Monografíajul 1993 - ago 1993· Por Ana María Escallón

Delia Cugat

La atmósfera de la condición humana

El mundo de la artista resulta “apacible”; pinta una inquietante historia imaginaria donde la agresividad no existe porque todo sucede en la sobriedad del tiempo pretérito.La figuración de Cugat demuestra con ricas tonalidades cálidas las posibilidades constructivas de su historia.

Delia Cugat es una artista argentina que tiene dentro de sí el mundo de la cotidianidad solitaria de Edward Hopper, la reflexión pictórica de Balthus, la idea cubista de la composición de Jacques Villon... Tiene adentro un mundo significativo propio y su trabajo ya cumplió las condiciones necesarias para que con certeza podamos ubicarla en el mismo orden de los grandes latinoamericanos. Ella es una pintora que atravesó una etapa gráfica fundamental con la agrupación Grabas y ahora, día a día, se reafirma como una pintora que abre puertas a esa compleja figuración del continente. Es como un José Luis Cuevas o un Armando Morales, una creadora de imágenes contundentes. Las de ella son densas y mantienen la fortaleza de una propuesta intimista. Su pintura deja que salga, sin que sea feminista, la delicadeza de una historia interna cargada de experiencias existenciales y al mismo tiempo aparece la reafirmación de una línea coherente que le otorga prerrogativas a la sensibilidad de la materia y que se afianza en la racionalidad del orden del color.

El mundo de la artista resulta "apacible"; pinta una inquietante historia imaginaria donde la agresividad no existe porque todo sucede en la sobriedad del tiempo pretérito. En sus cuadros aparecen historias sin narración explícita que van llenando los espacios "teatrales" con figuras, paisajes, objetos, toldos de rayas, elementos estructurales que, mediante una geometría sensible, arman una apacible unidad. En la medida en que la memoria es la historia de los hombres, la figuración ha sido un eje en su trabajo. En su pintura habita un ser que en silencio vive la soledad de las circunstancias, que acoge y acumula experiencias para no olvidar que hay un tiempo recorrido.

Podemos decir que se trata de una presentación teatral porque fue escenógrafa en una etapa de su vida y continúa manteniendo una especial pasión por esos lugares donde la vida se representa, donde los acontecimientos también tienen la posibilidad de ser hasta un recuento imaginario.

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La aventura de la ambigüedad se emprende bajo el supuesto de la ficción sin omitir la aparente realidad. Los espacios arbitrarios dependen de una estructura interna sólida donde cabe la idea de un escenario, pero también está la ilusión visual desarticulada donde las verdades son de cartón. En este caso importa la verdad de las cosas, las diga un hombre con una máscara o un artista pintando.

La verdad que siempre miente en su permanente relatividad, pero ella es la que dictamina cada circunstancia. Por eso se trata de una pintura que va más allá de cualquier pretensión exitosa; el compromiso, más profundo, es con ella misma. El reto es una mirada diferente de una realidad apremiante.

Importa en su arte la figura como eje de la estructura, después aparecen otros territorios. Por ejemplo, el paisaje urbano es el entorno y también están presentes espacios interiores que son parte de una representación de la intimidad. Las dos posibilidades simultáneas son compatibles en su lenguaje.

Por otro lado, Delia Cugat pinta la atmósfera de la "condición humana sin teorizarla", pinta lo que en su interior siente como inaplazable. Y de allí que todo, en cada cuadro, sean afirmaciones sutiles donde la máxima atención exige un minucioso disimulo.

El mundo de Cugat es uno: ella misma. La pintura, como la vida, es un mapa de imprecisiones que se aclaran en la medida en que se avanza por el túnel oscuro de la creación. La vida es un interrogante constante donde se duda para que la certidumbre no tranquilice y para que exista siempre la desconfianza de cada verdad. La incredulidad en el apacible conformismo del ser humano es una constante y aparecen las preguntas que abren un abismo y dejan la condescendencia a la deriva de sus propias circunstancias. Así pinta, construye su mundo, retoma la versión existencialista que se acoge a la superficie y al mismo tiempo la atraviesa en una caótica profundidad de espacios ambiguos.

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Todo se agota en esa constante incredulidad; por eso tiene a la ironía como un arma inteligente que hasta la defiende de sí misma. En su estudio en París acontecen todas las vivencias, salen para dar vueltas en un clima denso y para que el color plasme lo que el alma siente. Pinta para vivir, descubrir la coherencia interna y avanzar en el laberinto insondable de una creación sensible.

Como su pintura tiene tiempo definido, todo se desliza por los territorios de la memoria; esa que a veces es mejor no tenerla en cuenta porque ignorándola es posible continuar en la azarosa realidad de la vida humana. Pero ella está entre el clima de la nostalgia y la fuerza de lo que, por suerte, se ha vivido. El presente es demasiado contundente y, en verdad, este existe sólo cuando se convierte en un pasado irrevocable.

Se trata de ritos, de retratos, de enigmas. La libertad la inventa todos los días, se parte de cero para llegar a todas partes. El lenguaje fluye, las formas aparecen siempre marcadas por una geometría que se encarga de hacer compacto el universo. Las cosas suceden con la arbitrariedad y la crispación de la tranquilidad vacía. Ella pinta la ecuanimidad de aquel que renuncia a las esperanzas.

La pintura es la única manera de conformarse con la realidad permanente y por eso pone, al contrario del surrealismo, la imaginación al servicio de la realidad. Y es una imaginación llena de pequeñas cosas donde cabe el sentido de la cotidianidad, la que también ha sido construida por las necesidades pictóricas, por el clima de todos los tonos azules que dan profundidad, el rojo que se queda en la superficie o los blancos que detienen el reflejo de una luz focal. También presenta una composición compleja llena de líneas diagonales que cortan los territorios, de ángulos rectos que se esparcen, de distancias que se insinúan discretamente.

Se trata de personajes silenciosos, autónomos, de soledades cruzadas. La interioridad de esas figuras tan ausentes la refleja el carácter exterior de sus gestos. No hay expresividad, sólo movimiento, no hay intensidad en los contrastes. Fuera de ese clima de nostalgia, es importante el mundo sordo. A todo ese mundo lo invade un taciturno silencio porque la comunicación no existe. Allí radica el núcleo: la soledad y el silencio sin renuncia, porque de todas formas la fuerza de vida importa.

Sus trabajos salen de premisas concretas. En el camino se encuentran los riesgos de una aventura creativa donde se trata de transgredir los límites hasta llegar a una presencia única: la presencia de la ausencia.

La figuración de Cugat demuestra con ricas tonalidades cálidas las posibilidades constructivas de su historia. Los personajes no son tan literarios; son paseantes simbólicos que llevan por dentro una dinámica lenta. No hay prisa donde no existe el destino definido. No hay urgencia porque se asume la esperanza con la desesperanza. Ese mundo apacible es escenario, es espejo de la vida.

Otro elemento significativo en su obra es la búsqueda de la luz, una luz ambigua que se plantea entre los paisajes externos y los internos. Se trata de sombras grandes que dan la idea de que el sol comienza a salir o termina en el horizonte. Son sombras largas que ocupan un lugar, que acentúan un clima que se desenvuelve en todas las gamas de azules. Ella, ante todo, es la pintora.

La figuración de Cugat demuestra con ricas tonalidades cálidas las posibilidades constructivas de su historia. Los personajes no son tan literarios; son paseantes simbólicos que llevan por dentro una dinámica lenta; no hay prisa donde no existe el destino definido. No hay urgencia porque se asume la esperanza con la desesperanza. Ese mundo apacible es escenario, es espejo de la vida.

Otro elemento significativo en su obra es la búsqueda de la luz, una luz ambigua que se plantea entre los paisajes externos y los internos. Se trata de sombras grandes que dan la idea de que el sol comienza a salir o termina en el horizonte. Son sombras largas que ocupan un lugar, que acentúan un clima que se desenvuelve en todas las gamas de azules. Ella, ante todo, es la pintora del azul. La luz es ambivalente porque es una escenografía donde la realidad es otra. La luz aclara espacios que la composición necesita, es una ventana que se abre para que el aire con viento circule. Cuando vemos uno de sus cuadros, nos damos cuenta de cuánto le gusta pintar. Es pintura pintura, materia densa, cargada de capas que se acumulan para que la superficie quede como una situación pictórica que ha atravesado muchos estadios de reflexión y muchas posibilidades cromáticas. Esa superficie armada también propone un clima denso donde se acumulan experiencias y pintura. Y al mismo tiempo que existe esa reafirmación tan contundente por la pintura, hay una presencia ineludible del dibujo en la línea, que es un elemento contradictorio y le sirve también como argumento ambiguo; porque allí, en esa afirmación recta, existe casi siempre un vacío de color. Esa es la línea que lleva al encuentro de la forma y al desencuentro con la realidad como referente próximo. Las líneas intermitentes son elementos constructores de formas y de espacios y al mismo tiempo son disociadoras y hacen que la estructura del cuadro tenga una mayor complejidad.

El color y la geometría van formando ritmos que por un lado crean una muy significativa tensión, pero al mismo tiempo y cuando ella logra dominar y calmar todos esos presupuestos es cuando alcanzan esa "serenidad" aparente, que es vital en su mundo de imágenes solitarias.

ANA MARÍA ESCALLÓN

Crítica de arte colombiana. Master en Historia, Georgetown University. Especialización en Arte, Princeton University.

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