Exposición Individualjun 2013 - ago 2013· Por Caridad Blanco de la Cruz

Elizabet Cerviño

Centro de Desarrollo de las Artes Visuales

Una de las afirmaciones con que Elizabet Cerviño presenta su trabajo resulta ser el umbral de su proceso creativo. El vacío –reconoce la artista– es entidad natural, y al abordarlo, este se depura en un intento hacia la no-representación. El sentido de esa aserción halla completitud cuando la autora se coloca al amparo del espacio como naturaleza esencial, ubicando en él la aparición de las cosas, y también su existencia. La condición física –y por demás lírica– de ese alegato es anclaje conceptual, filosófico y estético, como corroboró Hálitos, la reciente muestra personal de Cerviño en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, en La Habana. La misma se concentró en la pintura, zona peculiar de su producción simbólica.

Hálitos estaba constituida por cinco ejercicios pictóricos, integrados armónicamente a ese cuerpo poético que es la obra de Elizabet Cerviño; cuya raigambre proviene del tránsito por los diferentes medios del arte: dígase intervenciones, performances, environments, pinturas, instalaciones u objetos. Cada uno de aquellos momentos dispuestos en la galería remitía a un proceso, a un ritual que Cerviño modeló en soledad, mentalmente primero, y que luego convirtió en expresión plástica. Aquella composición tuvo su obertura en Color roto (2011-2012), singular conjunto compuesto por veintitrés piezas de madera. Los pequeños versos grabados en ellas anticipaban paisajes, acompañados de sus respectivas paletas, referencia mínima unida a lo literario, proponiendo en cada caso los colores que bastarían para desarrollarlos. Ese cúmulo de anticipaciones o protopaisajes reformulaba el planteamiento del tema, traduciéndolo como germen o prefiguración.

Exposición Individual: Elizabet Cerviño — imagen 1
Elizabet Cerviño. Horizonte, de la serie Trilogía de la niebla, 2013. Yeso sobre lino. 300 x 960 cm. (118 x 378 pulgadas).

Tras esa condensación extrema, se encontraba la vastedad de Horizonte (2013), una imprimación de yeso sobre lino en gran formato, muy próxima a los diez metros de longitud. Había allí todo un gesto de depuración. Por una parte, el prolongado ritual de su realización en el transcurso de los días, como si se hubiese filtrado la sustancia a partir de la que se confeccionaba la pieza. Por otra, la manera en que la energía fue impregnada en la extensa superficie del textil. La pintura era la propia imprimación. Horizonte se convertía así en el colofón de su serie Trilogía de la niebla (2011). En Trilogía… la artista había conferido nuevo valor y sentido al acto de imprimar. Antes lo había hecho en El olor del ámbar (2010) con la humedad, huella persistente en el tiempo del agua sobre el lino. En ambos procederes se mantenía la conexión conceptual con Río de tinta, la exposición donde Elizabet Cerviño, en 2009, reveló el significado que para ella comporta la creación. Horizonte era vacío. Lo hicieron cristalizar los sitios que se mantuvieron vírgenes de pintura. Él era restos, aguadas (aguadas blancas). Lo que la luz y el vacío diseñaron, revelado como contenido.

Otras deconstrucciones con respecto al paisaje se descubrían en Arrastrar el punto de encaje (2012), miniatura cuyo desplazamiento era el tránsito introspectivo a un lugar en la memoria, y Arribo de un still (tríptico, 2012), composición de espíritu narrativo que recordaba la estructura del haiku. Los fragmentos de la misma tienen cierta proximidad con Trama de colores, secuencia en acuarela realizada por J. M. William Turner en 1819. Es oportuno precisar aquí que la luminosidad alcanzada por este artista, lo emotivo en la obra de Kandinsky y la espacialidad de Mark Rothko, entre otros elementos, inspiran las búsquedas de Elizabet Cerviño. Sus vibraciones nutren la obra abierta que ella ha construido en su trayectoria de experimentación pictórica.

Siguiendo esa impronta se podía vislumbrar en la instalación Limpiar el cielo (2013), el planteo por otras vías de ese drama humano universal que Rothko destacó en sus pinturas de madurez. Por medio de pañuelos, el amplio muro saturado de azul cobalto del que partió esta pieza fue liberado del material pictórico (también materia simbólica). Doscientos veinticinco cuadrados de lienzo blanco se llevaron la noche. Purgaron las tinieblas, corrigieron su trágica oscuridad. Por otra parte, la instalación pudo colocar al espectador en la antesala de lo divino, en las inmediaciones de un despertar que es interior. Para ello fue preciso desbrozar la ruta, limpiar la ponzoña y librarse de la perversión. Los pañuelos, dispuestos en otro muro luego de la acción, conservaban la evidencia de esas lides.

Tras ese convite a la contemplación que Hálitos descubrió al espectador, emergía la naturaleza como entidad primigenia, libre, marcando otra de las convenciones del discurso de Elizabet Cerviño. Su obra evoca trances e impresiones de lugares a los que se accede en meditación: paisajes/abstracciones que la filosofía zen acompaña. No obstante, su investigación (con respecto a la performance o a propósito de la pintura) mueve a revisión la mirada que dirigimos –sin ver– a la totalidad del entorno, como si se tratase del aliento en cada bocanada de aire.

CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ

Elizabet Cerviño, por Caridad Blanco de la Cruz | artnexus