"No te afanes, alma mía, por una vida
inmortal, pero agota el ámbito de lo posible."
Píndaro
Recordar, disponer, resistir de Eugenio Espinoza (Venezuela, 1950) y Andrés Michelena (Venezuela, 1963) supone un aporte más al bien conocido conjunto de artistas venezolanos cuyas obras revalúan la modernidad (o su fracaso) como leitmotiv de su trabajo.La muestra sugiere el continuar pensando y el retrabajar asuntos pertinentes a la problemática y resonancia que provienen de un país –desde dos miradas– en el que se ha hecho de la abstracción un discurso dominante y avasallador, con serias implicaciones acerca de la dominación y el poder; y el reconocimiento de que el proyecto moderno como tal, en Venezuela, no era admisible, tal como fue planteado en su momento. Ambos artistas entablan este diálogo de la mano del semiólogo canario recientemente instalado en Miami, Roc Laseca, curador de la muestra, quien propone que el pensar acerca de la modernidad permite subvertir su canon. Laseca parece preguntarse, como hiciera Lyotard en torno a la modernidad, ¿cuándo es verdadero un enunciado?
En Recordar, disponer, resistir, Espinoza y Michelena ponen en práctica el ejercicio de correspondencias conceptuales y experimentales en torno a la herencia de la abstracción y el fracaso de la modernidad en Venezuela. Modernidad y abstracción entendidas como un sistema de creencias, razones y estrategias que posiblemente surgían de una identidad imbricada entre las vanguardias y los estragos de las dictaduras y las democracias en los últimos cincuenta años del país. Monocromática, mínimal y conceptualista, ambos artistas juegan en la exposición con el cuadrado como medida de todo: desencajado, disociado, roto, arrugado, reblandecido, aparece la retícula indolente, y la medida, descoyuntada, dialogando acerca de la naturaleza subversiva tanto de la materia como del espacio.

Los dos artistas, generacionalmente cercanos, arman y desarman monocromos cuadrados blancos y otras formas geométricas, definidas, dibujadas en negro, que abordan desde puntos de partida muy distantes el adiestramiento en torno a la abstracción. Por un lado, Espinoza, más vinculado a la crítica del totalitarismo del arte, las instituciones y la política, así como preocupado por el ejercicio de la libertad y el espacio creador como elemento de subversión. Por el otro, Michelena aborda el dibujo y la instalación, a partir de la idea de que para los artistas de su generación, la modernidad se lleva imbricada genéticamente, y trabaja desde lo que podría llamarse la liturgia del arte como práctica y proceso.
Eugenio Espinoza, consciente conceptualmente de las tensiones posibles que se entablan entre las cuatro esquinas de un cuadrado, abre la muestra con la instalación Negativa moderna (2008), en la que, a ras de suelo, una cuadrícula negra pintada sobre un lienzo crudo cortado en tiras y vuelto a construir se ve intervenida cada vez por el espectador, que irrumpe aleatoriamente la rígida geometría de la cuadrícula.
En Espinoza, la paradoja de romper la cuadrícula, impedirla, destruirla, colgarla, volverla –si se quiere– orgánica, ha sido una constante en su trabajo más incisivo como una respuesta posmoderna al profundo cuestionamiento que el artista ha hecho desde los años setenta en relación con la abstracción y el poder en Venezuela. Además de otras instalaciones, fueron mostradas dos fotografías históricas, Participaciones II y V, ambas de 1973, en las que se sugiere, mediante la presencia humana, el elemento lúdico y participativo que, justamente, promueve esa idea de resistencia del humano versus la abstracción que Espinoza proclama.

Michelena, en sus instalaciones bi y tridimensionales de la serie titulada Countervision (2013), profiere importancia al proceso físico del dibujo, a la idea del soporte y la resistencia del papel y otros medios, así como el trabajo de repetición sobre una idea o temática. Igualmente, enfatiza la propuesta mediante el uso de tecnología (iPad) y a los materiales industriales (mesas de Ikea), y sirve a la muestra una propuesta minimalista y limpia que permite al espectador entender su postura en torno a un cuestionamiento geográfico-artístico como podría ser la abstracción en Venezuela vista desde afuera. Para ello, Michelena intervino el espacio con dibujos de figuras geométricas que imitan volúmenes tridimensionales posibles, insinuando así, a la vez, la imposibilidad del volumen, a partir del mismo, y la homogeneización de los estándares como una clara herencia del Pop. En los dibujos de Michelena, la mesa –o cuadrado– se convierte en soporte de otra cosa y se desprende de su identidad habitual, volviendo a la idea del origen de las cosas o de su multiplicidad de usos. La industrialización, los sistemas del orden masivo, las tecnologías y la mirada al pasado se conjuntan en la instalación de Michelena desde una visión actual y al mismo tiempo quizás más nostálgica.
La modernidad y la abstracción, su estudio y crítica, en el caso de Recordar, disponer, resistir, surgen como un contingente que permite analizar los alienados discursos del hombre, o pensar, como diría Massimo Desiato, en esa modernidad que genera constantemente un doble desencanto. Lo que sí sería certero afirmar es que tanto la modernidad como la abstracción en Venezuela responden al mito de Sísifo, al que Camus denominó el símbolo más representativo de la modernidad: el lugar al que siempre volvemos, una y otra vez.
AMALIA CAPUTO
