Entramos a un enorme espacio industrial y escuchamos un ruido neutro, desasosegante. El lugar sólo está iluminado por cinco grandes videos proyectados sobre las paredes. Calaveras animales, solas o en parejas, permanecen sobre una superficie desértica. Sin que el ruido intranquilizador se inmute, los cráneos explotan. Las imágenes se ralentizan, y se puede ver cómo vuelan disparados fragmentos de la quijada. La factura técnica es perfecta, pero lo que sentimos al encontrarnos en medio de ese despliegue audiovisual es inquietud, turbación.
Regresamos al punto de partida con el zumbido aún en el cerebro (en nuestro cráneo). Para algunos la experiencia es completa; otros buscan alguna respuesta o explicación a la obra. El título, más que dar pistas, genera reflexiones enriquecedoras y sugerentes; Del cuerpo no podemos caer proviene de una frase del filósofo Willy Thayer (“Del cuerpo no podemos caernos”) y amplía el campo de lecturas del trabajo audiovisual. Un trabajo, como comentaba, impecable. Para la grabación se utilizó un equipo cinematográfico, y el resultado es palmario. La edición también se ha cuidado, estableciendo un ritmo en las explosiones y generando una reproducción en bucle de tal modo que no coinciden en el tiempo. Uno se pregunta cómo una joven artista como Aymara Zegers ha conseguido llevar a cabo este proyecto en un espacio que no está especializado en arte contemporáneo, sino que es una sala que se arrienda con diversos fines. La respuesta: el crowdfunding. Zegers lanzó un sitio web para recoger donaciones voluntarias, a fin de llevar a cabo su obra. A cambio de la donación económica, y dependiendo de su cuantía, los “productores” recibirían como canje una publicación o incluso una obra de la artista. Este modo de financiamiento, que ha funcionado exitosamente en otros campos como el cine, es muy valioso como ejemplo para los artistas, en especial en Chile. En primer lugar, porque nunca antes en el campo del arte había experimentado con este procedimiento. Y en segundo lugar, porque Chile es un país con una excesiva dependencia del “Fondart”, una subvención pública. No hablamos del apoyo privado, ya que en este país, aunque sea paradójico, el apoyo a la cultura es prácticamente nulo.

Volviendo a la lectura de la exposición, vemos que podemos escarbar más (llegar al hueso) en la génesis de la idea. Dos referencias, una personal y otra proveniente del cine, ayudan a comprender la intención. Hace nueve años Zegers visitó un crematorio en India. Se estaba incinerando el cuerpo de una niña. En un momento del ritual, una explosión tuvo lugar; era el cráneo, que, por una serie de condiciones naturales, estalló. Ese instante impactó a la artista, que no recuperó la imagen (o el sonido) hasta años después con la consecución de Del cuerpo no podemos caer. La otra influencia es la película documental La nostalgia de la luz (2010) de Patricio Guzmán. Dicho filme recoge las experiencias de astrónomos y científicos que trabajan en el desierto de Atacama, por ser uno de los mejores lugares del mundo para la observación de las estrellas. Por la casi total ausencia de humedad, el desierto es además una localización que mantiene restos óseos intactos. Un grupo de mujeres recorre y remueve cada grano de arena buscando restos de sus familiares supuestamente enterrados allí en la época de la dictadura chilena. Mientras los astrónomos miran hacia el espacio, las mujeres se entregan a la búsqueda de huesos pertenecientes a sus allegados. El paralelismo se completa cuando un astrónomo comenta que las estrellas tienen “calcio”, y que cuando explotan, los polvos de sus “huesos” caen sobre la tierra. Pienso en esta afirmación y la relaciono de nuevo con la obra de Zegers. Los cráneos que estallan no son sino trasuntos de las estrellas que mueren y explotan en el cielo. Como sabemos, lo que vemos en el cielo no son estrellas, sino la luz que ha dejado la estrella tras su muerte. La poética que encierra este hecho científico “ilumina” o arroja una nueva luz al video artístico. El enlace de lo político con lo anatómico, del pasado local con algo tan global como el universo, genera un nuevo visionado. De una forma muy tangencial, tocamos el tema de los asesinatos perpetrados en la época pinochetista. Muchos han sido los artistas que, sin nombrar, han aludido a las desapariciones a través de los huesos (por ejemplo, Arturo Duclos). Anteriores obras de la propia Aymara Zegers también han reflexionado acerca de estos hechos de una manera sutil y metafórica. Pero en esta ocasión, la alusión es indirecta. Quizás la sobreproducción de la pieza audiovisual agota la capacidad semántica de lectura. Del cuerpo no podemos caer tiene dos caras. Una, visitando la exposición sin ninguna información previa ni post. La sensación de angustia es la que prevalece. Otra, contando con toda la información. La experiencia añade otros campos de estudio que van desde lo político hasta lo científico. Puede que la intención de la artista fuera una carretera de doble vía: una para el espectador no especializado, y otra para el avezado. Sea cual sea el camino escogido, la pretensión final es trasladar el impacto de los cráneos de los animales a los cráneos de los espectadores.
JUAN JOSÉ SANTOS
