Becky Mayer recoge en esta exposición un sentimiento que en Colombia está en el aire: creer que de la violencia pueden resurgir momentos tan bellos que merecen ser guardados en unos nuevos daguerrotipos como para que no se volatilicen. Estas pequeñas imágenes en blanco y negro encuentran su color por accidente, también como los antiguos, estabilizando el soporte con cloruro de plata, dándole calor a momentos eróticos donde se siente la fuerza que atrae,combina y confunde las formas y los cuerpos. Pero no todas sus propuestas son igualmente sabias.
Hay artistas que se dan el lujo de reflexionar sobre la muerte y Becky Mayer se ha obsesionado con ella. Está ejerciendo un derecho, negado por nuestra cultura, ya que la muerte es de todos y cada uno la percibe según su óptica, pero en esta oportunidad presenta obras que hablan de diferentes maneras sobre ella; algunas son conmovedoras, pero otras definitivamente innecesarias.
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La muerte identificada con los muertos, con rostros en una galería de retratos de un anfiteatro privado, o escondida detrás de una sábana tendida en el piso, como un túmulo funerario para una serpiente ritual, en su caso, por su tratamiento, resulta morbosa. Estas obras pretenden causar un efecto, como para escapar del tedio, recurriendo incluso al uso del espacio sin una solución muy clara, casi desesperada.
Es una lástima que artistas con una trayectoria reflexiva seria dentro de un medio, de pronto se lancen a usar el espacio, una de las variables más complejas y con la cual es difícil improvisar.
Pero la muerte, cuando se reconoce en un objeto, en una superficie modificada casi sin querer por el efecto de la fotografía, que en el fondo es tiempo, conmueve e invita a la reflexión. En los marcos daguerrotipo a los que me refería al comienzo, que comparten con la muerte su vulnerabilidad, su renacimiento, todos sus interrogantes, Becky Mayer se vuelve a reconocer como la fotógrafa, con una visión compleja y un tema que la obsesiona, pero que puede modificar y hasta embellecer con los recursos de un medio que conoce profundamente.
Las imágenes sobre la muerte, frente a las cuales vale la pena detenerse y mirar, no espantarse y huir, son características de los grandes artistas; se puede pensar en Andy Warhol, Francis Bacon, Beatriz González, Luis Caballero, la lista es interminable, entre otras razones porque se ve enriquecida por el lenguaje, por los códigos creados por cada uno de ellos para entender el mundo, sin concesiones banales con la moda; imágenes sinceras, que en el fondo se refieren a la propia muerte, convirtiéndose así en obras absolutamente necesarias. Es como si la muerte se pudiera tratar de todas las maneras posibles, menos detrás de un disfraz que no sea original.
¿Por qué entonces no continuar una reflexión inteligente ya iniciada? ¿Por qué hacer imágenes conmovedoras e innecesarias a la vez sobre la muerte y para que convivan en el mismo espacio? Son preguntas para las que se deben encontrar respuestas, porque el arte en este campo tiene una contribución que hacer, y es entender que el hombre, como dice el antropólogo Louis Vincent Thomas, si conoce mejor la muerte, no se desvelará más por huir de ella u ocultarla. Apreciará mejor la vida, la respetará, antes que nada, en los otros.
NATALIA GUTIÉRREZ
