Exposición Individualjul 1993 - ago 1993· Por José Antonio Pérez Ruiz

Pablo Rubio

San Juan, Puerto Rico

Durante los meses recientes se han develado en San Juan, Puerto Rico, esculturas monumentales destinadas a enriquecer la calidad de la vida comunal y la de quienes visiten el país. Entre los artistas considerados para desarrollar ese programa se encuentra Pablo Rubio, quien se ha destacado por los trabajos en metal. Durante la década de los sesenta fue uno de los abanderados de la utilización de la chatarra como materia prima de aquella orientación creativa. Esa corriente constituía una vanguardia artística del reciclaje actual. El material predilecto del escultor es el acero inoxidable y el lenguaje estético que más frecuenta es la abstracción geométrica. Entre sus aportes sobresalientes de 1992 está el haber organizado el Primer Simposio de escultura, auspiciado por la Universidad de Puerto Rico, cuyo objetivo fue desarrollar una colección escultórica en el Jardín Botánico de la mencionada institución.

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Debe señalarse que la labor de Rubio es conocida internacionalmente, pues le han sido encomendados proyectos conmemorativos en diferentes países. Su contribución artística más reciente es una talla de 54 pies (16.36 metros) de altura, ubicada en el terminal de lanchas para transporte masivo en el sector sanjuanero de Hato Rey. La misma lleva el título de viento y se levanta majestuosamente sobre el nivel de las aguas de aquel atracadero. En el módulo superior se distingue una esfera móvil de dos pies (3.3 metros) de diámetro que es activada por el aire y que justifica el nombre asignado. Dicho círculo policromo posee colores alusivos al día y la noche y, al realizar desplazamientos continuos, también simboliza la vida que, de acuerdo con la leyenda bíblica, comenzó con un soplo.

Cuando nos aproximamos a las producciones de Rubio, nos percatamos de lo contemporáneo de su quehacer. La perfección de sus soldaduras se logra a través del uso de rayos láser. Rubio trabaja las superficies con gran precisión. Hace en ellas trazos de fuertes acentos lineales para intensificar las presencias simétricas de sus concepciones. En realidad, sus trabajos son el resultado de los medios tecnológicos provistos para nuestras realidades históricas. Probablemente su interés primordial consiste en retar el espacio con la intención de integrar la composición al ambiente y a las circunstancias de un lugar específico. En ese caso, el mejor ejemplo de acoplamiento a la naturaleza de un predio es su interpretación de La Pinta, la Niña y la Santa María, un conjunto escultórico instalado en el Parque Luis Muñoz Rivera en San Juan. Este se interna como una aguja en la atmósfera. Su altura máxima es de 50 pies (15,5 metros) y su principal característica es el movimiento provocado por la brisa e incluso puede ser accionado por los observadores.

Un hecho que ha intervenido en las realizaciones de Rubio durante los últimos años es el color como agente protagónico. Las primeras tallas en que utilizó la referida práctica son los Vegigantes (1991). Esa corriente pictórica asociada a las figuras comenzó como alusión al espíritu carnavelesco propio del área de Loíza Aldea al norte de Puerto Rico. En las referidas piezas se notaba una clara mención a los elementos afroantillanos propios de aquel enclave fuertemente influenciado por tradiciones negroides. Ahora apreciamos una notación cromática más atenuada, la diversidad de pigmentos origina estímulos ópticos, movilizando los sentidos. Al utilizar ese recurso, demuestra su destreza para establecer equivalentes plásticos a los puntos suspensivos.

Los monumentos efectuados por Pablo Rubio constituyen piezas cuya importancia deriva de su significación. Ambas realizaciones establecen pautas para el fomento de la escultura isleña. Los recursos utilizados para asegurar los desplazamientos los convierten en creaciones que escapan a lo usual.

JOSÉ ANTONIO PÉREZ 

Pablo Rubio, por José Antonio Pérez Ruiz | artnexus