Si usted cree, como el ensayista y crítico de arte inglés del siglo XIX Walter Pater, que “el arte llega a nosotros con el fin único de aportarles a nuestros momentos, a medida que pasan, nada más que la más alta cualidad”, hay un lugar donde esto puede ocurrir, y es frente a las pinturas de Julio Suárez. En febrero pasado se inauguraron dos exposiciones que presentaron sus abstracciones geométricas: una muestra individual de once pinturas de 2012, organizada por el curador Juan Carlos López Quintero en el Museo de Arte de Puerto Rico (MAPR), y otra en la nueva Galería Agustina Ferreyra, que incluyó una pintura de 2013 en su exposición grupal inaugural.
El título de la exposición en el MAPR, Julio Suárez: A Specific Place, se refería a la intención del artista con relación a su obra. Él afirma: “Siempre he querido hacer algo para un lugar específico; que mi obra se convierta en un lugar... Creo pinturas y dibujos con un solo color y una sola forma, con la ilusión de que puedan, en cierta manera, transformarse en un lugar específico cuando alguien esté presente”.

Las pinturas de Suárez son objetos que se expanden hacia el espacio literal y llaman nuestra atención. Cinco de las obras de la exposición eran de tamaño natural o más grandes, con gruesos bastidores y colores fuertes, llamativos: anaranjado, amarillo limón, rojo fuego, Cada obra representaba dos formas geométricas que estaban unidas o ligeramente separadas o que penetraban una en la otra.
Al mirar Sin título, entrábamos a un “lugar específico” que era absolutamente perfecto: un cálido y vivo tono de azul en el que dos formas rectangulares, hechas de líneas blancas, estaban colocadas una por encima de la otra, con muy poco espacio entre ellas. Las formas rectangulares estaban ligeramente desalineadas, y había pequeñísimas discrepancias en algunos de los ángulos rectos. La geometría de Suárez es intuitiva, está relacionada con lo inmediato y particular, y las cuidadosas sutilezas del artista nos recuerdan nuestra propia separación e individualidad.
Su abstracción geométrica se basa en un lento y fascinante proceso de pintar pequeños cambios que comprometen nuestro acto de mirar. Incluso en su más mínima expresión –“Lo que ven es lo que ven” (famosa cita de Frank Stella que apareció en la edición de septiembre de 1966 de ARTnews)–, su abstracción siempre sugiere algo. Las formas únicas, puras, apiladas, en varias de sus pinturas, me recordaron el excelente trabajo en piedra realizado por los incas en Coricancha, el Templo del Sol en Cusco (Perú).
A partir de mediados de los años setenta y hasta comienzos de los noventa, Suárez pintó en un estilo gestual, expresionista, libre de todo límite. Desde 1994 hasta 1995, después de haber pasado un año dibujando, empezó a reducir y simplificar su pintura, y llegó a un minimalismo puro. A menudo hacía líneas en sus dibujos al doblar el papel o el lienzo para crear pliegues definidos, nítidos, que se proyectaban en el espacio. El artista ha maximizado el efecto de una economía de forma, color y línea con instalaciones escultóricas y objetos encontrados, pero se dedica principalmente a la pintura porque el ritmo lento del proceso le da el tiempo y el espacio necesarios para pensar en futuras pinturas.
Uno, otra obra de la exposición del MAPR, era un acrílico sobre madera, de 232 centímetros cuadrados. Ocupando el centro del panel había un rectángulo negro vertical dividido por una línea negra horizontal ubicada un poco más abajo del punto medio. De modo sorprendente, el fondo blanco tenía una opalescencia ligeramente perceptible que distinguía la obra de todas las demás. Este sutil brillo evocaba ideas de atmósfera e importancia.
Uno me recordaba la obra de Ellsworth Kelly de 1949 titulada Window, una sobria construcción geométrica de óleo sobre madera y lienzo que se halla en el Museo de Arte Moderno de París. Mientras que el título de Kelly tiene sus raíces en la experiencia real que experimenta el artista del mundo y sus formas, el título de Suárez quizás le rinde homenaje a Onement I (1948) de Barnett Newman, una pintura de un tamaño tan modesto como el de la suya. Uno y Onement I investigan cómo el simple uso de la línea puede, en forma simultánea, dividir y unir una composición. Parado directamente frente a Uno, vi y sentí una afirmación de la presencia humana en el espacio. Onement I y Uno revelan el proceso de trabajo y pensamiento de los artistas. En Onement I, una tira de cinta de enmascarar se asoma por debajo de la franja de pintura, y en Uno, marcas de lápiz indicaban los ángulos del rectángulo negro.
Su obra más reciente, Sin título (v.r.b.), de 168 x 168 centímetros, daba la sensación de ser el más arquitectónico de sus últimos lienzos, debido a que pintó formas sólidas, y no líneas. Colocado contra el borde derecho del lienzo había un enorme rectángulo vertical de un color violeta profundo, y sobre él, un rectángulo rojo horizontal más pequeño. El resto del lienzo estaba en blanco. Había una sutil ilusión de que la forma roja estaba por detrás de la violeta. De nuevo, las pinturas de Suárez comunicaban una gran presencia con el mínimo de elementos. Al utilizar las poderosas fuerzas de forma y color, el artista contrapesa energía concentrada y masa, con apertura y luminosidad. Allí, nuestros momentos pasan lentamente, mientras nos deleitamos con un “lugar específico” que genera un espacio fuera de sí mismo y activa el espacio a su alrededor.
CHERYL HARTUP
