Un tríptico
de pantallas, cada una de 1,60 de alto x 3 metros de ancho. Cada pantalla
proyecta fotos de caras a una velocidad que oscila entre la imagen fija y el umbral
cinematográfico de los 24 fotogramas por segundo. Las fotos han sido ampliadas
hasta hacer del grueso granulado el protagonista de la textura. El gris
monocromático estándar aparece teñido de un sepia violáceo en una de las
pantallas, de un verde gris, a ratos levemente amarillo, en las otras dos. Se
trata de fotos de desmovilizados del Bloque Norte de las AUC, corazón
paradigmático del paramilitarismo en Colombia, formado a partir de las
autodefensas campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), que operó bajo el mando
directo de los hermanos Castaño, de Salvatore Mancuso, y que para el momento de
su desmovilización, tardía pero numerosa, se estructuró en torno a Rodrigo
Tovar Pupo, alias “Jorge 40”. Estos ejércitos de sombras se proyectan entonces
triplicados en una ancha franja horizontal. Se proyectan sus caras granuladas
hasta la casi desfiguración. Muy pocas veces una imagen se fija. Entonces puede
verse un rostro aislado, destinado a no ser nunca olvidado. Pero en segundos el
rostro queda sepultado bajo la avalancha de nuevas caras que se suceden a tal
velocidad, que forman una única cara quebrada apenas por la diferencia entre
fotogramas. Un forma formada y deformada por la superposición simultánea de
facciones cualquiera que se van haciendo las facciones de uno solo. Es la forma
que Restrepo llama, no sin ironía, “el rostro del mal”. Los nombres se
superponen también en esta inquietante intermitencia, uno sobre otro, formando
un solo nombre ilegible. La retina, azuzada, alcanza a desprender sin embargo los
nombres más comunes: Luis, José, John, Luis otra vez. Nombres cualquiera. El
nombre de Cualquiera.

La animación enrarecida de Restrepo recuerda de manera asimétrica las sesiones en las que las fotografías de parte de los incontables muertos de la violencia paramilitar eran presentadas ante sus familiares en una gran pantalla de cine, como parte del reconocimiento simbólico de las víctimas, en el marco jurídico de la ley de Justicia y Paz. Cada familia esperaba entonces la aparición de su muerto. El ritmo de la proyección era regular, sosegado, constante. Cada foto duraba unos segundos expuesta, fija, para desaparecer luego en lo que parecía el desfile de despedida de silenciosos rostros fantasmagóricos. Estas sesiones podían llegar a durar hasta cuarenta minutos.
Contrastando con el movimiento arrítmico y vertiginoso de las pantallas de Restrepo, cuatro cuadernillos de gran formato (34 x 25 cm) reposan sobre una simple mesa de madera y bajo la luz quieta y amarilla de una lámpara de escritorio negra. Es la única luz en la sala, además de la espectral luz grisácea emitida por las fotos proyectadas. Si queremos ver los cuadernillos, las agitadas pantallas deben quedar a nuestras espaldas. Ahí, rodeados del negro silencio de la sala y como quien ha llegado tarde, cuando ya todos se han ido, al lugar de los hechos, podemos abrir los cuadernillos y pasar las páginas lentamente. Son restos. Recortes de periódicos, retratos hablados, tratados de frenología, libros de emblemas, citas bíblicas, fotocopias de páginas de libros en las que alguien ha señalado en las márgenes el trozo que debe ser leído. Ante todo, los cuadernillos parecen apartes de un peculiar informe criminalístico juntado por descuido y por azar a lo largo de los siglos. La gran figura que emerge descompuesta es la del criminal. La figura sagrada del desfigurado, del marcado, el execrable, el puesto aparte. No falta el humor. Se cuelan un par de recortes sobre ese otro extraño hecho investigado también a partir de una huella –en especial, la huella del rostro–, el milagro. Ahí están también las fotos de los paramilitares desmovilizados, ahora aquietadas, dormidas en la tumba de rostros que es el álbum. A la vuelta de las páginas, las fotos van recobrando su tamaño de origen: pequeñas fotos para documento de 2 x 3 centímetros a lo sumo. El granulado desaparece bajo el simulacro de la identidad. Ahora el rostro es uno y distinto. Y uno el nombre y uno la cédula. Cada uno, uno. Ya no cualquiera. Y ahí están todos. Fotos quietas. Enmarcadas. Sages comme des images.
Pero al volver la espalda el horror sigue en movimiento. Hipnóticos granos inquietos distribuidos sobre el blanco de la pantalla, como si esos blancos fuesen la única escapada posible del horror. El blanco que es la no marca, el blanco de lo que ha sido puesto a salvo porque no ha sido tocado (aún).
La muestra de José Alejandro Restrepo es sin duda una sugerente colección de impresiones cuyo gesto más sutil y perturbador es el desplazamiento del uno al cualquiera y del cualquiera al Uno.
ANDREA MEJÍA
