Dynamo. Un siglo de luz y movimiento en el arte, 1913-2013

Jesús Rafael Soto. Penetrable BBL Bleu, 1999. Metal, PVC. 400 x 450 x 600 cm. (157 2/5 x 177 x 236 2/5 pulgadas). Edición Ávila, 2007. París. Colección Ávila / Atelier Soto. © Adagp, París, 2013.*

Colectivasept 2013 - nov 2013· Por Elisa Rodriguez Campo

Dynamo. Un siglo de luz y movimiento en el arte, 1913-2013

Galeries Nationales du Grand Palais

La exposición Dynamo. Un siglo de luz y movimiento en el arte 1913-2013 abrió sus puertas esta primavera, ocupando de manera inédita la totalidad de las Galerías Nacionales del Grand Palais, en París.

Se trataba de la ambiciosa empresa planteada por el curador Matthieu Poirier, quien condensa cien años de creación artística en una superficie de 3.700 m2, con más de 200 piezas pertenecientes a 143 artistas internacionales, cuyas búsquedas y experimentaciones giran en torno al desarrollo del aparato perceptivo.

Dynamo parte de la noción de movimiento como principio de creación, capaz de evidenciar categorías aparentemente inmateriales como espacio, tiempo y luz. Las piezas seleccionadas representan los diferentes grados de tecnificación del mecanismo persuasivo que han planteado los artistas durante el último siglo, a fin de desarrollar al máximo las capacidades perceptivas y participativas del público.

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Carlos Cruz-Diez. Transcromía mecánica, 1965. Plexiglás, aluminio, moldura. Atelier Cruz-Diez. © Carlos Cruz-Diez. © Adagp, París, 2013.

La estructura fenomenológica de la percepción que describe Merleau-Ponty, hacia 1945, tiene una dimensión activa, y precisamente Dynamo proponía un extenso recorrido en el que el visitante era sometido a diferentes niveles de solicitación óptica. Poirier afirma que se trata de darle toda la profundidad a la cuestión de la percepción y que las obras expresen toda su aura fenomenológica. La selección de las propuestas de Dynamo apelaba a la receptividad emotiva del visitante, promoviendo todo tipo de “apariciones sensibles”, experiencias en las que no es necesaria una conciencia transcendental.

Dynamo consiguió difuminar los límites cronológicos que etiquetan y someten a los artistas presentes en determinado tipo de exposiciones multitudinarias. Sin pretender sentar las bases teóricas o historiográficas de una centuria de desenfadadas experimentaciones en el arte, Dynamo presenta una alternativa para abordar el acto perceptivo y la noción de profundidad, desmontando cualquier interpretación lógica o intelectual. Dynamo tampoco pretende agrupar a los artistas por ejes territoriales; al contrario, propone un diálogo transversal en torno al fenómeno perceptivo.

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Nicolas Schöffer. Prisma, 1965. © Adagp, París, 2013.

No obstante, podemos hacer el ejercicio de compendiar a los artistas latinoamericanos –como interlocutores del lenguaje sintético, inventivo y fascinante de la percepción– y notar que participa un cuantioso grupo formado por los argentinos Antonio Asís (Composition en blanco y negro no. 1804, 1966), Gregorio Vardanega (Torre ortogonal, 1987, y Espacios cromáticos, 1970), Martha Boto (Teclado electrónico, 1967), Hugo Demarco (Superposición recto-verso, 1965), Horacio García Rossi (Caja de luz inestable, 1964), Julio Le Parc (Muro de láminas reflectantes, 1966; Superficie color, serie 14-2E, 1971; Inestabilidad, 1959; Continual-luz cilindro, 1962; Trama en movimiento virtual, 1965; Luz alternada, 1966; Caja luminosa, 1967, y Móvil transparente, 1962-1996), Luis Tomasello (Atmósfera cromo plástica no. 224, 1968, y Atmósfera cromoplástica no. 413, 1974); los brasileños Lygia Clark (Bicho, 1969), Almir Mavignier (Convexo/cóncavo, 1964), Mauricio Nogueira Lima (Objeto rítmico no. 2, 1952-1970) y Mary Vieira (Polyvolume, 1948; Superficies circulares móviles dentro de su espacio esférico, 1958-1963); el uruguayo Carmelo Arden Quin (Forma Blanca, 1950); los venezolanos Carlos Cruz-Díez (Cromosaturación, 1965; Cromointerferencia mécanica, 1973; Transcromía, 1972), Alejandro Otero (Coloritmo no. 43, 1960), Jesús Rafael Soto (Espiral con rojo, 1955; Penetrable BBL Azul, 1999; Cuadrado interior con T negra, 1979) y Elías Crespin (Circunconcéntricos transparentes, 2013); así como el grupo internacional G.R.A.V. (Laberinto, 1963-2013).

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Dan Flavin. Sin título (Para tí Heiner con admiración y afecto), 1973. Tubos fluorescentes. Nueva York, Dia Foundation. © Dia Art Foundation. © Adagp, París, 2013.

Aquella inquietud expresada por Torres García en la revista Círculo y Cuadrado periodical (1936) sobre la necesidad de imprimir cariz propio al arte abstracto latinoamericano dentro de su universalidad tiende a desvanecerse cuando en la misma sala de Dynamo podemos ver a Vasarely, Schöffer, Le Parc, Cruz-Díez, Sobrino y Morellet como “moderadores indiscernibles” del mecanismo persuasivo y las capacidades participativas de una obra de arte.

Cada una de las piezas presentes en Dynamo “sucede” en un espacio incierto, nublado, obedeciendo a un campo de fuerza, jugando constantemente con la inestabilidad, haciéndonos habitar una atmósfera desconcertante, a veces placentera, otras veces terriblemente impactante.

A partir de dos secciones principales, Visión y Espacio, Dynamo se subdivide en dieciséis ejes temáticos o metáforas íntimamente relacionados con el fenómeno perceptivo: la inmaterialidad, la monocromía, la interferencia, lo concéntrico/excéntrico, la inmersión, el parpadeo, la turbidez, la inestabilidad, la distorsión, el vacío, lo invisible, la permutación, etcétera.

La profundidad del fenómeno de la percepción se abre paso justo detrás de ese “ojo que responde”. Tan pronto como las fórmulas clásicas de la abstracción y el arte concreto fueron asimiladas, se corta profundamente con cualquier explicación lógica, y los artistas apelan a los reflejos ópticos, la intuición, las respuestas del cuerpo. Es entonces cuando el arte se desborda, se desmaterializa e inunda la sala de un museo.

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Elías Crespín. Transparent Circunconcéntricos, 2013. Plexiglass, nylon, motors, computer, electronic interphase. Diameter:100 cm. © Elías Crespín. Photo: Pascal Maillard.

Vale destacar el término Expansionismo (1953) que tempranamente introduce el venezolano Omar Carreño en París, enfatizando la desmaterialización y expansión del arte –desde la geometría y el espacio– como convenciones abstractas del pensamiento.

En Amberes (G58-Hessenhuis) se celebra la muestra Anti-pintura (1962) y se definen así aquellos cuadros que por los fenómenos ópticos y físicos, sin ser esculturas, invaden el espacio hacia otra dimensión, donde ocurren cambios, movimientos y vibraciones de luz.

Comenzando por los contemporáneos, Dynamo reúne multiplicidad de artistas que, desde los avances técnicos y los lenguajes propios de su generación, realizan experimentaciones en torno a la sutileza del movimiento. Vale destacar los Circunconcéntricos transparentes de Elías Crespin, delicadamente programados y articulados por computador; la profundidad incierta de las atmósferas inmersivas de Ann Veronica Janssens, atomizadas de color; el impacto de flashes de luz que Carsten Höller dispara como balazos (Light Corner, 2001); las superficies ultrapulidas –color visceral– que ha ideado Anish Kapoor (2008) para devolvernos una versión desconcertante de nosotros mismos.

Dichos contemporáneos anteceden al enorme cuerpo de veteranos que representan las múltiples resonancias del op art y del arte cinético. Una generación que desde finales de los cincuenta abogó por el rol participativo del público. A este respecto, son muchos quienes se pronuncian, como el argentino Raúl Lozza, quien desde el Perceptismo (1947) solicita una actitud dinámica del espectador hacia la acción y exaltación de su propia facultad activa, más allá de la contemplación. Así mismo, Nicolas Schöffer afirmaba que era inminente “crear la creación”, e invita al público a ocupar y dar sentido a sus propuestas.

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Francisco Sobrino. Transformación Inestable Yuxtaposición Superposición, 1963-2011. Estructura de plexiglás transparente. 170 x 170 x 340 cm. (67 x 67 x 133 4/5 pulgadas). Archivos de la Familia Sobrino. © Archivo Francisco Sobrino.

A partir de la mítica exposición en la galería Denise René de París, Le Mouvement (1955), es inminente la manipulación de las piezas de arte, tal y como rezaba el cartel: “Se ruega tocar”. Vasarely fue un importante defensor de la dimensión social del arte. Así mismo, Manipular y cooperar son las premisas establecidas por el grupo G.R.A.V., que participa en Dynamo con la reconstrucción de su Laberinto (1963), en busca de un espectador consciente de sus facultades creativas y participativas. La exposición The Responsive Eye, en el MoMA (1965), igualmente propulsó las condiciones necesarias para fraguar un público participativo. Es así como Soto planteó esculturas que pudieran ser penetradas en las salas de los museos; Cruz-Díez, un “color que sucediese” en el tiempo/espacio de sus Chromosaturaciones (1965); Le Parc modela elegantemente una luz que acaricia, Continuel–Lumière Cylindre (1966), y Gianni Colombo nos invita a ocupar un Spazio elastico (1967-1968).

La exposición cierra exquisitamente con las lúcidas y visionarias lecciones que anteceden la noción de velocidad, movimiento, espacio y percepción desde principios del siglo pasado. Ródchenko, Moholy-Nagy, Duchamp, Kupka, y específicamente Gabo y Pevsner, quienes tempranamente renuncian al volumen e introducen la noción de “profundidad” como la única forma plástica del espacio. Desde aquel momento, el Manifiesto realista (1920) sentaba las bases del acontecer artístico de toda una centuria, proponiendo la necesidad de recrear las formas esenciales de nuestra percepción en tiempo real, animados por ritmos cinéticos.

Una avalancha de 3.500 espectadores diarios hicieron de Dynamo una de las exposiciones más comentadas en la capital francesa. Desde los estímulos más sutiles hasta aquellos que atraviesan contundentemente al visitante, el recorrido por las salas suscitaba una experiencia vertiginosa y claramente desestabilizadora.

El público asistente a Dynamo se entregó a la espectacularidad del arte contemporáneo. Lógicamente, existen posiciones encontradas, pues para otros resulta abrumadora tal solicitación perceptiva. Los artistas del último siglo han celebrado creativamente la capacidad inagotable de la percepción, creando una atmósfera profunda y continúa habitada por el visitante, quien se impregna del aura del nuevo arte y forma parte de su espectáculo.

*Todas las imágenes que ilustran este texto son cortesía del Dpto. de Prensa del Grand Palais.

ELISA RODRÍGUEZ

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