Exposición Individualsept 2013 - nov 2013· Por Marta Rodríguez

Alicia Viteri

Museo de Arte Contemporáneo de Panamá

Durante los últimos tres años Alicia Viteri estuvo dedicada a cubrir cuidadosamente botellas de licor con tela de lino cruda; sobre éstas, con pasta de modelar y luego con capas de pintura, les fue dando forma a 75 personajes. Ellos fueron definiendo su identidad mediante lujosos atavíos y adornos también confeccionados por ella, y sus facciones fueron cobrando forma a medida que se ensamblaban pedazos de parlantes, piezas de una vieja cámara fotográfica, tijeras o cualquier otro objeto en desuso. Setenta y cinco de estos personajes conformaron su instalación titulada Los terrícolas.

Frecuentemente he pensado que el trabajo de Alicia Viteri mantiene una filiación con la caricatura, y los términos en los que este género artístico es definido en Wikipedia me permiten afirmar ese vínculo. “Una caricatura (del italiano caricare: cargar, exagerar) es un retrato que exagera o distorsiona la apariencia física de una persona o varias, en ocasiones un retrato de la sociedad reconocible, para crear un parecido fácilmente identificable y, generalmente, humorístico […] Su técnica usual se basa en recoger los rasgos más marcados de una persona y exagerarlos o simplificarlos para causar comicidad o para representar un defecto moral a través de la deformación”.

Exposición Individual: Alicia Viteri — imagen 1
Alicia Viteri. Ensamblaje escultórico. 2012. Botella, madera, pasta de modelar, terciopelo, seda, metales, marfil, acrílico. 70 x 38 cm. (27 ½ x 15 pulgadas).

Los personajes, de doble faz, que conformaron su instalación, se proponían ser el “retrato de una sociedad para presentar su condición moral”, para hacer evidente la doble cara que poseemos todos los individuos, mediante una “deformación” irónica que se logró a través del ensamblaje. En ocasiones, Alicia Viteri tomó como punto de partida un personaje en particular; otras veces, seres más genéricos, pero siempre exagerando los rasgos, con el fin de hacer visible su condición humana.

La primera impresión que tuve al ingresar a la instalación, pese a ser tan minimalista y sobria, fue la de hallarme ante una especie de altar barroco en el que las figuras estáticas estaban cuidadosamente dispuestas en su lugar. En una sala penumbrosa, de paredes negras, sobre mesas del mismo color, bajo luces cuidadosamente dirigidas, estaban situados Los terrícolas, siguiendo hileras que se iban desplazando hacia el fondo de la sala. En la primera fila estaban unos personajes vestidos de blanco y negro; tras ellos comenzaban a divisarse vestidos rojos, verdes, blancos, todo un desfile multicolor. El conjunto resultaba impresionante, y como en el barroco, había un elemento teatral: esas figuras estaban dispuestas para iniciar algún movimiento, a proferir alguna palabra, lo que me hizo pensar: “la presentación está por comenzar”. En el fondo, tres figuras de bronce, réplica agrandada de la cabeza de uno de estos personajes, custodiaban, o tal vigilaban, celosamente a esos actores inmóviles.

Efectivamente, al iniciar el recorrido por esa pasarela (así fue concebido el montaje por Alicia Viteri), se daba inicio a la función. A medida que me acercaba a cada una de las figuras, en su mutismo comenzaron a hablar a través de los detalles con los que fueron construidos sus rostros, a veces un tanto grotescos, otros amenazantes y a veces tiernos. Hombres de negocios, militares, divas, curas, guardaespaldas, mujeres viejas y jóvenes, tristes y alegres, en fin, toda la “fauna humana”, estaba allí retratada, y cada uno daba más de un motivo para reír y recordar a algún personaje conocido. Al finalizar el recorrido con una figura que era el autorretrato de la artista, se iniciaba otro que daba a conocer el segundo rostro de Los terrícolas.

La doble condición de estas figuras, sus atuendos suntuosos, y esa alusión a la teatralidad, me trajo a la memoria las descripciones del sociólogo Richard Sennet1, cuando describe el complejo comportamiento humano que comenzó a tener lugar con la sociedad moderna, cuando las ciudades iniciaron su expansión y se convirtieron en un lugar de encuentro entre una multitud de extraños. Analiza Sennet cómo ese encuentro multitudinario dio lugar a una manera de ser y de mostrarse en sociedad. El individuo comenzó a experimentar una escisión entre su ser íntimo y su comportamiento público. Caminar por las calles se convirtió en una especie de reto: ¿cómo mostrarse ante los otros… cómo proyectar una imagen adecuada… cómo vestirse… cómo sonreír? Una cierta teatralidad se apoderó de los gestos y los modos de comportamiento social. Podríamos decir, viendo a Los terrícolas, que se dio lugar a la doble cara que tienen estos personajes, que se adopta a veces por miedo, por una cierta inseguridad, o motivada por intereses mezquinos.

Lo cierto es que por una razón o por otra, los humanos poseemos esa doble cara que con tanta ironía y fino humor captó Alicia Viteri a través de esa peculiar acentuación de los rasgos y gestos. Ella ha querido develar una vez más (así lo hizo con la serie de los insectos, El mural, y con la serie de El príncipe próspero) una faceta de la sociedad, la doble moral de los habitantes de la Tierra.

NOTA

1. Richard Sennet, El declive del hombre público, Ediciones Península, Barcelona, 1978.

MARTA RODRÍGUEZ

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