Colectivajul 1993 - ago 1993· Por Darío Ruiz Gómez

Lo visto y lo no visto

Centro Colombo Americano

En un reciente film Joe Pesci hace de fotógrafo metido en los vericuetos de la ciudad. Una mezcla de Wegee y detective privado auscultando las trastiendas, los sótanos de la gran ciudad. Wegee ya había mostrado este tipo de visión urbana alrededor del suceso policíaco, del pequeño drama cotidiano. Y lo hizo —esa es su elección— de una manera poética, ya que su mirada se identificaba plenamente con los atropellados, con los perdedores. Caycedo logró entre nosotros la crónica de costumbres, la descripción de los espacios olvidados, de los personajes cuya discreción era una réplica de la cruda violencia de todos los días.

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¿Pero podemos hablar entre nosotros de una verdadera reportería gráfica? Pensemos en la azarosa falta de continuidad laboral de un fotógrafo en una publicación y nos daremos cuenta de que la vocación pronto se agota y la cámara se enfoca entonces hacia motivos más comerciales. Pero el suceso se escapa con toda su dimensión metafísica de zozobra física, de inestabilidad. En la fotografía de Thimoti Ross, donde dos hombres se pelean a cuchillo, se ilustra de manera contundente esa lacerante violencia del pobre bogotano, este tipo de desesperación para la cual la muerte viene a ser una bondadosa solución.

Y ahí está el instante cargado de toda su significación: ya están muertos, lo sabemos, pero gracias a la capacidad de captar el gesto humano en su instante de decisión, los cuchillos bajo la mirada repiten una y otra vez la ceremonia de muerte. Ross hace del claroscuro la medida existencial de estas situaciones, abandonando cualquier tentación antropológica o sociológica y ahondando en la interioridad de estos personajes a través de sus gestos límite. Aquí no hay conmiseración ni pornografía sociológica.

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Esta capacidad la tiene Aymer Álvarez, técnica apropiada y capacidad para saber distinguir la crónica de aquello que estéticamente supone el suceso de terror ante lo imprevisto, sensación de desamparo. Por esto es tan difícil la reportería gráfica y tan fácilmente caricaturesco lo que ella implica como punto de vista de lo urbano. No podríamos colocar en este apartado a fotógrafos como Robert Frank o Dyan Canon, en los cuales la toma necesita de mayor tiempo para buscar así lo que una pose supone como gestualidad que remite a otras gestualidades. La serie de fotografías sobre Lorenzo Jaramillo de Patricia Rincón es un documento patético del camino hacia la muerte de este artista.

Constituyen una medida del dolor y de la dignidad humana tal como lo sentimos en el Víctor Hugo muerto de Nadar, pero nada tienen que ver con la reportería que, al buscar la noticia, se encuentra con la dimensión del suceso.

Y el suceso es otra estética; volvámoslo a decir. ¿Por qué tenemos la sensación de un bajón en el nivel de la calidad de esta nueva muestra cuando el suceso en la vida cotidiana de nuestro país llega a ser tan apabullante y sobre todo decisorio en lo que se refiere al concepto de las imágenes definitorias? ¿Es un problema de empleo o una falta de capacidad visual para enfrentar estas secuencias y dotarlas de un significado?

DARÍO RUIZ

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