Los que apostamos al talento y a la provocadora obra de Bobby Cruz desde que era estudiante en la Escuela de Artes Plásticas de Puerto Rico en 2005 (la primera obra suya que vi eran tres lienzos quemados por una plancha de planchar ropa contrapuestos a tres papeles de imprimir fotografía quemados con la misma plancha), no nos equivocamos. Después de una ininterrumpida serie de éxitos desde el punto de vista crítico y comercial en numerosos foros hasta su internacionalización –Miami (Scope), Boston, Nueva York, Madrid, Buenos Aires–, este joven artista nos ha demostrado que hay que continuar siguiendo su trayectoria, ya que se encuentra entre nuestros artistas emergentes más importantes.
Uno de los dos factores que distinguen el arte de Bobby Cruz (San Juan, 1984) es un eclecticismo innato y casi sin límites, donde pasa de la pintura a la escultura, a las instalaciones, al arte conceptual, a la gráfica, al video, con una facilidad, una gracia y unas profundidades sorprendentes.

Desde el principio de su carrera, Bobby Cruz dejó muy claro que no es un artista que se rige por reglas preestablecidas, “me invento y reinvento dependiendo lo que vea en mi entorno y cómo se relaciona a los momentos importantes de mi vida”. Y lo ha logrado mediante una serie de imposiciones individuales que son siempre cambiantes/distintas pero siempre efectivas y entretenidas, donde protagonizan y dialogan convincentemente tanto el profesionalismo y la originalidad como lo lúdico y profundas miradas autobiográficas y de un pasado más inocente y ético. Y es que a través de los distintos medios que usa para comunicarse con el público (y en una exposición, como la que reseñamos hoy, son varios y atrevidos), siempre se propone romper esquemas, seducirnos y convertirnos en cómplices de sus sentimientos/intereses/miradas en un momento específico.
El otro factor que define su obra es que en ella hay una lógica, un plan, un hilo conductor, y lo que le da unidad al corpus de sus creaciones es un discurso visual muy suyo dentro de un Pop posmoderno y su particular y constante mirada autobiográfica de su pasado.
En sus primeras exposiciones individuales el artista logra, por medio de la pintura de sus juguetes y la música con que se crió, revivir, compartir su crecimiento, su formación, sus Paraísos. Pintará –usando el aparato que se usa para escribir/dibujar sobre los bizcochos/cakes/tartas– carritos, bicicletas, bolas de basquetbol, avioncitos. Creará obras usando distintas clases de tapes plásticos para envolver paquetes, que harán a muchos en Puerto Rico cuestionar una vez más qué es pintura. Hará instalaciones con casetas de campaña pintadas y/o grafiteadas o canchas de baloncesto. Diseñará “banderas” cociendo coloridas y horrorosamente turísticas toallas de playa. Inmortalizará a su gallo blanco, Claudio, y a su amigable perro, Dino, en pinturas y videos. Hará esculturas con finos tubos de luces de neón que expresan contundentes mensajes existenciales y/o sociopolíticos. Recreará fielmente, pero dentro de su estilo de pintar, las carátulas de sus discos de salsa clásica favoritos. Diseñará mosaicos sobre distintas superficies de diferentes tamaños que reproducen, de una manera geométrica, las camisetas de baloncesto de los jugadores más reconocidos de Puerto Rico.
En Simplemente Bobby, como en su exposición individual anterior, en la Galería Yemayá (en 2012), el artista usó tanto los títulos como la grabación misma de canciones de salsa importantes en su vida como elemento unificador de su propuesta.
Bobby Cruz lleva coleccionando discos de salsa clásica (de pasta o vinil) –la salsa de los años sesenta y setenta y principios de los ochenta (Bobby Cruz y Richie Ray, Melvin Santiago, Ray Barretto, Impacto Crea, La Típica, Marvin Ramírez, Adalberto Santiago, Eddie Palmieri y, claro está, El Gran Combo y Celia Cruz). Con una colección de más de 1.500 discos, hay algunas canciones que para él son himnos, y son estas canciones la que inspiran las cinco obras (una pintura, una escultura en neón y tres instalaciones) “que le dan vida plástica a unas canciones que me encantan por su mensaje”, instalaciones que van desde nuevas banderas hechas de toallas de playa turísticas hasta una hielera de playa que ameniza la exposición con su selección de canciones de El Gran Combo, Tommy Olivencia, Chamaco Ramírez, etcétera). Hasta el título de la exposición, Simplemente Bobby, viene del título de un disco del salsero Lalo Rodríguez que se titula Simplemente Lalo, donde hay una canción que dice “Si no hay material, no hay coco, no”, título que usó para la excelente pintura hiperrealista de una lata abollada/deformada del refresco local Coco Rico, que forma parte de su muestra.
En esta provocadora exposición, Bobby Cruz logra un apasionado y original tributo a una fuerza que ha definido a Puerto Rico, Cuba, el resto del Caribe, Centroamérica, partes de Suramérica y nuestras diásporas (Nueva York, Chicago, Miami, Orlando, etcétera): la salsa, sobre todo aquellos discos que lo acompañaron durante su niñez, crecimiento y desarrollo, y que, como su período de las bicicletas y los carritos, lo definen y nos definen.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
