Después de años de obras y postergaciones de su apertura, el último 1º de marzo fue inaugurado el Museo de Arte de Río de Janeiro. El conjunto de sus iniciales –MAR– remite a uno de los íconos de esta ciudad, presente en sus representaciones desde el siglo XVI: el mar, y en consecuencia, la relación de Río de Janeiro con los otros continentes. No en vano se ubica al lado del puerto de la ciudad, en la Plaza Mauá, ámbito de gran efervescencia cultural en la primera mitad del siglo XX y ahora inserto en un polémico proyecto de revitalización. Llamado Puerto Maravilla, la reforma urbanística de la ciudad pretende revivir el adjetivo usualmente atribuido a Río –“ciudad maravillosa”–para ese espacio deteriorado por el abandono, la mala conservación y una carga simbólica negativa entre la población. Para tales cambios que buscan engalanar la ciudad para dos grandes eventos internacionales –la Copa Mundo en 2014 y las Olimpíadas en 2016– está planeada la construcción de un segundo museo, la demolición de vías rápidas y la reubicación de grupos sociales en otras áreas de la ciudad. Reformar significa valorizar, y este verbo conlleva la posibilidad de otro: aburguesar.
Se ingresa al MAR por el techo. Antes de ver cualquier exposición, se nos invita a disfrutar de una vista de la bahía de Guanabara. Los visitantes, ansiosos por fotografiarse, arman sus sonrisas de cinco segundos. Entre tanto, al otro lado de ese tejado vemos un espacio vacío delimitado por una cinta de seguridad que impide recorrerlo en su totalidad. Al menos así fue en las diversas oportunidades en que visité el museo. Acercándonos al área restringida tenemos el horizonte de un Río de Janeiro sin vegetación y con vestigios de una arquitectura abandonada sobre un morro.

Vocación turística y un proyecto urbanístico que fracasó en el pasado siguen, por lo tanto, lado a lado. Si hacia la izquierda las personas posan, a la derecha ni siquiera se sienten invitadas a explorar. Al mirar para abajo, hacia la calle, tenemos de golpe, al frente, la imagen de un conventillo y diversas personas colgando ropa en sus tendederos. Me quedo pensando cuál será la reacción de esas personas, los supuestos “otros”, frente a esa alteridad recién erguida aquí: un espacio de cultura y el mundo que sigue “allá afuera”. Aquella señora y su hija que arreglan sus ropas serán ahora observadas diariamente, queriéndolo o no, por los efímeros habitantes de ese templo de la cultura. ¿Estarán estas familias en cinco años más? ¿Cómo llevar al plano expositivo esa compleja dinámica socioeconómica de un nuevo espacio cultural en esta región de Río de Janeiro?
Una posible respuesta es la exposición que cierra el recorrido por el MAR, “El abrigo es el terreno”, realizada en el primer piso. La discusión en torno a los procesos de reformulación de vidas mediante nuevos diseños de la trama urbana es parte de la reflexión curatorial. Como lo indica la última frase de su argumentación, se desea adquirir “la conciencia política y ética de que, en el contexto de la vida en sociedad, cualquier disparo es un disparo contra el cuerpo colectivo”. Clarissa Diniz y Paulo Herkenhoff, curadores e integrantes de la dirección de la institución, reflexionan sobre el poder de contradicción y de fracaso de un proyecto museográfico que pretende democratizar el acceso a la cultura y que, entre tanto, se puede transformar en otro ambiente más destinado sólo a los profesionales de la industria cultural.

Sobre una pared, la lista de los artistas participantes explicita lo ya percibido visualmente: hay mucha información visual en este piso. No se lidia con un espacio museográfico como el del cubo blanco, donde cada obra debería, supuestamente, respirar y preparar al espectador para el próximo encuentro. En lugar de hacer selectiva la mirada, nos atrapa una superposición de colores, imágenes en movimiento y sonidos. Por un lado, hay un interesante experimento del lenguaje curatorial (que recuerda experimentos recientes del mismo Paulo Herkenhoff, como Contrapensamiento salvaje, en Itaú Cultural, en 2011), donde la unión de diversas firmas crea una nueva y transforma, quizás, la misma exposición en una gran obra. Por otro lado, y en contrapartida, se desvanecen algunas de las imágenes seleccionadas.
Cobran fuerza los trabajos de dimensiones mayores, o los audiovisuales, como la mayor parte de aquellos realizados por colectivos, que demandan cierta escenografía estructural. Mientras que una pintura de Lúcia Laguna y otra de Antonio Dias están muy por encima del nivel de la mirada y demandan gran atención para ser percibidas. El craquelado decorativo de Adriana Varejão parece tan fuera de lugar de la reflexión curatorial como la ubicación de un objeto de Raul Mourão sobre un portal. ¿Pero no sería ésta la dinámica propia de una ciudad llena de contrastes como Río de Janeiro? Poner al público especializado y al lego dentro de una verdadera confusión visual, ¿no sería un medio de transformar en metáfora los posibles futuros impasses de este museo como polo de pensamiento crítico?

Los artistas brasileros contemporáneos seleccionados pueden ser cuestionados respecto a una propuesta curatorial que se amplía y bordea un número ecléctico de firmas donde, a veces, el potencial histórico de los vocablos “abrigo” y “terreno” se disuelve. Grosso modo, tenemos la impresión de que cualquier forma que remita a una casa podría hacer parte de la muestra. En lo que toca a las propuestas visuales de los colectivos artísticos, la curaduría contribuye, más que con la realización de una exposición, con la significativa ampliación del concepto de arte para el público.
En Curitiba, el Grupo E/Ou recrea un mapa afectivo junto con los habitantes de un pequeño poblado llamado Pequeño Espacio. Gana forma una cartografía realizada por muchas manos. El Proyecto Morrito, surgido en una favela del área noble de Río de Janeiro, construye una vista panorámica de sus precarias habitaciones. Tenemos ante nuestros ojos un ambiente de juguete, domesticado y espectacular, rápidamente transformado en telón de fondo para las fotografías que se toman los visitantes del museo. También merece destacarse la polémica participación (si es que puede usarse esta palabra) del colectivo Opavivará! en la exposición. Con una performance que criticaría de manera explícita el desplazamiento de la población del puerto, el grupo no fue autorizado para realizarla el día de la apertura del museo. Entre los reclamos por la censura en el MAR y las explicaciones de que se trataba de una medida de seguridad relacionada con la presencia de la presidenta Dilma en el evento, sólo queda ahora un melancólico video que anunciaba un acontecimiento artístico que nunca sabremos cómo se habría desarrollado.

El Museo de Arte de Río de Janeiro abre sus puertas entre la reflexión crítica y el desmoronamiento de las imágenes. Una cosa parece innegable: “El abrigo es el terreno” es capaz de dar una pequeña muestra de la fuerza que este primer piso puede llegar a tener. Es importante no perder de vista, en ningún momento, la localización, la historia de Río y la capacidad del arte contemporáneo para ubicar lado a lado los grandes nombres y los anónimos. Tal vez sea inevitable que “los artistas sean etnógrafos”, como diría Hal Foster. Sin embargo, si ellos reflexionaran sobre aquella cinta de seguridad que me separaba de una imagen decadente de Río, pero que me invitaba a sonreír ante la apariencia de una ciudad que nunca fue y nunca será maravillosa, el arte habrá hecho alguna cosa, y la vida, quien sabe, podrá tener algún sentido.
RAPHAEL FONSECA

