La exposición Les Sorciers de la Forme presentada por Christine Frérot en el Convento des Cordeliers en París durante el mes de febrero del presente año reunió a siete pintores de Oaxaca con inspiraciones y universos diferentes. En lo que concierne al arte americano, esta presentación marca de manera importante el inicio del año.
En Europa falta imaginación creativa y se recurre a inventar a los pintores y artistas del mañana. Imaginándose un arte popular, regional, un arte con el cual se pueda crear una historia; por ello, Frérot va al encuentro de los artistas a Oaxaca, los agrupa llamándolos Escuela de Oaxaca y los lleva a ojos europeos, fortalecidos en sus conceptos lo que hasta ahora consideraban un arte artesanal, envuelto en magia, de cultos-primitivos, un arte sin concepto abstracto a un arte a la misma altura de los demás.
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La curadora quiere desarrollar un culto de la diferencia, especificando en su catálogo que los pintores elegidos son todos de origen indio y mestizo. Se equivoca. El artista no tiene fronteras; es universal. Las obras presentadas, aunque de calidad desigual, lo expresan claramente. Hegel escribía: "El arte informa al hombre sobre lo humano, despierta sentimientos adormecidos, nos pone en presencia de los verdaderos intereses del espíritu. ¿No es acaso Francisco Toledo el aliado privilegiado del filósofo?"
Se diría que el arte no puede al fin destacarse de las identidades demagógicas y dejar a cada pueblo al orgullo de lo que es sin acentuar falsos valores para ocuparse de la sustancia de las imágenes creadas por hombres sin raza ni religión. "Con la universalización de los intercambios tiende a establecerse entre las culturas un juego más o menos complejo de influencias recíprocas", afirma Laurent Danchin en el catálogo de presentación.
Los pintores expuestos, Alejandro Santiago, Sergio Hernández y Luis Zárate, encuentran una parte de su creatividad en las confluencias de lo místico y lo sagrado, pero igualmente la hallan en el hombre de Oaxaca o de París, evadiéndose naturalmente de este concepto regional en el que insiste la señora Frérot. "Estos trascienden y se expresan con todos los colores y las formas del universo; en él estamos todos inmersos". ¿Los autorretratos de Frida Kahlo no son acaso tan planetarios como los de Degas o de Freud? ¿No tiene la cruz la misma fuerza del alma en México, España o Vietnam?
Si el título de la exposición, Los hechiceros de la forma, nos quiere invitar a que tengamos la impresión de una iniciación cautivante de los secretos de la hechicería india a la manera de un Carlos Castañeda, Laura Hernández (la más primitivista), Maximinio Javier y Rodolfo Norales nos llevan más hacia un mundo fantástico, expresado por una argumentación figurativa en un cotidiano cruel, romántico o desesperado, muy cercano a la ilustración naif.
Los artistas de esta manifestación no forman propiamente un grupo, pero tienen afinidades comunes, en parte ligados por la misma cultura, particularmente en el desarrollo de un mundo de colores tropicales, alegóricos al entorno que comparten. Alejandro Santiago, de 27 años, sobremanejando materias preciosas de la naturaleza (fibras vegetales, cera de abejas, yagalán...), le da la textura al color. Zárate maneja con una técnica muy elaborada los colores de su infinita paleta con trazos cúbicos o geométricos creando una melodía.
Este evento permite a los franceses el descubrimiento de Francisco Toledo y su alquimia erótica, quien se constituye en el guía coreográfico de los pintores expuestos, aumentando así el respeto que ya se tiene por la obra pictórica del maestro oaxaqueño Rufino Tamayo.
JUAN PEÑA DE LA CRUZ
