Exposición Individualsept 2013 - nov 2013· Por Carolina Lara

Camilo Yáñez

Galería D21 y Galería Casa E

En los años noventa, Camilo Yáñez (1974) destacó dentro de una generación que emergía traspasada por la posdictadura en Chile. Junto al quiebre de lo pictórico, a las citas a la historia del arte, a la abstracción geométrica y al paisajismo, el artista realizaba una crítica constante al contexto político. Varios de sus pares apuntaban también en sus experimentaciones posminimalistas y neoconceptuales a un momento histórico culminante del siglo XX, caracterizado “entre otros grandes cambios sociales” por la transición democrática, por constantes conflictos partidistas, por la figura del exgeneral Augusto Pinochet (fallecido en 2006) y el arraigo total del sistema de mercado.

Al conmemorarse cuarenta años del Golpe Militar, Yáñez presentó de marzo a junio tres miradas sobre la historia reciente del país que fueron también sendas maneras de asumir la relación entre arte y política. En tres espacios locales, Tierra derecha (Gasco), Punto muerto (D21) y Derrota (Casa E), fueron armando un relato por orden de aparición.

Exposición Individual: Camilo Yáñez — imagen 1
Camilo Yáñez. Punto muerto, 2013. 17 puños. Copias de diversos puños zurdos de yeso y botellas de vidrio. 436 x 100 cm. (171 ½ x 39 1/5 pulgadas).

Más encriptada y poética tal vez, la primera muestra reunió veinticuatro fotografías de paisajes, reproducidas serigráficamente en grandes formatos e intervenidas por grafismos aparentemente azarosos. Las imágenes en blanco y negro representaban lugares de la zona central, captados desde la medida de una regla topográfica, pero girados de tal manera en el montaje que el horizonte perfecto lucía en línea vertical. El paisaje era anulado; se volvía de una quietud sempiterna que era atravesada por otro paisaje, un collage de dibujos que parecían provenientes del mundo del cómic y la publicidad, calcados del inconsciente colectivo o de un ejercicio de la memoria personal. Tierra derecha, recuerda Yáñez “es un concepto que en jerga hípica se refiere al último tramo de la carrera, donde los caballos se juegan su lugar. Entrar en tierra derecha es el momento a punto del desenlace. Las fotografías fueron tomadas en 1999, y su reedición catorce años después marca un período a nivel país en que tanto el neoliberalismo como la clase política entran en crisis. Hoy reconocemos que “en más de veinte años de democracia” los grandes conglomerados gobernantes han perpetuado en gran medida el sistema instaurado por el régimen militar.

De esta conciencia parten algunos signos de Punto muerto, el montaje más evidentemente político o donde el arte exhibe cierto fracaso, la imposibilidad de incidir en la realidad social. El límite con el simple comentario sobre la contingencia se hace a ratos difuso: representaciones realistas en yeso blanco de puños en alto, algunos apuntando botellas quebradas al espectador, son emblemas de una protesta silenciosa y feroz que emerge de uno de los muros. En otra sala de la galería, pizarras con muñones de manos en yeso, listas para ser usadas por el público como tizas; las consignas y leyendas que fueron poblando las superficies y “en una de ellas, pegadas” dos portadas del diario El Mercurio refiriéndose a los presidenciables de 2013 y a las grandes fortunas de Chile, estableciendo la sabida relación entre ambos poderes o cuestionando cuál es el verdadero poder. El mural en rojo de la entrada, donde se lee “Cofradía náutica del Pacífico”, enfatiza la idea: Cofradía Naútica fue una sociedad secreta conformada en 1968 por civiles y uniformados que cimentó las bases del golpe militar. La lucha de poder y los poderes, nuevamente, coludidos. Punto muerto, advierte el catálogo, “es en términos económicos una inmovilidad total, la carencia total de beneficios o pérdidas a partir de una venta”.

Derrota es el capítulo más íntimo de este gran relato que “ya vemos” pregunta tanto por el rendimiento crítico de la obra cuando ingresa en la esfera de lo político como por un momento del país marcado por el descontento y, sin embargo, la inercia.

En la sala de Valparaíso se relacionan los videos Victoria Allende limpia al pueblo de Chile y Carmen 36, con fotografías en blanco y negro de esta última producción. El primer registro es “una ironía sobre cómo Chile ha manejado su memoria y su responsabilidad en materia de derechos humanos”, donde Victoria Allende limpia un soporte blanco que en el suelo repite el formato de un cuadro de Frank Stella, donado en 1972 al Museo de la Solidaridad Salvador Allende. La segunda obra es un documental centrado en la historia personal: la entrevista a los padres del autor, que relatan episodios de vida relacionados con el departamento que ocupó la familia por décadas, en el número 36 de calle Carmen, en Santiago, sumando recuerdos de cómo se vivió el golpe militar en el centro de la capital, e intercalando tomas actuales del edificio hace años abandonado y que pertenece al Poder Judicial. “En qué sociedad vivimos por la chucha, que el rol social (el poder) no lo ejerce”, culmina Luis Fidel Yáñez, ya anciano y con el ímpetu de la indignación profunda, lanzando un improperio local que termina por arrancar risas.

CAROLINA LARA B.

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