Una pared, un techo o un piso son, de cierta forma, silenciosos contenedores de tiempo. Porque entre capas y capas de hormigón, pintura y otros materiales de construcción no sólo se esconden las distintas etapas arquitectónicas y espaciales de un edificio, sino todas las historias de aquellos que tuvieron que ver con él. En ese sentido, tanto el descuido como la conservación son parte del proceso.Y esto bien parece haberlo constatado la artista chilena Livia Marín en su reciente intervención en el espacio de la Fundación Teatro Odeón: Marca no registrada.
Livia Marín es una artista que actualmente vive y trabaja en Londres (Inglaterra) y cursa un doctorado en Fine Arts en el Goldsmith College de la misma ciudad. Una línea importante de su trabajo explora las posibilidades que tienen los objetos producidos en masa de adquirir una forma particular o, incluso, volverse únicos. Un buen ejemplo de ello es una serie de más de dos mil labiales para mujer, que en realidad, aunque parecen hechos industrialmente, poseen una forma distinta. Así como pasa en la vida real cuando una mujer esculpe inconscientemente ese volumen graso de color rojizo. En términos aún más generales, es encontrar lo individual, personal e imperceptible en todo aquello que se hizo para ser universal o ajeno al ser humano. Esa reflexión la traduce usualmente en procesos escultóricos donde aparecen el molde, la repetición y los vaciados, en materiales tan diversos como la espuma, la madera, la cerámica o el hilo de oro, entre muchas otras cosas.

En esta ocasión, en un diálogo con la curadora, también chilena, Beatriz Bustos Oyanedel, quien ha estado presente a lo largo de su carrera, Marín emplea la misma estrategia pero partiendo de un reto adicional, el de entender un espacio tan complejo como este viejo teatro. Un espacio repleto de huellas temporales, con dos estructuras arquitectónicas totalmente diferentes y cuya magnitud excede los espacios de exhibición tradicionales. Inteligentemente, y convirtiendo estas dificultades en materia prima, la artista se da a la tarea de resaltar con hojilla de oro (un material noble) todas esas manchas y marcas dejadas por el deterioro evidente del edificio. Al mismo tiempo, sobre capas gruesas de látex, realiza una serie de improntas o grabados de algunas partes de la construcción. Entonces, el oro, su nobleza y valor se confrontan con lo repugnante y despreciable del látex. Similar a como el Teatro Odeón se redefine entre el descuido y el mantenimiento, entre un tiempo pasado y uno presente, entre la ruina olvidada y el brillo de una nueva época (dorada). Todo ello condensado en una minuciosa obra in situ que implicó largas jornadas de trabajo con un grupo de colaboradores y varios estudiantes de arte de Bogotá que tuvieron la oportunidad de entender la forma de trabajar de la artista. Es así como el espectador va descubriendo poco a poco estas marcas, que, como el propio título lo indica (más allá del juego de palabras en torno al registro comercial de una marca), no habían sido registradas. Tampoco nadie había notado la tierra que se acumula entre ladrillo y ladrillo de la plazoleta exterior, ni que las paredes podían ser como pinturas abstractas de color rosa, mugre y trozos de pared. Piezas grandes que se nos presentan a manera de lienzos colgados y tensados contra la pared y que el espectador puede ir revisando a medida que avanza en su recorrido por el lugar. Una experiencia que probablemente sensibiliza a sus visitantes en torno a pequeños detalles, que, a veces por el transcurrir frenético de nuestros días, pasan desapercibidos.
En otras palabras, y volviendo a los intereses de Livia Marín, son esos hallazgos, esas cosas pequeñas, esas cápsulas de tiempo entre pared y pared, los que le importan. Una artista, escultora y acumuladora, como ella misma lo acepta, que reconoce en lo doméstico, la anécdota y lo personal una potencia única para decir cosas universales en torno a la humanidad. Es el caso de esta intervención que se pudo ver hasta el 9 de mayo en el espacio de la Fundación Teatro Odeón. Un lugar que desde su primera exposición, en 2012, ha venido tomando riesgos importantes y mostrando proyectos que tan sólo pueden tener lugar ahí. Videoinstalaciones de gran formato proyectadas en sus paredes y techos, máquinas que reviven palomas, arquitecturas invisibles, narraciones minuciosas, y otras cuantas experiencias que lo han convertido en un espacio vital para la ciudad de Bogotá.
DANIEL SALAMANCA
