El desnudo en la escultura ha sido quizás uno de los temas más trabajados en este medio. Los ejemplos van desde los clásicos desnudos griegos y renacentistas, en los que se representaba la anatomía con un detalle minucioso; pasando por Duane Hanson, con sus esculturas tan realistas que parecen vivas; hasta los más contemporáneos, como los personajes gigantescos, hiperrealistas, y muchas veces grotescos, de Ron Mueck.
El escultor venezolano James Mathison (Caracas, 1966) se inscribe en este grupo de artistas que han optado por el desnudo. Mathison ha preferido el masculino, en una manera que conceptualmente nos recuerda la obra de Auguste Rodin, por su uso del cuerpo humano como pretexto para explorar complejas temáticas filosóficas.

En esta, su primera exposición en Miami, nos presenta una selección de su obra de dos décadas, desde 1992 hasta 2012. A pesar de reunir piezas de varios años, la exposición no es una retrospectiva per se, sino una representación selectiva de lo que este artista ha trabajado durante este período. El título de la exposición, Homo Mesura (El hombre es la medida), inevitablemente nos remite al libro Sobre la verdad de Protágoras, cuya tesis enuncia que el hombre es la medida de todas las cosas. Según este filósofo griego de la Antigüedad, no hay una verdad objetiva, sino que todo es relativo a la percepción del hombre. Mathison parece adscribirse a este principio, y al trabajar la figura del hombre como foco de su obra nos remite a otras temáticas.
Este escultor se regodea en su impecable capacidad técnica, consiguiendo una admirable perfección anatómica, aunque no es precisamente eso lo más trascendental de su obra ni su intención principal. Mathison se deleita hasta la saciedad en la ambigüedad de sus figuras; este es un camino consciente, ya que su objetivo va más allá de una terminación exquisita o un divertimento técnico. No se detiene en las figuras completas y “desmiembra” algunas de ellas, para presentarnos elementos dispersos, como puede ser un torso sin cabeza, un brazo, una mano, un puño o una cabeza. En la fragmentación de estos elementos converge la fuerza interior de cada uno. Este es un fraccionamiento intencional, en los que acentúa las características de cada uno.
En estas obras hay una serenidad que resulta inquietante; la actitud aparentemente pasiva y lo que puede parecer como falta de expresión en los rostros implican en realidad una fuerza de contención. Son rostros en estado de introspección, con una mirada en un punto lejano en el horizonte, como perdida en sus pensamientos. Con esta inamovilidad, el artista está comentando sobre los diversos estados emocionales por los que el hombre pasa. De cierta forma, implica una conformidad o una imposibilidad de resolver un problema, la frustración que puede sentirse ante un imposible.
El “hombre” de Mathison es genérico, aunque hay algunas facciones definidas que podrían considerarse como una intención de identidad, y aunque dedica una serie al “hombre asiático”, éste no es su centro de atención. No está interesado en problemas específicos de una región o de un grupo étnico. Él está hablando del hombre como un ser universal, al que lo afectan problemas similares en todas partes del planeta. Enfatiza en el principio de Protágoras, y toma a este ente como el que determina su entorno, como el que tiene en sus manos la capacidad de cambio.
Algunos de sus hombres pueden parecer desafiantes por la postura, por su forma de mirar y retar a su supuesto oponente. Pero en realidad lo que está haciendo es llamando la atención hacia un estado anímico determinado, un gesto específico que detiene en el tiempo, perpetuándolo en bronce.
En algunas obras, como en Hombre Texto II (2006), se apoya en textos para transmitir su mensaje. Sus textos aluden a estados espirituales por los que el hombre pasa, pensamientos que resumen un cambio anímico.
Una de las piezas más intrigantes es Personajes I al V (2007). Consiste en cinco desnudos masculinos de figura completa en diferentes posiciones, en los que una frase comienza en el primero y termina en el quinto. Las esculturas han sido representadas con una similitud fisionómica que pudiera ser la misma persona en diferentes posiciones.
La escultura de Mathison lleva implícitas referencias al arte griego y la estatuaria romana, sobre todo piezas como Torso Levitante Grande (1999). Su obra funciona en dos niveles: el primario, que es perceptual, y el segundo, que es conceptual. El primero nos seduce con la belleza estética de sus piezas, mientras que el segundo nos remite a cuestionamientos de tipo filosófico. Quizás, como el mismo Protágoras escribiera siglos atrás, Mathison ve su realidad circundante como algo relativo, en donde predomina la subjetividad. Para él, los estados de ánimo y los conflictos existenciales son lo que determinan ciertas acciones y reacciones. Es por eso que posiciona al hombre como el centro del universo como el factor determinante. A través de sus obras Mathison cuestiona principios cosmogónicos. Las eternas preguntas ontológicas devienen en temas de reflexión, y una vez más el hombre es el centro de este debate, en este caso, consigo mismo.
IRINA LEVYA
