Carlos Estévez
(nacido en 1969) pertenece a una generación de artistas que empezó a trabajar y
exponer en un período muy intenso y en un lugar muy particular: la década de
los noventa, en La Habana, Cuba. Como muchos de sus coetáneos, estudió en la
Academia San Alejandro y, más
tarde,
en el Instituto Superior de Arte (ISA). Uno de los beneficios de haber hecho
esto, en especial durante esos años (los setenta y ochenta) es que muchos de
sus profesores fueron precisamente los artistas que eran los protagonistas del
escenario artístico de esa época. Entre ellos estaba Juan Francisco Elso
(1956-1988), cuya influencia llegó a muchos artistas de la generación de
Estévez. El enfoque antropológico que Elso le dio al arte tuvo un impacto
extraordinario en las artes visuales de ese período; en el caso de Estévez, esa
influencia, en especial desde el punto de vista conceptual, estuvo presente en
sus primeras obras.
Él, como todo artista que haya trabajado de manera constante durante unas cuantas décadas, cuenta con un sólido conjunto de obras en las que es fácil reconocer diferentes etapas y ciertos temas que han sido recurrentes a lo largo de su carrera y que pueden descubrirse en los cambios reflejados en su obra, que corresponden directamente a su propio desarrollo como artista y como ser humano.


Puede decirse que su primer período empezó con su primera exposición individual en 1992 en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales de La Habana, exposición que también le sirvió como tesis de grado del ISA. Las obras incluidas estaban más relacionadas con una búsqueda filosófica general, con el hombre como centro del universo. La pieza principal de esta exposición, y de la que también tomó su título, fue A Través del Universo. Esta escultura de tamaño natural era una figura parecida a Cristo, con alas extendidas, inspirada en la tradición barroca de santos a escala natural hechos en madera policromada. El pecho tenía una cavidad en la que una vela real ardía mientras la escultura estuviera exhibida; era una analogía a la luz interior de todo ser humano. Las alas, que por lo general representan conocimiento, estaban cubiertas con dibujos a tinta similares a jeroglíficos; en la izquierda había inscritas creaciones del hombre (máquinas, edificios, inventos) mientras que la derecha reflejaba creaciones de la naturaleza (animales y plantas). A Través del Universo resume la obra de este período del artista, sintetizando su visión y cosmogonía.

En 1995 vemos otra fase de su obra. La escisión puede rastrearse hasta el Primer Salón de Arte Cubano Contemporáneo, cuando presentó La verdadera historia Universal y ganó el primer premio. La pieza, adquirida luego por el Museo Nacional de Bellas Artes, de La Habana, consistía en un pequeño escenario de teatro con muñecos de madera hechos a semejanza de importantes personajes mundiales, incluidos algunos de la historia y la política cubanas. Los muñecos estaban debajo del escenario y cualquiera, según sus preferencias o puntos de vista, podía cambiar a los protagonistas de la obra. Esta era una visión provocadora de cómo la historia ha sido manipulada y modificada a través de los siglos, y un comentario directo sobre la forma en que estaba siendo enseñada y presentada en Cuba, fragmentada y adulterada por completo. En esta pieza, el artista tradujo a la escultura su noción del mundo como teatro, idea que más tarde exploraría y retomaría desde otra postura intelectual en Theatrum Mundi (2008), en la que presentó la misma tesis del mundo como un teatro gigantesco, pero en lugar de la perspectiva política estaba más orientado hacia una interpretación filosófica del universo y la falta de control frente al destino en general.

Otro punto de partida de su obra fue la instalación Donde sueña el Demiurgo, de 2002, exhibida en el Massachusetts College of Art, de Boston. La pieza en cuestión era una cabaña a escala natural que replicaba en parte el lugar que el artista utilizaba como estudio en La Habana, y hasta cierto punto creaba un espacio ideal en el que se hacía referencia a gran parte de sus fuentes de inspiración del momento. Dentro de la cabaña Estévez puso muebles de verdad y cosas que le pertenecieron.Las paredes estaban cubiertas por completo de imágenes y objetos al estilo horroris vacuum. Una de las paredes servía como soporte de un grupo de títeres de mano que representaban a personajes como Federico Fellini, Sebastián Bach, Charles Chaplin, Nicolás Copérnico, la Madre Teresa, para nombrar unos pocos. Otras paredes mostraban múltiples imágenes de plantas y fauna, dibujos y reproducciones. En esta instalación el artista incluyó muchos de los símbolos que usaría más tarde, por ejemplo, animales. Desde el punto de vista conceptual, esta pieza transpiraba dudas filosóficas esenciales como su papel como ser humano en el universo, algo sobre lo que su mente reflexionaría y que resonaría en su obra en los años siguientes.

Una pieza más temprana, Bottles to the Sea (2000), fue premonitoria. Esta instalación anunció en una forma poética su partida de Cuba. Estévez hizo cien dibujos que semejaban manuscritos antiguos y los introdujo en sendas botellas de vidrio. En estos dibujos utilizó símbolos y elementos que abarcaban sus perspectivas filosóficas y humanas, en especial sus personajes híbridos alados que se convirtieron en una especie de sello característico. La idea detrás de este proyecto era lanzar una botella al mar en diferentes ciudades y después localizar a quienes las hubieran encontrado. Esta obra hablaba de suerte y destino y, de nuevo, de la falta de control sobre ellos. Esta afirmación se reflejó en el hecho de que el artista no podía determinar a dónde iría a parar cada botella y, ni siquiera, si alguien realmente la encontraría. Eso era imposible de predecir, más o menos lo que ocurre con la vida: sólo conocemos el punto de partida, la llegada es un misterio hasta tanto lleguemos allí.

Esta no es la única de sus piezas que ha tocado, de manera directa o tangencial, el tema de la migración. En 2009 hizo El Misterio de las Migraciones, una pintura que sirvió de inspiración para el título de una exposición. La compleja escena estaba poblada de míticas criaturas y mostraba diversos planos, pero se resolvía principalmente en dos áreas focales: la superior y la inferior. En la parte superior Estévez puso un caballo de mar que guiaba un bote con remeros que parecían seres humanos con cabeza de pájaros. La uniformidad de los remeros era una alusión a lo equilibrado de la situación: todos estaban tratando de llegar al mismo destino. La parte inferior de la pieza era mucho más compleja: se establecía un mecanismo de relaciones entre todos los personajes representados, todos ligados en una u otra forma. De nuevo se veían sus seres con cabeza de ave, criaturas híbridas bípedas cuyos cuerpos eran jaulas o tubos químicos. Una vez más, la idea de transformación se reflejaba en las imágenes. Ya no había simples seres humanos; todo el proceso de asimilación había hecho un profundo impacto y, por lo tanto, el cambio era inevitable. El artista estaba hablando de la transformación predecible que la gente experimenta con el paso del tiempo a medida que atraviesa por acontecimientos traumáticos o que le cambian la vida, como la migración.
Hasta este punto, Estévez nunca había hablado de la migración en forma política sino, en general, como resultado de una necesidad interior y una consecuencia directa de la senda de cada persona. Sin embargo, en 2011 hizo Pájaros del patio, en la que por primera vez mostró explícitamente la isla de Cuba con sus criaturas híbridas aladas paradas sobre ella, listas para alzar el vuelo.

Una de sus series más reveladoras fue la de sus ‘cajas’, sin duda influenciadas por los icónicos ensambles de Joseph Cornell. Exhibida en 2008 bajo el título Jardín hermético, constaba de varias piezas en las que había estado trabajando desde 2005 como proyecto constante. Cada caja fue creada como un universo independiente que representaba un tema diferente. Una de las primeras fue Planetario doméstico, un ensamble que se veía muy intrincado y que mostraba muchas esferas conectadas unas con otras por un hilo. La esfera central tenía pegada un muñeco cuyos miembros estaban también unidos al mecanismo. La pieza aludía al delicado balance que permite tener paz en el hogar, y a la importancia de esta armonía para cualquier ser humano.
Feminología práctica, hoy parte de la colección del Museo Frost, era otra de las cajas exhibidas con el grupo. Contenía objetos emblemáticos de feminidad como guantes de encaje y frascos de perfume, pero también incluía instrumentos quirúrgicos. El artista reunió la dualidad de dolor y placer que podría asociarse con las mujeres. Creó el término feminología para hablar de éstas y su mundo íntimo, a su parecer, un cosmos completo y más complicado.

El tema de las mujeres y la evidente importancia de la belleza han sido recurrentes en su obra. Hay un lienzo de 2009, Eternal Return, que proclama sus puntos de vista sobre la belleza y el tiempo. La representación que Estévez hace de las mujeres no se basa en los atributos tradicionales de belleza, y él los evita de manera consciente; elementos como el cabello o las joyas son excluidos a propósito. Sus ‘mujeres’ son calvas adrede; él quiere concentrar su atención en sus peculiaridades emocionales y espirituales. En Eternal Return vemos a una mujer que nos mira fijamente, vestida con una bata roja de la cabeza a los pies. Múltiples tijeras pellizcan el vestido mientras la mujer permanece muy quieta, como si no pudiera hacer nada para detenerlas. Este es el punto de vista del artista sobre el paso del tiempo y lo inexorable de esto, y cómo las huellas serán visibles en el rostro y el cuerpo de la mujer.
Una tercera pieza dentro del tema de lo inevitable es El juego de la eternidad ilusoria (2008), basada en la idea de Albert Camus de la vida como un absurdo. La obra es un juego de ajedrez en el que los contendores son invisibles. Es una metáfora de la vida vista como un juego estratégico, la forma en que cada persona diseña su propia táctica para sobrevivir. El artista incluyó elementos que implican tiempo, como un reloj de arena. Otros símbolos están más relacionados con la guía spiritual, como la linterna, en representación de la luz interior, y un telescopio en miniatura, todos ellos herramientas para ayudar a ver qué hay más allá.

Al año siguiente, 2009, Estévez hizo dos obras importantes: La última cena y Viaje de ida y regreso, sin duda, dos de las más relevantes de su carrera, creadas en un inusual formato circular. La última cena fue hecha en honor al famoso pasaje bíblico, y en forma similar a la Mesa Redonda del Rey Arturo el artista presentó su visión de los Doce Apóstoles y Dios. Decidió representar a los apóstoles como personajes definidos por elementos simbólicos, con base en sus atributos particulares. Cuando tuvo que representar a Dios resolvió hacerlo como un cuerpo humano hueco, con una cabeza rodeada de varias cabezas satélites más pequeñas, como demostrando Su poder de ubicuidad. Estévez decidió ofrecernos una idea universal de Dios, abogando, en consecuencia, por una visión integradora de la religión en lugar de una representación definitiva de Dios con base en cualquiera de las principales tendencias religiosas. Este es un nuevo enfoque del tema, y mirando retrospectivamente A través del Universo podemos ver cómo el artista le está incorporando una visión más amplia a un tema similar.
Viaje de ida y regreso es su interpretación de los hechos concatenados de la vida, el factor causa-efecto. Estévez está hablando de la idea de un ciclo y cómo éste se desarrolla a través de la vida de una persona como una repetición de la ley universal. Está siguiendo la idea de la alquimia de macrocosmos y microcosmos que describe a cada ser humano como un macrocosmos en sí mismo, al mismo tiempo que es un microcosmos, parte del universo. En esta pieza hay un flujo constante de trenes que entran y salen. Quizás el artista está parafraseando el dicho popular que dice ‘tomando el último tren’, y ve la vida como una sucesión de viajes.

En 2010 Estévez presentó su exposición individual Olvido. Esta vez hizo tres lienzos imponentes, los más grandes hasta la fecha, que sustentaron la exposición. En estas piezas continuó explorando el lado existencial de la vida, no de un modo pesimista sino presentando las muchas alternativas posibles que podrían enfrentarse.
La primera, Las batallas permanentes de la existencia transitoria, ilustra la diaria batalla emocional y espiritual por la que atravesamos, en especial contra nosotros mismos. La figura central es un hombre que muestra su torso, constituido por una ciudad; la cabeza tiene pegado un carrusel que gira y del que penden conchas y peces armados que asedian al hombre. En la alquimia, las ciudades representan el yo interior, los pensamientos y la personalidad más profundos. Entonces, al parecer, aquí tenemos la imagen de este hombre, pero lo que vemos en realidad es cómo él se ve a sí mismo, en medio de su batalla contra el mundo pero, más que todo, contra él mismo. Estévez está representando a un hombre genérico que fácilmente podría ser cualquiera de nosotros. Según su punto de vista, primero necesitamos conocernos y entendernos a nosotros mismos y luego podemos tratar de entender el universo. Una vez más, el artista está reforzando la idea de nuestro lugar en la totalidad que representa el mundo, una especie de efecto mariposa.

Existe una parte más íntima de su obra y es la que consiste en dibujos. Parte de ellos es una serie reciente que empezó en 2009 y se titula Ambar Project. Es una serie de pequeños dibujos a color, casi miniaturas, en los que de manera individual explora temas que usualmente combinaría en piezas de gran formato. Los dibujos, hechos en papel Hanji, un papel coreano hecho a mano, son como páginas individuales de un diario.
Uno de los principios más importantes de la obra de Estévez se relaciona con la transmutación, la idea central de la alquimia, pero en lugar de transmutar metales en oro, el artista está interesado en el cambio humano y la transformación interior. Comenta en una forma filosófica lo que les sucede a las personas a lo largo de su vida. También explora el lugar de los seres humanos en el universo como parte de un sistema, y su cosmos individual, las ruedas que mueven todo y hacen posible que funcione. Esta es otra idea que él tomó de los principios de la alquimia: la existencia de un microcosmos y un macrocosmos. Estévez ve a los hombres como entidades individuales en su propio microcosmos y, luego, como parte del universo, al que ve como un macrocosmos.

Estévez se ha distinguido por su iconografía, que incluye criaturas híbridas, mitad humanos, mitad animales. Sus personajes tienen cuerpos humanos y cabezas de pájaros o, viceversa, jaulas como cuerpos y cabezas humanas. Ha creado bellísimas metáforas de paralelos entre el mundo animal y la mecánica. Para él, todo ha sido hecho antes por la naturaleza, en el increíble y complejo mundo natural. Podemos ver esto en Meditar es una forma de construir, un dibujo de 1999 en el que se trazó la parte interna de un cangrejo como una excavadora; o en Mecánica Natural, de 1997, cuando una gallina se convierte en una máquina de coser.
Con los años, la obra de Estévez ha evolucionado y madurado, desarrollando una compleja imaginería. Su cosmogonía se ha nutrido de un amplio espectro de fuentes: de la literatura medieval, manuscritos iluminados, tratados de filosofía antigua y libros esotéricos, entre otros. Si tuviéramos que definir su obra, podríamos decir que trata de su constante cuestionamiento de la vida y el mundo circundante; es su inquisitiva perspectiva general de la humanidad y su lugar en el mundo.
IRINA LEYVA PÉREZ
Curadora y crítica de arte. Curadora de Pan American Art Projects, Miami.

