Cuatro exposiciones, cuatro posiciones y la misma voluntad de confusión en todas ellas. Hasta ahora he visitado y visto las tres primeras. La gran madre patria, España, y la gran madre putativa, los Estados Unidos, un sentimiento de culpa histórico ante la desesperación de ser reconocida: América Latina. Todos debemos estar contentos y satisfechos. Se ha pronunciado la palabra final: esta exposición es la perspectiva de fin de siglo , como titula Edward Sullivan su introducción en el catálogo, la que los franceses muy diplomáticamente eludieron publicar en el catálogo correspondiente a la muestra del Centro Pompidou, así como decidieron finalizar la muestra en 1968 para evitarse problemas. Sin embargo, no pudieron eludir los errores históricos y conceptuales que la muestra conlleva desde sus inicios. Los artistas que se quedaron afuera no existen. Seguro que ahora la referencia histórica del arte latinoamericano será esta exposición. Se debe tener presente que fue hecha por el primer mundo, el que sabe.
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Comentaré la de Sevilla. Después de todo, la mejor y más claramente instalada, histórica y conceptualmente, de las tres, siguiendo el criterio monográfico impuesto por el curador. Es evidente que ni esta muestra, ni el texto de Edward Sullivan, están dirigidos a especialistas, los que, después de todo, son los que comprenderían el apresuramiento y la arbitrariedad en la selección de los artistas. ¿Dónde estuvieron los asesores latinoamericanos que se nombran en el catálogo? El curador ha informado que está dirigida a hacer conocer mejor el arte latinoamericano al pueblo. ¿Qué pueblo? Es muy importante que se hagan exposiciones de arte latinoamericano en el mundo entero; es hora de que este sea considerado pieza de museo, pero no es aceptable que exposiciones como las que hasta ahora se han hecho contribuyan a aumentar la confusión general que existe en relación con la producción artística de los países de América Latina.
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El señor Waldo Rasmussen, funcionario del Museo de Arte Moderno de Nueva York, reparó la materia pendiente que tenía desde 1978, cuando escuchamos su interés en hacer una exposición de arte latinoamericano. Ya saldó su deuda afectivo-artística de treinta años con América Latina, cuando nos imaginamos que la conocía mejor.
A las primeras de cambio saltan varias preguntas. ¿Por qué arte latinoamericano? No se ha conocido ninguna situación en la que el arte latinoamericano haya sido promocionado o defendido por él, a pesar de los treinta años. Recordemos el caso de los "préstamos a largo plazo" de la colección latinoamericana del MoMA a otros museos, de la obra de Lam, La jungla en el pasillo que da al guardarropa o la de otros artistas en el pasillo del Museo fuera de las galerías de exposición. Fernando de Szyszlo ha protestado públicamente por todo esto. La suya ha sido una deuda perfectamente cobrada en una exposición que se presenta como Artistas latinoamericanos del siglo XX. Vayamos por partes. El primer error parte de España, que piensa en el MoMA y en Rasmussen para organizar una exposición latinoamericana comisionada por la Comisaría de la Ciudad de Sevilla para 1992. Saltan otras preguntas ya viejas, planteadas al ponerse de moda el oportunismo europeo y norteamericano de hacerse especialistas en arte latinoamericano debido al famoso "encuentro de culturas" de 1992. ¿Es que en Latinoamérica no existen museos ni especialistas capaces de organizar? Es lógico que cualquier curaduría implica una selección de acuerdo al criterio que se establezca en la concepción de la muestra. Pero se debe ser un poco modesto en su presentación, especialmente cuando no se domina el campo. Que no se piense que las reacciones contrarias son productos de complejos tercermundistas. Un análisis, incluso superficial, evidencia muchos errores. Primero, su columna vertebral, digamos el criterio conceptual, radica en especies de minimonografías sin conexión ni contexto, de artistas de México, Brasil, Argentina y algunos de los demás países que parecieran medio existir para el curador, como Venezuela, Colombia, Chile, Uruguay, Cuba, porque Centroamérica, ni Ecuador, ni Perú, ni Bolivia existen. La solución monográfica es lo más fácil y no permite percibir coherencia ni puntos de contacto o divergencia en el desarrollo del arte latinoamericano. Algo positivo es que el público general de Sevilla, de París y de Colonia ha tenido la oportunidad de conocerlos. Algo es algo. Segundo, existen ausencias lamentables. Ya mencionamos a Fernando de Szyszlo; para nombrar unos pocos, añadimos a Armando Morales, José Gamarra, Cárdenas, incluidos por el curador de la edición francesa. Toda selección implica exclusión, pero en ningún momento estas deben ser graves. Así podrían seguir enumerándose otras fallas, pero una de las graves es el poco honor histórico y artístico que se hace a una de las figuras clave en el arte latinoamericano como lo es José Luis Cuevas. ¿Cómo es posible que Cuevas esté representado por tres dibujitos de pequeño formato colocados en un solo marco (por cierto, de la colección permanente del Museo de Arte de las Américas de la OEA), que estuvo en todas las exposiciones colocado casi invisiblemente en un rincón de la sala (los otros curadores no tenían idea de quién era Cuevas)?
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Mientras que la nueva figuración argentina, especialmente Jorge de la Vega y el venezolano Jacobo Borges, sin cuestionar su importancia y merecimiento de estar así presentes en la muestra, estaba representada con varias telas inmensas. Una confusión es el caso de Soto y Le Parc. Hablando en términos plásticos, es Jesús Soto el artista que hace el mayor y más coherente aporte al arte cinético, y no Julio Le Parc como se plantea aquí. Y otra es que cuando el presentador del catálogo de Sevilla se refiere al Grupo Madí (mucha cantidad de obras revueltas entre buenas y malas; no se lograba percibir de qué se trataba; fue lo mismo en las tres versiones), olvida al protagonista principal de ese grupo, Gyula Kosice, y lo coloca como un artista secundario.
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La exposición llega hasta los ochenta, pero muchos países se quedan en los sesenta por obra y magia del curador. Como apuntamos, otros nunca han existido. En el caso de Venezuela, el arte se termina con las pinturas de Jacobo Borges de mediados de los sesenta. ¿Es que acaso el buen grupo de creadores que han aparecido en la escena artística del país en las dos últimas décadas no puede compararse con lo que se seleccionó de México, de Brasil o de Argentina? En fin, es muy difícil luchar con la ignorancia. Uno de los aspectos felices de la muestra es la presencia de Brasil. No hay discusión en que este país tiene la producción plástica contemporánea más importante de toda Latinoamérica. Se merece el lugar que el curador le asignó. Los artistas brasileños se han desprendido totalmente de la imagen estereotipada fantástica y exótica que se sigue manipulando como representativa del arte latinoamericano. Ellos han asumido la creación como un riesgo y un reto permanente. Su producción artística no es internacional, es universal. Por último, una referencia a la introducción de Sullivan. Este es un recuento histórico; cuando expresa una opinión crítica o analítica, es una cita tomada de textos escritos por los especialistas latinoamericanos. Pero lo que está realmente fuera de proporción es cuando escribe que espera que las ideas señaladas susciten la reacción y el desacuerdo por una parte, y por la otra que fomenten la discusión polémica que enriquecerá nuestra comprensión de esta materia, de una riqueza infinita e inagotable. ¿A qué ideas se refería? Esperamos con ansiedad la versión MoMA, Nueva York. Se ha informado que será diferente, que se han subsanado algunas fallas y ausencias. ¡Nos alegramos. ¡Por el público neoyorquino que tendrá su oportunidad y nosotros también!
BÉLGICA RODRÍGUEZ
Directora del Museo de la OEA en Washington D.C., USA. Presidenta honoraria de la AICA.
