No siempre lo específicamente escultórico está ligado a los materiales. Por el contrario, el material suele ser poco más que un medio más o menos lúcido, que asume la forma, que es donde radica lo particularmente escultórico; hay escultores, incluso, que ignoran a tal punto las características visuales del material que utilizan que llegan hasta a cubrirlo con pintura como un automóvil. Están en su perfecto derecho.
El caso que hoy nos ocupa es precisamente el opuesto, el de dos escultores que manejan magistralmente la relación entre materia y forma; de tal manera que las dos se necesiten mutuamente para conservar el carácter de la obra. Difícilmente pueden encontrarse dos propuestas tan armónicas en su conceptualidad y, sin embargo, completamente diferentes en sus resultados; las dos son el producto de un oficio especialmente virtuoso realizado con amor y paciencia; las dos son obras sutiles cargadas de humor fino y sofisticadísimo; las dos obras son muy bellas en la acepción tradicional del término.
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Consuelo Gómez gira en torno a la idea siempre mágica, siempre misteriosa, siempre femenina del círculo, círculo que se apodera del espacio como jugando; al fin y al cabo, los círculos del espacio son esferas y las esferas son ante todo pelotas y las pelotas son el juguete por excelencia, también el agua es un juguete primigenio y aunque no hay agua presente en las obras de Consuelo Gómez, sí está allí metafóricamente en algunas piezas como una formada por círculos concéntricos que crecen alrededor de un núcleo de vidrio esmerilado, como crecen las ondas del agua alrededor del lugar donde una piedra cae rompiendo la tranquilidad de un lago silencioso. Hay en el trabajo de la escultora bogotana algo que hipnotiza, la mirada sigue embelesada una ruta trazada en el espacio, en el espacio vacío por cilindros ágiles que se retuercen volando, o en volúmenes llenos por materiales diferentes que juegan los unos con los otros anudándose mutua mente sin alejarse jamás de un rigor geométrico del cual la artista difícilmente se aparta, como Imponiéndose a sí misma la necesidad de encontrar formas perfectas, regidas por una lógica inexorable. Es allí donde más sorprende su trabajo porque tales formas escrupulosamente geométricas jamás resultan frías o distantes. Por el contrario, aparecen cálidas, amables, lúdicas, como la madera o el metal fundido que las ha adoptado.
Hugo Zapata, por el contrario, ha utilizado esta vez materiales pesadísimos: hierro, piedra y agua, materiales muy minerales, su juego está en hacerlos aparecer orgánicos, no bien vegetales, no bien animales, algo intermedio, algo vivo, pero nunca hace presentaciones, mimesis o narraciones. Hay, sin embargo, un tema; podríamos llamarlo el de los cuencos: hay en todas ellas alguna suerte de concavidad, concavidad que recoge, que aloja, que guarda, en unos casos, agua, como los pequeños charcos que se forman en las rocas, alimentados por las lluvias o por las olas del mar en los acantilados, también como el agua que guardan de la lluvia las hojas o pétalos de algunas plantas. Él las llama pilas y lo son pero parecen los más grandes tulipanes que guardan celosos su más preciado tesoro en lo más alto, en lo más elevado, donde sólo sirva para ser utilizado, para bañarse, por las aves del cielo; en otros casos el cuenco aloja una carga, polvo azul, como en las canoas en que se saca arena de nuestros ríos, el agua ahora ha quedado por fuera pero Zapata la ha omitido, porque aunque quisiera, o quizá porque quiere, sus naves jamás podrían flotar.
MARÍA CLARA MARTÍNEZ
