Exposición Individualsept 2013 - nov 2013· Por Marcela Quiroz Luna

Carlos Amorales

Museo Tamayo

Carlos Amorales (México, 1970) archiva, recupera y acciona. Se apropia de lo que le es propio con el inteligente impulso de quien sigue sus intuiciones para hacer de ellas un despliegue gráfico de (des)conocimientos (im)probables; ajenos a la constatación; innecesarios de ser elucubrados. Hace más de una década el artista ha venido conformando una colección de imágenes que configuran su “archivo líquido”. El propio nombre deshace el concepto-por-función del archivo –si éste se entiende como el lugar y sentido del resguardo, denominación, almacenaje e interrelación ordenada–. La “liquidez” que ha venido convocando Amorales en su conjunción de imágenes busca, pues, rev(s)olver la capacidad semántica de sus haberes más allá de sus propios límites formales y, ciertamente, significativos.

La reciente muestra individual de Carlos Amorales en el Museo Tamayo –curada por Magnolia de la Garza– incluye obras cuyo lenguaje y cuyas reverberaciones devienen consistentes al tono, temor y temblor (Kierkegaard) de ciertas piezas del acervo del museo; la curaduría recupera, por vínculo “lingüístico-formal”, obras de Goeritz, Tàpies y Torres García, tendiendo tramas en desenvolvimiento hacia el territorio de la producción artística contemporánea. El equilibrio desplazado sucede entre hilos (in)visibles en equilibrio de funámbulo; convocando la memoria imaginaria e imaginada que Amorales ha apre(he)ndido de la obra de otros grandes como Alexander Calder (en cuya fundación Amorales estuvo en residencia unos años atrás).

Exposición Individual: Carlos Amorales — imagen 1
Carlos Amorales. Terremoto vertical, 2010. Reglas de acero, grafito sobre pared.

En esta muestra, la pieza que directamente llama al cuerpo y la mirada por su presencia visual y exaltable sonoridad, es aquella que irradia de sí el reverbero de varias decenas de platillos dorados cuyos timbres contenidos parecen esperar y/o explotar al paso-de-contacto corporal o aurático del cuerpo visitante. Su nombre, en invitación al acto como a la escucha, lee: Veremos cómo todo reverbera (2012).

Al acercarnos al centro de la sala, el “cuerpo-público” –ahora expuesto a ser parte de la pieza– recibe una baqueta como las que se usan para tocar percusiones. Las doradas “naves circulares” suspendidas ondean en vertical con cierta uniformidad en un radio aparentemente inofensivo, si es que de ellas se ha quedado ya sólo el recuerdo vibrado del último contacto. Pero cuando es de otro cuerpo la mano que golpea por la orilla una de las parejas de platillos, configurados como móvil calderiano, se vuelve de inmediato evidente –desde la punta de los dedos hasta el corazón– que la tensión generada por las ondas de sonido que escuchamos –devenida de la fuerza impuesta al golpe– nos penetra de manera inmediata; imposible frenarla o evadirle; nos toma por dentro y registra el tiempo de nuestra condición.

El cuerpo expuesto por entero a las vibraciones sonoras de esta instalación interactiva de Amorales, nos convierte, por unos segundos, en cuerpos reverberantes. Sea ésta una afortunada manera de reconocer(se) como “cuerpo vibrátil” (sobre los que con sonora lucidez ha escrito-en-cuerpo la teórica brasileña Suely Rolnik).

Llevando pues los vínculos corporales, significativos y simbólicos en el cuerpo, Amorales extiende entre esta obra y el resto de la muestra –por ejemplo, su escultura agrietada en metal Terremoto vertical (2010); un video (des)codificado, Ámsterdam (2013), y esos dibujos (es) grafiados en círculos de tensión quebrada de los que resulta difícil desprenderse– trazos recibidos como registros sonoros evidentes en una de las posibles configuraciones a-la-escucha, de Jean-Luc Nancy.

Adentrado en un profundo interés en el lenguaje-por-forma, Amorales convierte la historia en trazos que también vibran sus efectos sobre el papel y hacia el espacio. Recuperando la memoria de conciencia social comunitaria –devenida de las muchas pequeñas e inconmensurables tragedias que desencadenó el terremoto de 1985 en la ciudad de México–, el artista presenta una serie de dibujos en grafito, cuya delicada potencia alcanza a contener el estruendo que aún resuena entre quienes, de alguna manera, (sobre)vivieron ese terrorífico acontecimiento duplicado. En sus dibujos de gran formato, roturas como rayos se distienden del centro hacia el borde del papel (una gran grieta cisma cada superficie); en su entorno, el radio de ondas usualmente invisibles que trae consigo el sonido –como lo hace el agua cuando se arroja una piedra en ella y crea una concentración expansiva de delgados círculos vibrátiles– ha sido dibujado en radios de trazos concéntricos que hacen posible escuchar/entrever/recordar lo que aquella devastadora mañana del 19 de septiembre cimbró en herida sobre el cuerpo de la ciudad y sus habitantes; apenas para reinscribir la caligrafía de su destino la noche del 20 de septiembre.

Recuperando el gesto de dicha historia en un rango “habitable” para el “cuerpo-propio” (siguiendo el concepto propuesto por Jean François Billeter), Carlos Amorales recupera y resitúa los tiempos dirigidos de aquellas imborrables inscripciones; lo hace fincado en la certeza que le brinda su propia historia-en-sobrevivencia. Invitándonos a recordar que la sobrevivencia sí es una condición diaria a la que nos enfrentamos –con menor o mayor conciencia–; pero, y afortunadamente, después de recorrer estas salas, sabemos que sí hay otras maneras de recibir y reponer sus acordes.

MARCELA QUIROZ

Carlos Amorales, por Marcela Quiroz Luna | artnexus