Exposición Individualjun 2013 - ago 2013· Por Christine Frèrot

Sergio Vega

Galerie Karsten Greve

Intitulada 14 juillet, le manifeste du coq flâneur et autres histoires… (14 de julio, el manifiesto del gallo paseador y otras historias…), la segunda exposición del argentino Sergio Vega (1959) se inscribe, después de la de 2009, en un proyecto que el fotógrafo desarrolla desde 1995 en torno a la noción de Paraíso en el Nuevo Mundo. Esta vez, han desaparecido los objetos y los textos del artista; puntuados con fotografías, se convierten en el hilo conductor de su viaje-paseo en el Mato Grosso brasileño. El título enigmático, pero connotado, hace referencia a la historia de Francia y a su emblema, el gallo. Podríamos entonces preguntarnos cuál es el vínculo entre esas referencias y las de la búsqueda de Vega inspirada por un texto del cronista e historiador español Antonio de León Pinelo, del siglo XVII, quien situaba el Jardín del Edén en el centro de Suramérica. Comprenderemos casi de inmediato que Sergio Vega, “paseador solitario” del siglo XXI, asocia recuerdo y realidad, y que su “vagabundeo” hecho de encuentros, impresiones y recuerdos se asemeja a menudo a un soñar despierto que la contemporaneidad impregna sin excluirlo jamás. En efecto, esos “diarios íntimos” expuestos a la mirada del visitante plantean reflexiones que encajan unas dentro de otras, pues cada idea (o imagen) da nacimiento a otra, en un efecto de espejo impregnado de poesía, humor y cuestionamientos diversos. Las referencias literarias o filosóficas son abundantes y pertinentes. Sin llegar a sobrecargar la narración, amplían el campo de su erudición y nos invitan a compartir las asociaciones intelectuales e iconográficas del fotógrafo.

Exposición Individual: Sergio Vega — imagen 1
Sergio Vega. Caminos de Amazonía 1, 2011. Impresión. Ed 1/5. 60,9 x 91,4 cm. (24 x 36 pulgadas). Cortesía: Galerie Karsten Greve Köln, Paris, St Moritz.

Lo que Sergio Vega nos propone en esta exposición es que lo acompañemos en un recorrido que, con la última sala, revela su carácter iniciático. En efecto, el trayecto espacial se construye de manera que nos lleve hacia lo que el fotógrafo denomina “Lo sublime”. La progresión es caótica, atraviesa pueblo, bosque, no mans’ land; se detiene, da testimonio textual y visualmente, retoma su camino, dirige la mirada sobre un gallo perdido, en una mezcla extrema de la que no renegaría el “Nuevo Realismo”, y termina en el éxtasis meditativo, más allá del tiempo y del espacio, dentro de paisajes envueltos en bruma. Las narraciones descriptivas y reflexivas de Vega nos conducen, por un segundo, a los testimonios de aquellos viajeros europeos del siglo XIX que “descubren” América, describen la naturaleza (los Andes y la Orinoquía, con Humboldt), la sociedad (grabados de Jean-Baptiste Debret, en Brasil) o, como Désiré Charnay, el bosque tropical y la cultura (fotografías de los monumentos mayas de México). Pero Vega es un testigo instruido de su tiempo, que no sólo navega entre dos orillas, como los viajeros del siglo XIX, sino entre varias geografías y diversas culturas, en busca del (¿de su?) Paraíso perdido.

La exposición comienza por la sala más grade, donde están expuestas ocho fotos a color de mediano y gran formato. Cuatro textos acompañan la declaración visual y se funden con ella, incitando al observador a un ir y venir constante entre ambos discursos para penetrar el imaginario significante del artista. Los textos Dans la forêt (En el bosque), Le chalet américain (El chalet americano), Une moitié et une moitié ne sont pas un, mais deux moitiés différentes (Medio y medio no son uno sino dos mitades diferentes) y Le 14 juillet (14 de julio) determinan las fotografías de maleza y árboles en claroscuro, las de la casa en sillar, de la antena parabólica o la pala mecánica. Los azares y coincidencias desencadenan imágenes e inducen mensajes subliminales convirtiendo a la fotografía en su fetiche.

La peregrinación prosigue en el corredor con el texto L’énigme du 1444, en el que el motivo de un pórtico verde, sin función en medio de un lote vacío, suscita una correspondencia con el recorte de hojas de algunos árboles de la jungla (un fragmento de Tristes Tropiques de Lévi-Strauss acompaña el texto). La segunda sala está dedicada exclusivamente a lo que Sergio Vega llama El Manifiesto del gallo paseador en cuatro pasos (cuatro fotografías de gran formato ilustran ese título). En un botadero de basuras en donde reina un orinal y deambula un gallo desplumado, se invoca al surrealismo, y lo ridículo rivaliza con lo cómico. Citas de Breton y Dante acompañan las fotografías, así como la célebre fórmula fundadora de Isidore Ducasse: “Bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”.

En la última sala, el texto Le sublime se acompaña de nueve pequeños formatos de un paisaje envuelto en bruma y dos grandes fotos de árboles y malezas. Es el deslumbramiento, “un mundo, como escribe Sergio Vega, en donde el fantasma de la materialidad es el otro venido del interior. Lo verdadero sin lo falso. Lo que no puede tener fin porque nunca hubo principio”. El Paraíso está ahí, con toda su pureza virginal. Sergio Vega ha sabido brillantemente conducirnos a él haciendo rodeos, pero sin hacernos perder jamás de vista que “lo aleatorio y lo absurdo, el caos y la entropía” funden su conciencia y su mirada para redescubrir, con la “nostalgia de la condición edénica”, lo que Mircea Eliade denomina el “Gran Tiempo” o el “Tiempo Primordial”.

CHRISTINE FRÈROT

Sergio Vega, por Christine Frèrot | artnexus