A través de
la fotografía, Demian Schopf (1975) realiza en Los Tíos del Diablo una
operación bastante simple en apariencia, pero de gran eficacia estética y
conceptual. En grandes formatos y con nitidez de imagen publicitaria, las
imágenes cruzan amplias vistas de basurales en el altiplano y la presencia
solitaria de bailarines portando sus coloridos disfraces de personajes
religiosos y paganos, protagonistas de carnavales como el de Oruro, en Bolivia
(antes de Cuaresma), o La Tirana, en el norte chileno (dedicada a la Virgen del
mismo nombre).
La serie expuesta en Galería Patricia Ready es parte de una investigación que comenzó hace unos cuatro años. Con ella, el artista funda un repertorio dotado de belleza, perplejidad y profundas implicancias socioculturales, relacionado con el neobarroco, el kitsch, la cultura pop latinoamericana y la tradición del paisajismo en la pintura.

El efecto es tan delirante como desolador. Los detalles profusos de la basura –todo tipo de restos: envases, latas, bolsas, aparatos tecnológicos, neumáticos y muebles, entre otros– exhiben una veladura mortecina, gris. El monocromo del fondo vuelve los lugares posapocalípticos. En contraste, están el fuerte colorido de los trajes, los brillos y texturas de las telas, las formas excesivas, los diseños llenos de simbolismos y los gestos grotescos, monstruosos, humorísticos, de los modelos, donde se pueden encontrar, por ejemplo, diablos lanzallamas, reyes psicodélicos y animales estrambóticos.
Este encuentro entre actores y paisaje afina investigaciones anteriores sobre el neobarroco y los procesos de mestizaje en Latinoamérica, pero definitivamente nos dispara a otros territorios, como la política, el cine, el cómic y la ciencia ficción.
Desde el neobarroco y el mestizaje, la abundancia de códigos y la convivencia de diversos territorios visuales son para Schopf incluso promiscuas. En los bailes y procesiones convergen, dice, “las más variadas mescolanzas religiosas, sociales, políticas, contraculturales, de género, eróticas, escatológicas, estéticas y hasta éticas todo tipo de personajes; desde señoras beatas hasta Drag Queens y diablesas transexuales renacidas mujeres en algún quirófano trucho”.
El desierto empolvado de desechos resulta una suerte de resto de ciudad, los últimos estertores de alguna metrópoli que se difumina en el desierto poderoso. En medio, los personajes son la expresión contemporánea de cultos prehispánicos, de antiguas adoraciones a dioses de la tierra y el fuego, a diablos que protegen minas y socavones, a diosas de la fertilidad. Está en ellos también el sincretismo colonial que los relacionó con ángeles y demonios, mezclándose luego con personajes de la cultura minera y altiplánica, y ahora con las modas de cofradías y tribus urbanas.
En su delirio, los retratados lucen artificiales y el paisaje parece de pronto una escenografía. Junto a la profusión de elementos sobre la superficie, la artificialidad es otra de las características de lo neobarroco. Imposible no conectar el proyecto con una obra de 2002, La Revolución Silenciosa, donde el artista realizó similar operación, registrando maniquíes disfrazados como arcángeles arcabuceros (cita de representaciones religiosas de la pintura barroca americana) situados en bodegas del Museo Nacional de Historia Natural de Santiago, donde dispuso además animales disecados y herramientas de trabajo que simbolizaban ideologías totalitarias. Junto a esta estética de naturaleza híbrida, las referencias apuntaban también a la dictadura militar: Revolución silenciosa es el título de un libro de Joaquín Lavín (político emblemático de derecha), que en 1987 se refería a las reformas institucionales que abrieron paso a la economía neoliberal en Chile.
El contexto político de la actual serie obliga a buscar nexos de este tipo; nos conectamos entonces con situaciones de crisis neoliberal y procesos de globalización, que en este punto del planeta generan profundas paradojas, más allá de la convivencia de lo religioso y lo profano, de lo folclórico y la cultura pop, del Primer y Tercer Mundos, desde el exceso de los trajes (exceso en todas sus acepciones) versus la aridez del lugar y su marginalidad.
El rol de estos personajes en los bailes y diabladas es personificar la conexión con el mundo de lo divino y un espacio de libertad total. Lo que en las fotos parece a ratos un momento de descanso después del carnaval, la salida un paso más allá, se vuelve de pronto una escena de Mad Max, la película de ciencia ficción dirigida en 1979 por George Miller y protagonizada por Mel Gibson. La árida locación recoge, para Schopf, a los “protagonistas de una opereta espacial de animación japonesa para adultos”.
Esa “ciudad posterior”, a la que apunta, son basurales formados en los suburbios de ciudades del altiplano, una periferia no obstante propia de muchos lugares en el mundo. Un lugar límite donde algunos circulan y viven incluso, haciendo de los desechos de una sociedad de consumo parte de su sistema de vida. Como en un sueño, perviven aquí los vestigios de una serie de encuentros históricos y culturales, las formas humanas que quedaron dando vueltas tras la hecatombe, la emergencia también de una nueva estirpe.
CAROLINA LARA B.
