Exposición Individualjul 1993 - ago 1993· Por María Teresa Guerrero

Catalina Mejía

Galería Garcés Velásquez

Durante el mes de marzo de 1993, Catalina Mejía presentó al público sus obras más recientes, ejecutadas después de la obtención de uno de los tres premios en el XXXIV Salón Nacional de Artistas Colombianos. El reconocimiento adquirido en este Salón la coloca en la categoría de artista joven, estimulando su trabajo con una marcada intención donde entra más en juego el pronóstico de un gran artista que el reconocimiento de una trayectoria.

Desde 1991 la artista venía conciliando dos lenguajes connaturales en el individuo: el abstracto y el figurativo. El pensamiento abstracto conceptual, como las concreciones sensoriales, se convierte en la necesidad de darle coherencia y es entonces cuando emana una respuesta urbana. Esta muestra podría llamarse paisaje urbano, compuesto más que retazos, códigos que evocan imágenes referenciales del hombre y su vida urbana. Son fragmentos, más que la configuración de una visión panorámica y única. Los códigos a los que ha llegado, basados en la apropiación de muy variados medios de comunicación, enriquecen la presencia del hombre citadino. En el permanente ir y venir aparece la atmósfera de ciudad cargada que nos motiva más a descubrir, a mirar, a leer, a sentirnos untados de una multiplicidad. Las sucesivas capas pictóricas manejadas por signos nos hacen sumergirnos en la inmensidad de la obra, planteándonos el reto de descubrir nuestro mundo, omitiendo referencias encargadas de lo obvio, para convertir la obra en un permanente misterio.

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Además de quebrar la tradición de una lectura ordenada, también quebranta la estructura del formato externo. El problema la lleva a un cuestionamiento conceptual de transmisión de imagen fragmentada y presentada por retazos que conducen a un soporte conjugado por bastidores ordenados compositivamente para enfatizar el contenido de los códigos urbanos.

En Ojo errante, el espectador recibe el dictamen de la huella circular. La composición del soporte es armada modularmente, superponiendo los bastidores para continuar el mensaje predominante. 

En Entrelineas y rastros, obras basadas en los rasgos caligráficos, armadas por pedazos de papel y de letras, sin formar oraciones, el elemento gráfico busca interesar al espectador en descubrir los mensajes de la vida citadina. Por más deseo de emprender la lógica, la necesidad artística predomina y el mundo pictórico es el protagonista. Trata los temas bajo una consigna común, los tonos oscilantes entre dos extremos, el blanco y el negro. La gama de grises es infinita, logrando con ello una atmósfera coherente e intensa.

El tiempo que maneja está basado en el instante. La suma de esos instantes hace que la realidad mantenga viva una presencia activa. Permite el aislamiento dentro de una atmósfera a la vez fragmentada y compuesta de instantes solitarios y hace que la soledad sea la conciencia de la obra.

En Evidencia se comparte otro término y es el concepto filosófico de duración, de permanencia. Es el llamado a permitir la transmisión, como el reconocimiento en un solo código: la huella dactilar. Aquí están pasado, presente y futuro; mientras en las otras obras el sentido del tiempo está ligado al acto en sí, a la instantaneidad.

Lo sensorial en la obra de Catalina Mejía se evidencia creando acciones discontinuas con las que busca intensamente la atención del público, que a la vez parte de la experiencia del instante. La razón de la visión panorámica o la duración narrativa no tiene cabida. Precisa colocar la vida, trabajarla para armarla de nuevo con códigos surgidos de recuerdos discontinuos y yuxtapuestos, cada uno sobre la base solitaria de que sólo los une el individuo.

MARÍA TERESA GUERRERO

Catalina Mejía, por María Teresa Guerrero | artnexus