Exposiciónjul 1993 - ago 1993· Por María Elvira Iriarte

Fernando Botero

La Corrida

Al trabajo de Botero cabe adjudicar la misma observación que se hizo alguna vez respecto de la obra de García Márquez:"El tiempo es redondo, hay un eterno presente, congelado, el tiempo que gira sobre sí mismo".

Durante algo más de dos meses permaneció abierta para el público de Santafé de Bogotá la enorme exposición ya conocida mundialmente con el título de La corrida. La misma, y no la misma, que el artista ha venido mostrando desde hace al menos un lustro en París, Madrid y México. La misma, porque la totalidad de las obras expuestas se refiere al asunto de la corrida de toros y muchas obras ya habían sido exhibidas. Y no la misma, otra, porque la versión más reciente incluyó numerosos trabajos de los años 1991 y 1992, particularmente pintura de gran formato y dibujos.

[[IMAGE]]

Una exposición de Botero es hoy en día un acontecimiento, tanto cultural como social. No podía ser de otra manera en Bogotá, en donde el artista no presentaba una exposición individual importante desde hacía muchísimos años. Aparte de los homenajes personales de toda índole con los que se lo agasajó, más de cien mil personas desfilaron por las salas de la Casa Luis López de Mesa (uno de los museos del Banco de la República) para visitar la exposición. Al fin, mucha gente pudo acercarse al mito "Botero" para comprobar personalmente por qué este compatriota ha conquistado los más altos peldaños de la fama artística. Porque, ante todo, La Corrida es una lección de gran pintura.

[[IMAGE]]

Cinco enormes salas, tres para la pintura y dos para el dibujo, albergaron la exposición. Botero personalmente estableció un montaje totalmente convencional y desprovisto de sobresaltos. El muro, el espacio circundante, desaparecían, concentrando así toda la atención en los trabajos. Las salas tenían carácter museográfico, consagratorio, mucho más que de ámbitos para arte contemporáneo. Al trabajo de Botero cabe adjudicar la misma observación que se hizo alguna vez respecto de la obra de García Márquez: "el tiempo es redondo, hay un eterno presente, congelado, el tiempo que gira sobre sí mismo".

Si algo resulta extraño para el público no familiarizado con la obra boteriana, y familiarizado, en cambio, con las corridas de toros, por las que hay una viva afición en Santafé de Bogotá, es la absoluta quietud por la que opta el pintor al tratar este asunto. La pintura de Botero es estática, como ya dijimos, al margen del tiempo, por ende, del movimiento. Las formas monumentales, rotundas, se instalan per secula en un espacio petrificado y muchas veces claustrofóbico. La arena, la plaza, tiene el espacio de un tonel y las formas animales, toro o caballo, y humanas lo acaparan totalmente. No en vano se pueden invocar las figuras ecuestres de Velázquez, posando sobre sus caballitos que parecen de madera o cartón, o las batallas de Uccello, confesada admiración del artista colombiano.

Hay una geometría precisa que domina la composición. Un control total del espacio limitado al papel de caja o al receptáculo para las formas. Y un soberbio manejo del color, cada vez más sobrio, más mágico. Amén, naturalmente, del exquisito dominio técnico de los medios expresivos. Por La Corrida, valgan la pena un olé, dos orejas y vuelta al ruedo. Y el voto por una nueva temporada, al alcance del público nacional.

MARÍA ELVIRA IRIARTE