del “dominio del gesto” en Blaszko, de su sentido del equilibrio en la disposición de formas que “dibujan” más que lo que “llenan” el espacio, como se supone que debe hacerlo la escultura. Otros elementos igualmente extraordinarios son la relación entre las dimensiones y el vacío y el tema de las proporciones. En efecto, a pesar de su pequeñez, todas las esculturas de la exposición presentan una misma característica, la de ser a la vez obras de pleno derecho, por su diseño y su formato, y la de suscitar la idea de una monumentalidad posible, por la relación tan racionalmente armoniosa entre llenos y vacíos y por su recorte espacial tan bien logrado. De los muchos proyectos de escultura monumental que el artista dibujó en vida, sólo uno llegó a materializarse y se encuentra en Japón, en el Museo de Hakone (aluminio pintado, 4,40 x 2 x 2 m, 1991).
Nos detendremos ante tres esculturas notables, y muy especialmente, ante la obra cumbre de esta exposición, la escultura de aluminio (pintada en colores naranja y rojo) intitulada Conquista espacial (77 x 50 x 57 cm, 1989). Unidas con remaches unas con otras, a la manera de Calder, las piezas construyen una arquitectura estática y móvil a la vez, sin ser cinética, en donde la forma parece estirarse hasta sus límites recortando y contrastando fragmentos anchos y estrechos. Nada es gratuito allí, todo ha sido cuidadosamente pensado para que cada uno de los ángulos de visión sea posible y armónico, y ofrezca, en cada mirada, una “nueva escultura”. Órbita congelada (32 x 20 x 7 cm, bronce, 2007) muestra una alternancia de planos geométricos que son atravesados por un cilindro, confirmando así que la lección del Suprematismo fue bien aprendida. Ocasionalmente, una forma redonda, como la de un disco, se alterna con la geometría y rompe lo racional inducido por la estructura para introducir una dimensión orgánica. Es el caso de un zócalo oval integrado a la obra Antagonismos (25 x 42 x 22 cm bronce, 2005). Otra obra importante, aunque muy anterior a las antes mencionadas, es el emblemático Portico, de 1950 ( 1 versión, 39 x 20 x 9,5 cm, bronce), caracterizado por una forma simple, depurada, semejante a una clave de música, ligera y estable a la vez.
La complejidad formal de la obra de Martin Blaszko sólo tiene parangón con la sencillez que él busca, para lograr una expresión estética libre de cualquier elemento “anecdótico” o detalle superfluo. El ritmo construido que “anima” sus esculturas y dibujos hace de él uno de los artistas obligados cuando se evoca el Constructivismo del Río de la Plata, del mismo modo que hay que saber incorporar, en todo análisis que se le relacione, las reminiscencias estéticas europeas que impregnan igualmente su obra.
CHRISTINE FRÉROT
