Del 27 de febrero al 13 de mayo de 2013, el Palais de Tokyo (París) rindió homenaje a la trayectoria artística del argentino Julio Le Parc, quien reunió más de un centenar de piezas, entre esculturas, pinturas e instalaciones que muestran excepcionalmente todas las facetas creativas del artista, desde finales de la década del cincuenta hasta hoy, con intervenciones monumentales, concebidas y distribuidas específicamente a lo largo de 2.000 m2 del recién ampliado recinto.
La exposición Julio Le Parc fue la primera monográfica de tales magnitudes que celebra el artista en París, y, sin lugar a dudas, la oportunidad para mostrar su amplia y fructífera trayectoria en Francia, donde reside desde finales de la década del cincuenta, insistiendo siempre en reconciliar el arte y la vida fuera de las jerarquías que limitan la práctica artística y fuera de las convenciones impuestas históricamente por los museos.

Esta muestra contrasta sus planteamientos políticos con los más lúdicos y cristaliza la principal preocupación del artista por suscitar una estrecha relación entre el arte y el público, quien finalmente le otorga sentido a sus propuestas desarrollando sus capacidades participativas, reflexivas, creativas y analíticas.
Constantes e intermitentes guiños y sorpresas hacen del recorrido por la exposición la antítesis del comportamiento pasivo y dependiente del espectador, contra el cual ha luchado siempre Julio Le Parc.
Julio Le Parc es acreedor del gran premio de la Bienal de Venecia en 1966. Visionario, formó parte del selecto grupo de latinoamericanos que se instaló en París a mediados del siglo pasado, con el propósito de materializar lo inmaterial, traduciendo desde el arte diferentes fenómenos físicos. En este contexto, Julio Le Parc apuesta por la reflexión y modulación de la luz, el ritmo, el movimiento y el color, articulando sencilla y efectivamente estos fenómenos, para fascinar al público ante la noción de lo intangible y lo cambiante.
No obstante su marcada influencia como artista cinético y sus espectaculares ejercicios dentro de la corriente del Op Art, Julio Le Parc destaca por su agudeza y su refinado humor para conectar de manera única con el espectador, quien pasa a ser su cómplice.
Desde que el visitante transitaba por el hall principal del Palais de Tokio rumbo a la entrada de la sala, ya era colocado en situación. Julio Le Parc estableció un entrañable vínculo con el visitante mediante sendas instalaciones site-specific, Desplazamiento del espectador. Concebidas en 1965, son reinstaladas y cobran dimensiones espectaculares casi medio siglo después. El artista rompió el hielo y nos indujo a experimentar la ilusión, conforme avanzábamos frente a la pieza y veíamos nuestra propia imagen distorsionarse en relieves virtuales.
Inmediatamente después, Le Parc consiguió internarnos en un laberinto maravilloso. Su instalación Célula a penetrar (1963-2005) dislocaba la noción del espacio y enfrentaba al público con su propia imagen, que se desvanecía a ratos, mientras interactuaba lúdicamente con el reflejo del otro.
A partir de 1958, Julio Le Parc plantea rigurosos sistemas de organización visual que le permiten controlar metódicamente ondas, meandros y figuras geométricas en la composición. En lo sucesivo, la modulación de la luz, el color y el movimiento se calibrarán con la máxima objetividad posible, bajo un método de trabajo cercano a los procesos industriales.
El visitante emprendía un recorrido por las diferentes series que el artista controlaba bajo este sistema, tales como Superficies, Contorsiones, Relieves, Luces, Continuales Móviles, Desplazamientos, Modulaciones y Alquimias, para finalmente entrar a la Sala de juegos.
Así mismo, el artista escapó a cualquier tentación colorista, seleccionando una gama de catorce colores puros –sin degradaciones– que se combinaban infinitamente en formas anónimas sobre una superficie activa. Destacaba la serie Superficie color, en especial, la sala dedicada a Tema de la larga marcha (1974), en la que ocho pinturas de 2 x 2 m se ensamblan sugiriendo un recorrido iridiscente.
Sobresalieron las salas oscuras, por las que el público podía transitar sorteando increíbles instalaciones donde la luz había sido elegantemente modulada, contorsionada y articulada mediante diferentes mecanismos, acotando y direccionando su espectro, haciéndolo sublime. Ejemplo de ello es la pieza Continual-luz-cilindro, presentada inicialmente en 1962 y reinstalada a gran escala en el corazón de la muestra.
Los trabajos seleccionados por la curadora Daria de Beauvais, junto con el propio artista, sorprenden e inquietan desde el primer momento al espectador, invitándolo a hundir la mirada frente a destellantes atmósferas lumínicas, a atravesar vibrantes habitaciones y a ondular delicadas estructuras móviles. Incluso incitaban al visitante a experimentar una verdadera catarsis al poder golpear y apuntar a todos aquellos íconos autoritarios que han atentado contra su individualidad y espontaneidad, con Voltee los mitos (1969), Identifique a sus enemigos (1970) o Golpean los galardonados (1971).
Paralelamente a la muestra en el Palais de Tokio, Julio Le Parc celebraba exposiciones individuales en diferentes galerías de París, tales como la Galerie Denise René (que ha respaldado el trabajo de Julio Le Parc desde 1963), la Galería Bugada & Cargnel, por nombrar sólo algunas, y participará en Dynamo, una exposición colectiva de carácter internacional que se celebrará a mediados de este año en el Grand Palais.
ELISA RODRÍGUEZ CAMPO
