Exposición Individualjul 1993 - ago 1993· Por Bélgica Rodríguez

Diego Barboza

Galería Uno

Si se buscaran los antecedentes artísticos de la obra actual de Diego Barboza, artista venezolano, estos se encontrarían en la pintura que se crea y produce en Venezuela en los años sesenta. Hay que ubicar en esos años al artista muy joven que era Barboza para la época. Al que “militó” en el grupo El Pez Dorado y al que realizaba una figuración “desfigurada” con ciertas connotaciones críticas características del momento. Después de pasar por varias fases creativas en las que nunca abandonó la imagen figurativa, esta última exposición no es sino una consecuencia de un proceso coherente en el que el dibujo y el color han sido objeto de una exploración manierista llevando a extremos la línea del expresionismo.

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En la conformación de las imágenes que estructuran el campo pictórico, es evidente la habilidad del artista para crear ingeniosas e intrincadas marañas de formas que contienen simultáneamente sus propias proposiciones plásticas y su temática. De esa maraña emerge, visible y tangiblemente, una figura femenina que puede ser una maja con abanico, peineta y mantilla (imagen recurrente en Barboza) o un desnudo que, salvando sus distancias, trata de acercarse a la Olimpia de Manet con ramo de flores y misterio baudeleriano, o una cucharilla, un cuchillo o un plato dispuestos en una mesa junto a otros cachivaches que se confunden con los respaldos de las sillas. La perspectiva se ha trastocado completamente. El artista dispone los planos de una manera arbitraria contando con su capacidad de jugar con la línea y el color y ponerlos a su disposición en la configuración de un campo pictórico cargado de energía. Así cada imagen se convierte en continente y contenido. “La marea” que forma las líneas sinuosas y ondulantes proporciona una evidencia concluyente de la sensualidad con la que la pintura está cargada y de la expresión enigmática de un tema que ignora lo semántico para convertirse en reflexión de una realidad cotidiana en la que los objetos e imágenes se trasladan y crean situaciones como en los sueños. En la pintura de Barboza existe una imagen central que domina el campo. Las otras son fragmentos de ellas que pueden resultar irreales en el momento de analizarlas como parte del tema. De allí que la fascinación que ellas ejercen estando siempre en el primer plano radica en las interrogantes que plantean. Ellas son imágenes heráldicas que claman y a la vez expresan significados y símbolos eternos para el espectador (un abanico, una figura femenina con abanico, peineta y mantilla mirando desafiante, de pie o sentada, un desnudo impúdico y semigrotesco pero atractivo, un cuchillo, una cucharilla, compuesta a la manera de una naturaleza muerta desordenada). Barboza reflexiona sobre los elementos plásticos tradicionales creando una gramática a partir de un repertorio de línea, forma y color que resuelve en el primer plano y ordena siguiendo una perspectiva absolutamente arbitraria. Su neomanierismo está relacionado con la forma. Esta es ondulante, curva, parece saltar fuera de la tela y sujetarse al espectador gracias a las volutas y circunvalaciones que en movimiento figurado realiza sobre la tela.

BÉLGICA RODRÍGUEZ

Diego Barboza, por Bélgica Rodríguez | artnexus