Autorretrato para mi muerte es el título de la obra con la cual Carlos Herrera obtuvo en 2011 el Premio ArteBA-Petrobras –en su octava edición– para proyectos inéditos de artistas jóvenes, y que se lleva a cabo en el marco de la Feria de Arte de Buenos Aires. Las propuestas de los artistas, aunque cada curador interviene con sus propias pautas, han sido en cada versión grandes instalaciones en el espacio, y a veces han incluido performances.
La obra presentada por Herrera se alejó de cualquiera de los modelos tanto presentados como predecibles. El tamaño fue el más pequeño visto en ese ámbito; consistió en una bolsa de polietileno blanca muy fina, que con cierta transparencia dejaba adivinar apenas su contenido: un conjunto esencial de ropa del artista doblada y un par de zapatos propios de su uso cotidiano. La nota que definió tanto la potencia de la obra como el comentario general fue el olor nauseabundo que la pieza dejaba sentir. Se trataba de la inclusión de un calamar muerto, que con el pasar de los días aumentaba su pestilencia. No era otra cosa que el olor de la muerte. Y, como podemos imaginar, metáfora de su propia muerte. Es decir, Herrera tomó un tema de larga data en la historia del arte, la muerte, con un modo de representación extremado y aumentado por el gesto de referir aquí a la suya propia con una elocuente metáfora. Es decir, una actitud subjetiva y objetivada a un mismo tiempo.

Trabajo nocturno en Ruth Benzacar es inevitablemente antecedido por Autorretrato para mi muerte y se convierte en su mirada en el espejo. La primera relación entre aquella instalación y la actual es la alta referencialidad a la persona del artista. En aquélla, su muerte; en la actual, algo que sugiere ser una escena extendida y simbólica de la vida del artista, y con montaje propio. Es decir, casi como la escritura de una autobiografía. Toda la serie de obras continúa con el concepto de “autorretratos”, como la obra premiada, y se hace muy evidente la ausencia material del cuerpo. ¿Se podría pensar que el calamar era su cuerpo en transformación? Otro protagonista silencioso es el espacio, contrapuesto en ambas, convertido en elemento alegórico.
En la tapa del catálogo de Trabajo nocturno el artista anuncia en imágenes la relación de parentesco entre ambas: la bolsa de polietileno, igual a la de 2011, pero esta vez vacía, límpida, volátil y única, sobre el piso de la galería. La imagen opuesta es un calamar sustentado por un frágil aparejo, como aquellos utilizados por titiriteros, sostenido por la mano del artista. Así, el calamar parece haber atravesado el ciclo vida-muerte-vida.
Esto es lo que antecede a la entrada hacia el interior del espacio de la galería, amplio, de cielorraso bajo, con una atmósfera que se adivina íntima, poblada de diecisiete objetos diferentes, que, recordemos, son “Autorretratos”. El espacio ha sido organizado por el artista, biográficamente, pero como el lugar posible para una acción teatral. Esta vez, no se trata de ningún cuerpo muerto sino de una instalación austera, sobria, temperada, en donde la ausencia del cuerpo es notable. Sin embargo, todo alude a él, y, quizá, sólo a un cuerpo, el del artista. Es probable que toda la instalación describa un estado de vida, poéticamente esencial.
El soporte de su cama, donde descansa su cuerpo, aparejos enigmáticos que funcionarían como asientos de gimnasio, donde reposaría provisionalmente, de nuevo las bolsas de polietileno con elementos ocultos en transparencia, la presencia del sexo en soportes de elementos fálicos, entre otros. Huellas indelebles de una vida personal, y sin embargo, la pulcritud y el despojamiento son tales que se percibe una misteriosa atmósfera que podría asemejarse a una sala de cirugía.
Luego, como final o principio, dos elementos denotan un contacto más cercano, hasta afectivo, con el cuerpo, reciente e inmediato, y aproximado a una presencia física: unos zapatos negros que contienen finas cadenas, de aquellas que suelen colgarse en el cuello, y ocupan hasta el ras el interior del calzado. No lejos de ellos, hay una caja de acrílico negra con agua y jabón, donde el artista lavó su rostro. Estas dos obras son las que poseen la huella física efectiva del cuerpo del artista.
Como corolario, volvemos al catálogo, y encontramos la fotografía del poeta Mariano Blat desnudo y dormido sobre el piso de la galería. Se trata de una performance para poetas.
Trabajo nocturno es también el título de un poema de Juan Manuel Inchauspe, incluido en el catálogo, fechado en 1985, y parte de la propuesta. El repulsivo encuentro con una rata muerta “temprano en la mañana” y la acción de su entierro. De inmediato, una escena cotidiana de hermosura natural, hortensias florecidas, una gata que se despierta y solicita “la leche fresca y pura”. Despojado estado de vida, esencialidad privilegiada.
MERCEDES CASANEGRA
