La obra de Amalia Mesa-Bains se inscribe dentro del discurso contemporáneo de la autorrepresentación. Su más reciente muestra, Venus Envy (or the First Holy Communion Before the End), expande su constante preocupación por recuperar y preservar la memoria colectiva, tarea que tradicionalmente ha recaído en la mujer como preservadora de narrativas familiares y comunitarias. Pero la obra de Mesa-Bains no se limita a contar una historia, su historia; ésta es sólo parte de una experiencia compartida por miles de mujeres latinas que, como ella, enfrentan diariamente las continuas contradicciones implícitas en el encuentro modernidad-tradición. En este sentido, su narrativa visual busca establecer el diálogo, que es la única forma de comunicación (la misma raíz de la palabra así lo indica, pues nos comunicamos cuando compartimos algo en común) entre su experiencia personal y la experiencia social religiosa que tan fuerte arraigo tiene, especialmente en los países latinoamericanos. Fundamentada en el diálogo, su obra elabora, recrea, pero también deconstruye iconos, textos, conceptos y recuerdos a través de la memoria en permanente interacción con la realidad actual. De esta forma, la artista asume la responsabilidad de autorrepresentarse y expresar libremente una subjetividad enraizada en la historia de su comunidad chicana, tarea que responde contestatariamente a las concepciones simplistas impuestas por la cultura hegemónica. Visitar su más reciente instalación es penetrar un lugar sagrado, no solamente porque el tema de la misma sea la Primera Comunión, sino porque instantáneamente accedemos a un mundo interno en donde la sensibilidad de la artista evoca los íntimos y ambiguos sentimientos de una amplia comunidad femenina confrontada, desde temprana edad, con el misticismo religioso.
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La muestra es una elaborada presentación de minuciosos detalles que exploran diversos elementos participativos en el proceso subjetivo de recordar y contar. Fotos, estampas, flores, velas, espejos, “recuerditos”, cada uno de los objetos presentes ocupa un lugar específico dentro de la narración. A través de ellos y del texto escrito en las paredes, Mesa-Bains yuxtapone las diferentes instancias femeninas involucradas dentro de la comunión, pero también dentro del matrimonio y la religión en general. De esta forma, virgen, monja y novia quedan inextricablemente unidas por medio de lo que la organizadora de la muestra, Thelma Golden, acertadamente definió como "relaciones compartidas con nociones de inocencia, culpabilidad; amor espiritual y sexual, y el cuerpo". En efecto, la tradición que describe a la Virgen María como Sponsa Dei y como novia de Cristo y que se refiere a los placeres y el goce del amor a Dios en términos evidentemente eróticos, tiene su arraigo en antiguos sumarios de doctrina ortodoxa y poesía religiosa. Mesa-Bains retoma esas confusas nociones que desde pequeñas nos disponemos a asimilar y que en la infancia encuentran su punto culminante en la Primera Comunión, momento en el cual nos es permitido compartir el cuerpo de Cristo. La complejidad de la obra trasciende los propósitos inmediatos de reactivar la subjetividad, explorar constructos culturales, asumir identidad y enaltecer los sistemas de valores de la comunidad por medio de una simbología compartida para reflexionar en torno a toda una política del cuerpo íntimamente relacionada con la religión y las autopercepciones de placer, los valores morales y las obligaciones sociales de la mujer receptora de una educación cristiana.
En la obra de Mesa-Bains todo apunta a una relación intrínseca entre arte y vida. La vena sincrética latina no se descubre solamente en una constante superposición de imágenes y palabras diversas (cristianas, populares, modernas, personales) sino también en el proceso de abstracción mental, en donde rito y arte ignoran los límites externos para fusionar en la obra la experiencia diaria, la cultura común y la vida espiritual. Mesa-Bains reclama así el derecho a la autodefinición, a la autorrepresentación y a la exploración de una identidad cambiante, abierta, dinámica, en constante intercambio y negociación con sus alrededores. Una identidad que comparte creencias, memorias, historias, valores, patrones y tradiciones colectivas, pero que se conforma individualmente a través de la experiencia sensible. Es precisamente este enriquecedor diálogo entre el yo y su entorno, el que despliega una política concientizadora que promueve el desarrollo de un vocabulario propio que permita el control sobre nuestras producciones culturales. El resultado es el reconocimiento y la valoración de una cultura múltiple, abierta, diversa que clama el respeto de los que controlaban el discurso simbólico contemporáneo y que por comunidad y convivencia se refieren al otro con base en esquemas y patrones reductivos. A este nivel, la obra de Mesa-Bains asume un carácter contestatario, en pro de su historia, su comunidad, sus compañeras. El imaginativo, vital y metafórico lenguaje de sus instalaciones se genera precisamente en una constante exploración, evaluación y deconstrucción de ideas y conceptos externos e internos a la subjetividad del artista. Desde cualquier punto de vista, la obra de Mesa-Bains se fundamenta en un profundo deseo de comunicar (de compartir algo en común): con su cultura, con sus compañeras de la Primera Comunión (quienes a su vez entran en comunicación íntima con Dios a través del cuerpo de Cristo), con su pasado y toda una tradición de altares que invocan a través de la mediación del diálogo “celestial”.
Pero más allá de recrear el recuerdo y activar la memoria de los suyos, Mesa-Bains establece el diálogo con su tiempo, un tiempo que reclama revaluación, comunicación entre culturas, entre verdaderos interlocutores en igualdad de condiciones.
MÓNICA AMOR
