Henri
Bergson, el gran filósofo vitalista y premio nobel de Literatura, deseaba
evitar los “automatismos de una lengua cristalizada”. Siempre es un desafío
utilizar el lenguaje para compartir una visión en torno al arte que intente
escapar a esa condición, y sobre todo cuando la obra convoca a la percepción en
estado casi puro. Existirá entonces el intento de poner en palabras la memoria
de una experiencia, para volver a traer las imágenes desde el extremo opuesto a
la transcripción: desde el recuerdo como ese “punto de intersección entre el
espíritu y la materia”.
La serie de fotografías presentadas por Jorge Miño (1973) en la galería Praxis lleva como título Los sueños de la materia. Todas las imágenes pertenecen a la serie En silencio. La propuesta, ya desde el nombre, apunta a un tipo de encuentro alejado de las interrupciones que el ajuste al lenguaje pueda producir.

¿Cuál es la procedencia de estas imágenes, cuál sería su utópico grado cero? “Miño trae de sus viajes centenares de imágenes, luego selecciona aquellos lugares donde faltan elementos distintivos que los tornen reconocibles. Esta ausencia remite de inmediato hacia otras cualidades de la imagen […] mientras que la luz destaca el protagonismo de las texturas”, explica en el texto de catálogo su curadora Ana Martínez Quijano.
Esas imágenes de espacios cerrados y sin aberturas, manipuladas por el artista, crean atmósferas que extienden continuamente sus influencias hacia quien las observa. Lo paradójico habita en esos espacios: están plagados de luz y se perciben como inagotables y, aún más, parecen dilatarse al ser afectados por la mirada. Se expanden hacia el espectador desplegando una ambigüedad rotunda: por un lado, la contundencia de la materia, el concreto y el metal, y por otro, lo impalpable: los sueños y los fantasmas. Es necesario entonces desplegar la intuición, abandonar todo razonamiento, sumergirse en lo que, para Bergson, es ese “momento anterior al engarce con la utilidad”.
La realidad del espíritu y la realidad de la materia se expresan en múltiples resonancias, sus ecos indiferenciados se extravían en las amplias escenografías. La materia es a la vez testigo y partícipe, algo que se ubica a medio camino entre la cosa y la representación. Jorge Miño se sitúa justo en ese medio, interviniendo la fotografía para trans-formarla, operando alquímicamente con lo último que le queda de materia en la era digital. El resultado es una imagen que parece haber dimensionado la suspensión misma de las cosas, de su existencia. Ese aplazamiento es para el que mira el antes o el después de la melancolía, el antes o el después de la soledad.
De allí en más, cada cual dejará que las sensaciones se vayan sucediendo ante cada una de las fotografías, que aparezca una especie de memoria intuitiva, anacrónica, una memoria que, retomando a Bergson, apela al recuerdo-vivencia de un tiempo y espacio que, aunque no pertenecen a nuestra historia, no resultan ajenos. El recuerdo-vivencia es inasible y acontece como pura experiencia, es muy distinto de la memoria-hábito automática, la que ponemos en acción al subir o bajar una escalera o al recorrer ciertos espacios. Pero las escaleras grabadas en las imágenes de Jorge Miño no se transitan, sólo pueden sobrevolarse como en una ensoñación.
Hay, sin embargo, en esos espacios urbanos reconocibles ese “encanto modernista” al que refiere Miño. Podrían recorrerse con la actitud del flâneur, del paseante que descubre las arquitecturas de una ciudad conocida; pero a un mismo tiempo aparece la sensación de penetrar en tierras extrañas; el paseante debe transformarse entonces en peregrino. Surge un misticismo que el artista atribuye al proceso con el que va creando las fotografías: crear sobre lo ya creado permitiendo que las sensaciones se manifiesten sin justificación. El aumento intencional de las dimensiones del espacio busca la inclusión de aquel que observa: “la imagen te toma y contiene”, declara. El espectador es por momentos una suerte de Alicia en el país de las maravillas, debe adaptarse, redimensionarse en cuerpo y espíritu para poder continuar develando infinitos enigmas, para poder hundirse sin condiciones en los sueños de la materia.
VIVIANA SAAVEDRA
