La obra de Tomás Sánchez, un artista cubano que vive todavía en Cuba, comparte el espacio del Museo Cubano de Arte y Cultura con las obras de Andrés Puig, artista cubano exiliado en los Estados Unidos, en una de las más importantes exposiciones del área de Miami. Los problemas por los que atraviesa el Museo Cubano de Arte y Cultura han recibido gran publicidad durante los últimos años. Con esta exposición, el museo espera propiciar la causa de la “apertura mental artística” y crear un “puente simbólico” a través del arte. El resultado es una exposición que lo logra con increíble fuerza y contraste, reflejando en forma extraña los extremos de la situación sociopolítica que se ha esforzado por eludir. Dejando de lado los comentarios políticos, se trata de una importante oportunidad de ver la obra de dos artistas excepcionales, cada uno con estilos y técnicas muy diferentes.
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Tomás Sánchez pinta un paisaje cubano hiperrealista con la precisión de un técnico y el espíritu de un visionario. Siendo una persona profundamente religiosa, Sánchez confiere a su pintura una gran fuerza mística. Sus obras atraen al espectador hacia su exuberante vegetación y rinden silencioso homenaje a la naturaleza y sus recursos. En dos imágenes tituladas Orilla (1988 y 1991), el agua refleja las riberas de un entorno virgen, cubierto de flora y fauna tropicales, que se extiende hacia las distantes colinas y hacia el cielo. Hay una belleza primigenia en esta tierra, descrita con meticuloso detalle, que anhela ser preservada. No es de sorprender entonces que sus obras más recientes se ocupen de temas ecológicos, en especial de la horrible intrusión de pilas de basura en la belleza natural. ¿Quién más está indicado para ofrecer un comentario semejante que una persona respetuosamente panteísta y cómo habría de expresar tales sentimientos mejor que a través de esta pintura serena y etérea?
Andrés Puig no expresa el mundo del exilio de su esplendorosa tierra tropical con un anhelo nostálgico semejante. Sus pinturas están llenas de furia y de ira, articuladas en una técnica expresionista e insolente de recursos mixtos que busca el otro lado del paisaje cubano, aquel que ha sido destruido por la violencia y la represión humanas, representado por las fuerzas oscuras de los demonios en un tribal secreto. Cada pincelada es simbólica y ha sido ideada para evocar sentido dentro del oscuro caos de la tela.
El laberinto exige una cuidadosa atención para descifrar su complejo mensaje. Dentro de una red de líneas blancas, el Minotauro simboliza el peligro que amenaza a toda la humanidad. Los signos de violencia se revelan en el laberinto (dagas, cuernos, dientes, malvados ojos). Se trata de signos con una larga historia, pero especialmente reconocibles en el mundo de la santería, uno de los muchos cultos afrocristianos de Cuba. No hay espacio, orden ni solución al acertijo hasta que la bestia sea destruida.
Extrañamente complementarias entre sí a pesar de sus estilos opuestos, las obras de Tomás Sánchez y Andrés Puig ofrecen una ocasión para la especulación y la interpretación personal en medio de la fuerza del mensaje presentado y la habilidad del trabajo artístico.
* Traducido por Magdalena Holguín.
CAROL DAMIAN
