La octava
edición de la Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano fue presentada
en la ciudad de Panamá del 15 de enero al 18 de febrero de 2013. La exposición
de las obras seleccionadas en cada uno de los países de la región (sin contar a
Belice) fue montada en las salas del Museo de Arte Contemporáneo con la
excepción de una pieza (una videoinstalación de Erika Mierisch de Nicaragua)
que se mostró en el Centro Cultural Los del Patio. La bienal centroamericana es
un evento cuya celebración ha rotado de una capital a otra en la región en un
circuito que comenzó en 1998 con la creación de lo que fue inicialmente una
bienal de pintura. Si se considera la cantidad de fondos y trabajo que conlleva
una exposición internacional de esta naturaleza resulta loable que los
organizadores, patrocinadores e instituciones en los seis países participantes
que hacen posible esta bienal hayan logrado darle continuidad a lo largo de
tres lustros.

A partir del año 2002, al transformarse el evento en Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano (BAVIC), comenzó una etapa de mayor importancia en su desarrollo con exposiciones que finalmente—y de manera absolutamente necesaria— integraban obras de arte creadas en toda la variedad de medios y técnicas que se emplean en el arte contemporáneo. Otro adelanto digno de mención ha sido la eliminación de los premios a partir de la séptima versión en 2010, siguiendo los pasos de otras bienales en la región, llegando así a liberar fondos para proyectos educativos y a la ampliación de las posibilidades en cuanto a las obras y los artistas —o colectivos de artistas— que pueden participar. Por primera vez, esta octava BAVIC mostró varias obras con autores múltiples, incluyendo dos dúos de artistas de Costa Rica, así como colectivos de artistas como Veinti3 de Nicaragua y La Torana de Guatemala.

El montaje de esta octava bienal centroamericana en el Museo de Arte Contemporáneo impresionó por el profesionalismo de su museografía, un adelanto considerable en comparación con la cuarta bienal presentada en el mismo espacio. Esta vez, a pesar de que nuevamente se trataba de un número mayor de obras de las que el espacio podía acomodar con facilidad, la exposición presentaba un buen diseño, permitiéndole al visitante pasar con fluidez de un ámbito a otro. En el futuro, sería interesante que la BAVIC considerara la opción de aprovechar otros lugares en la ciudad de Panamá, incluyendo espacios alternos para exponer las obras, tal como se hizo en la más reciente Bienal Paiz de Guatemala, que ofreció al público un recorrido por múltiples espacios en el centro antiguo de esa ciudad capital.

A pesar del logrado montaje, y debido el carácter variopinto de las obras presentadas, la exposición de la octava bienal en Panamá adolecía de una falta de cohesión que ha caracterizado estas muestras centroamericanas desde sus inicios. Sin duda, ha llegado el momento de repensar el formato y considerar, como ya se ha sugerido en múltiples ocasiones, la transición de la bienal regional hacia una exposición curada, con un discurso específico, definido por un curador, con quien los artistas podrían tener intercambios productivos. A la falta de un concepto unificador, se une el hecho que las selecciones en cada uno de los países se hacen con sistemas diferentes, que en esta ocasión fluctuaron desde bienales locales con jurados internacionales (Honduras y Costa Rica), a decisiones hechas por curadores invitados que se relacionan de diversas maneras con los artistas y sus obras (Guatemala y Nicaragua), hasta selecciones nacionales llevadas a cabo por comités de expertos (El Salvador y Panamá).

En cuanto al valor de una muestra con un hilo conductor, hubo dentro de esta bienal lo que constituyó un ejemplo o modelo a pequeña escala. Llamó la atención la armonía estética y visual de la sala dedicada a las seis obras de Guatemala, en la que figuraron logradas instalaciones individuales por los artistas que conforman el grupo de La Torana (Marlov Barrios, Erick Menchú, Norman Morales, Josué Romero y Plinio Villagrán), así como una obra presentada en conjunto. Como grupo crearon un objeto artesanal que combinaba humor con simbolismo, una hamaca tejida con alambre eléctrico y colgadapor sus cables cuyos enchufes estaban conectados a tomacorrientes en la pared. Esa habilidad de combinar mensaje y simbolismo con ironía, así como el uso de materiales sencillos como alambre, madera o cerámica caracteriza a los jóvenes de La Torana, tal como se veía reflejado en estas obras que dialogaban unas con otras y con el espectador.

En el caso de los artistas nicaragüenses, las obras seleccionadas fueron producto de una transformación que se dio en la más reciente bienal nacional de ese país, en la que “el jurado consideró que previo a la exposición era oportuno iniciar un proceso de fortalecimientos con los artistas mediante una serie de talleres”.1 En base a esta premisa, los jurados fungieron como un comité curatorial y educativo, proponiendo a los artistas que desarrollaran proyectos y compartiendo sus conocimientos con ellos a través de talleres artísticos llevados a cabo en Managua. La selección de obras para la bienal se basó en los resultados de este extenso procedimiento. Los trabajos de Patricia Belli y el Colectivo Veinti3 reflejaban un enfoque en el arte como proceso y búsqueda de significados. Alejandro de la Guerra creó máscaras que él y sus colaboradores usaron a manera de acción artística durante la inauguración, mientras que la participación de Maruca Gómez sorprendió por tratarse de una artista nacida en los años veinte hasta el momento desconocida fuera de su país.

A lo largo de los años, las bienales centroamericanas han ofrecido una oportunidad ideal para que los artistas se conozcan personalmente durante la semana de la inauguración del evento, así como para darse a conocer más allá de sus fronteras nacionales. En esta octava bienal, hubo varios artistas que exponían en Panamá por primera vez. Fue un descubrimiento ver las obras del fotógrafo salvadoreño Rodrigo Dada, cuyas sensibles imágenes sugieren historias íntimas y metáforas de momentos pasados o relaciones destruidas. Entre los artistas costarricenses nuevos para el público panameño figuraron Elena Wen, John Juric, Carolina Parra y Xavier Villagrán. Wen presentó una refinada animación en dos pantallas, que mostraba el “antes y después” de diversas interacciones humanas. El trabajo de Juric titulado Silla de espera estaba compuesto por impactantes composiciones bidimensionales en blanco y negro que llevó a cabo en colaboración con pacientes en la sala de espera para hemodiálisis en un hospital de San José. Parra y Villafranca mostraron conjuntamente la instalación El coleccionista que recreaba, en un cruce entre escenografía y Wunderkammer, el espacio privado de un personaje imaginario. Más conocido entre los artistas ticos es Roberto Guerrero, cuya obra preguntaba “Por qué sos tan loca?” escrita con cuchillos y respondía con la frase “porque me da la gana” ejecutada con flores de seda. La instalación hacía referencia tanto a temas sociales y derechos humanos, como a la intransigencia y la violencia que despiertan las diferencias en nuestra región.
El tema de la violencia y sus consecuencias rondaba, quizás inevitablemente, en varias de las obras de esta exposición centroamericana. Jhafis Quintero mostró autorretratos dibujados por presos en una prisión costarricense, así como calcos de tallas rayadas por los internos en los muros del antiguo centro penitenciario en la Isla de Coiba en Panamá. Por otra parte, la obra sonora de Danny Zavaleta dejaba escuchar la conversación telefónica entre una mujer encarcelada en El Salvador y su pareja libre, discutiendo los problemas prototípicos que surgen como consecuencia de la pobreza y la criminalidad. Las granadas pintadas como objetos folklóricos y la botella de Coca Cola del hondureño César Chinchilla hacían referencias más directas, aunque irónicas, a los problemas políticos y la injerencia norteamericana en la región. En cuanto este tema, vale mencionar la extraordinaria pieza del artista guatemalteco Marlov Barrios en la que el edificio neoyorquino conocido como el Empire State Building se eleva sobre una pirámide mesoamericana, todo en madera tallada.

En la videoinstalación Merma por Lucy Argueta, la ropa rota y enlodada extendida sobre el suelo hacía referencia a lo que la artista denomina “arqueología de la memoria”, a la vez que despertaba recuerdos de las fosas comunes en las que han acabado tantas pobres víctimas de los gobiernos dictatoriales en la región. La pobreza es el trasfondo de la videoinstalación La Cena del hondureño Fernando Cortés, en la que aparece compartiendo alimentos preparados por él con la familia de una señora campesina y sus ocho hijos que no poseían “ni una mesa para comer”. Su coterráneo Lester Rodríguez está representado por la obra Mecanofagia, que muestra una serie de cadenas y engranajes que se mueven sin parar, en referencia a la industria de la palma africana en Honduras que ha causado problemas sociales relacionados con la expropiación de terrenos a los campesinos.
Por su parte, el hondureño Gabriel Vallecillo reprodujo en el museo la obra Precipitación de ternura creada originalmente en el espacio público con proyecciones sobre muros de edificaciones deterioradas de la ciudad, que representaban “la desilusión histórica que ha vivido Honduras y la impotencia de expresarse en una sociedad sumida en la violencia y la corrupción. En su obra, las personas y los muros lloran en silencio”2. La ciudad descuidada también es el tema en la obra del artista panameño Darién Montañez, creador de la denominación “arquitectura feoclásica” para un estilo de construcción que es cada día más común en Panamá. En la bienal, Montañez mostró un impactante video del río Matías Hernández que bota agua contaminada y cantidades fenomenales de basura al mar frente a la ciudad de Panamá.

Ideas con respecto a las expectativas y construcciones sociales permeaban otras obras en la bienal. Luis Cornejo mostró pinturas de mujeres lindas y jóvenes que se ubican entre el retrato y la caricatura. Raquel Cochez, quien ha enfocado el tema de la apariencia femenina y los problemas de la alimentación, mostró una piscina infantil de plástico llena de una enorme cantidad de dulce de leche que cruzaba la línea de lo empalagoso a lo repulsivo. Al lado, proyectó dos videos de manitos infantiles manipulando la piel maleable y suelta del vientre de alguien que ha perdido mucho peso, como masilla para jugar. El fotógrafo José Manuel Castrellón explora otro fenómeno social: el de los hombres de la etnia Kuna que se expresan con el lenguaje del rock o punk, tema interesante que podría haber sido expuesto con mayor impacto.
Como conjunto, la octava bienal mostró que los artistas centroamericanos han conquistado los lenguajes del arte contemporáneo y que, entre ellos, existen preocupaciones compartidas y temas comunes. Esto fue demostrado con aún mayor énfasis en el fructífero simposio organizado de manera paralela a la bienal, bajo el nombre De facto: acciones desbordantes, que se centró en “la gente, las estrategias, los retos y las repercusiones en torno a proyectos transformadores en Centroamérica, el Caribe y México”3. Durante dos días hubo ponencias por mexicanos como el artista Carlos Amorales y Paola Santoscoy, directora del Museo Experimental El Eco, así como la curadora Rocío Aranda-Alvarado del Museo del Barrio en Nueva York y la profesora Michele Dalmace de la Universidad Michel de Montaigne en Francia. También dictaron conferencias los editores y directores de diversos proyectos en Centroamérica como Andrés Asturias y Stefan Benchoam de Guatemala, Bayardo Blandino de Honduras; Raúl Quintanilla y Ernesto Salmerón de Nicaragua; Inti Guerrero de Costa Rica; y Mónica Kupfer de Panamá. De igual manera, ofrecieron charlas varios artistas involucrados en proyectos colectivos o educativos como Lucy Argueta y Léster Rodríguez de EAT; Ernesto Bautista de The Fire Theory; Patricia Belli, directora de EspIRA/La ESPORA; Alexia Miranda de Catapulta; y Humberto Vélez de Visiting Minds, entre otros. Fue un encuentro productivo, a través del cual se multiplicaron los logros de la BAVIC 8 y los conocimientos que tenemos de los proyectos, publicaciones, espacios e investigaciones que se están llevando a cabo en nuestros países, y fuera de ellos, para promover el desarrollo del arte contemporáneo en la región centroamericana.
NOTAS
1. Juanita Bermúdez. “La Bienal de artes visuales nicaragüenses da un salto cualitativo.” Managua: El Nuevo Diario, 1 de octubre de 2011.
2. Samai Torres, “IV Bienal de Honduras: Arte que integra y propone”, Tegucigalpa: El Heraldo, 13 de septiembre de 2012.
3. “VIII BAVIC se celebrará en Panamá”, comunicado de prensa enviado por ArtNexus, 19 de diciembre de 2012.
MÓNICA KUPFER

