Exposiciónjul 1993 - ago 1993· Por Natalia Gutiérrez

Cambio de Foco

La muestra resultó clave para ver una cara de Latinoamérica, y como forma y contenido son inseparables, se convirtió en un espacio visual más generoso y abierto a toda clase de inquietudes.El propósito de estas exposiciones, aprovechando la conmemoración del V centenario de la llegada de los españoles, no es definir qué es América, sino estar frente a ella y verla y asumirla tal como es.

La fotografía es un espacio visual generoso. Sobre todo comparada con propuestas artísticas cada vez más "autistas", en las cuales se manejan interminables códigos personales, que, en algunos casos, son lo suficientemente seductores como para que valga la pena descifrarlos, pero en otros resultan totalmente indiferentes.

Por el contrario, para la fotografía la realidad es ineludible, y aunque el fotógrafo diga qué y cómo mirarla, está ahí, y como diría Susan Sontag, es una inagotable invitación a la imaginación del espectador para que participe de ella en su tiempo y espacio.

Por esta razón, en el marco de las exposiciones tituladas Ante América, realizadas por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, Cambio de foco resultó clave para ver una cara de Latinoamérica; y como forma y contenido son inseparables, la muestra se convirtió en un espacio visual más generoso y abierto a toda clase de inquietudes. Sin forzar la idea de identidad, y sin caer en los estereotipos tan comunes como los altares, veladoras y mazorcas, la realidad que mostraron los fotógrafos invitados era lo suficientemente heterogénea y vital como para producir el placer de reconocerse en ella, encontrarse o extrañarse.

Dos fotógrafos sobresalieron en la muestra. El dominicano Martín López, por trabajar precisamente con la diversidad y complejidad de nuestros países, y el argentino Leandro Katz, al volver a mirar obsesivamente construcciones que hacen parte de un patrimonio común, aunque todavía no podamos descifrarlas o encontrarles un significado en el presente.

En Latinoamérica la diversidad es evidente en la calle. Martín López, en su obra Ser dominicano, registra la calle a través de instantáneas, copiadas en una sola tira, sin cortes, en formato postal, para que el espectador las recorra como una secuencia cinematográfica.

Con una cámara convencional observa los hechos cotidianos sin separarlos en importantes o intranscendentes, monumentales o pequeños. La calle se recorre no sin sobresaltos, porque hay imágenes absurdas y divertidas que obligan a dar unos pasos atrás y volver a mirar. Pero, poco a poco, estas secuencias se proyectan interiormente en la memoria, y el espectador se reconoce en ellas y acaba recorriendo cualquier calle con las instantáneas de su propio país.

Leandro Katz conserva la curiosidad y la sorpresa por el objeto que está frente a su cámara, convirtiéndolo en fascinante, y el apropiarse de él en una obsesión; es una actitud que comparte con los viajeros del siglo XIX, quienes se lamentan en sus escritos, por las deficiencias de los medios a su alcance, para representar las maravillas que aparecen ante sus ojos. Máxime du Camp, por ejemplo, después de recorrer Egipto en 1850, encuentra el dibujo lento e impreciso y piensa en la cámara como la única esperanza para lograr la exactitud.

Katz, no sin cierta ironía, hace su propia revisión crítica de la representación, enfrentando en la misma imagen los grabados minuciosos de las construcciones mayas realizados por Frederick Cathewood en el siglo XIX y la fotografía actual, diferentes en su tratamiento y definición, pero igualmente sorprendidos por lo que ven.

Pero el aporte de su trabajo es que al fotografiar de nuevo estos monumentos, Leandro Katz toma una decisión a favor de la permanencia. Los señores de Copán y las ruinas de Uxmal siguen enviando mensajes silenciosos a través de su forma y ritmos, que ya hemos aprendido a distinguir en las fotografías, en los grabados o en la obra de Torres-García, como las nuestras.

En toda la muestra de fotografía el transcurso del tiempo es el tema por excelencia. En esta oportunidad se destacó la artista cubana Consuelo Castañeda, porque lo vive al romper con la convención de que la persona que interviene no puede registrar y la persona que registra no puede intervenir. Una historia en 70 páginas es una manera de participar de la mutabilidad y mortalidad de un cuerpo envejecido, pero como es el de su propia madre, viola la inocencia y seguridad de la mujer detrás de la cámara. Es muy conmovedor que ella cambie su protagonismo en la imagen, por la presencia fuera de ella, para preguntarse no quién soy, sino qué soy: un cuerpo que registra también el paso del tiempo.

Gory, cubano, un poco más convencional y nostálgico en el manejo del tiempo, acepta estar rodeado irremediablemente por objetos que hicieron parte de una historia en el pasado, pero que hoy son sólo Ausencias. Con la pasión de un coleccionista, los reúne de nuevo, para que en la relación de uno con otro vuelvan a vivir en el presente, que es, paradójicamente, sólo otra dimensión del pasado.

En las fotografías del puertorriqueño Néstor Millán se reconoce el conocimiento que tiene de los grandes fotógrafos norteamericanos; con toda naturalidad maneja el encuadre y los tonos, para mostrar un existencialismo un poco sin salida, y por esto su trabajo se reconoce como una necesidad vital.

En la fotografía no sólo el tiempo puede cambiar las convenciones, sino el espacio. La mexicana Graciela Iturbide logra expresar a través del encuadre que Los ritos de la fiesta y de la muerte coinciden al mismo tiempo en diferentes espacios; así, la cámara puede seleccionar las vivencias de otra manera, dando una información tal vez más veraz del mundo que nos rodea.

En la exposición un grupo de fotografías era seductor en sí mismo. El ejemplo más perturbador es la obra del colombiano Miguel Ángel Rojas. La seducción es la puesta en escena de una aparición-desaparición, dice Roland Barthes,y este es el caso: todas las imágenes que se relacionan con su propia identidad sexual, cultural y sus preocupaciones por la situación del país están bañadas por los químicos fotográficos, dejando ciertas zonas por donde podemos asomarnos a su vida, pero no totalmente, porque es un proceso que le pertenece sólo a sí mismo.

Es seductora la otra piel que hace visible el brasileño Mario Cravo Neto, en sus fotografías sin grano, reforzando la idea de que no es una representación, sino que es real esa metamorfosis del cuerpo humano en grupos que tienen otra visión del mundo.

Asimismo, Gerardo Suter, desde México, enfoca rituales vivos, pero no con discursos o panfletos, sino a través de imágenes vivas también.

El propósito de estas exposiciones, aprovechando la conmemoración del V centenario de la llegada de los españoles, no es definir qué es América, sino estar frente a ella y verla y asumirla tal como es.

*Fotos cortesía de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá.

NATALIA GUTIÉRREZ

Profesora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional de Colombia.

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