He estado haciendo arte durante los últimos sesenta
años. Nadie me ha pirateado mis páginas y cuentas de la Internet (al menos que
yo sepa) para averiguar mi vida privada, mis pasatiempos o mis actividades.
Cuando hago piezas nuevas nunca logró una reacción pública
de envergadura. En general nadie me escribió una crítica buena o mala, a menos
que tuviera una muestra bien organizada en un lugar de buena reputación. No me
estoy quejando y en realidad estoy muy bien. Solamente digo todo esto porque
alguien pirateó la cuenta de George W. Bush, descubrió que está pintando, puso
las páginas a disposición del público, y armó un gran evento en el mundo
artístico estadounidense. Por lo menos esa es la impresión que me da al ver los
intercambios entre mis amigos en Facebook. En dos días los cuadros de Bush
recibieron más comentarios críticos y comentarios que yo recibí en sesenta años
de vida semiprofesional y profesional. Eso pone a Bush, junto con Cecilia
Giménez, entre los éxitos artísticos más exitosos de por lo menos los últimos
doce meses.
Giménez es la señora octogenaria que retocó el mural de Ecce Homo en el pueblo español de Borja, en una obra que toca el extremo de la apropiación. Bush pintó en uno de sus cuadros sus piernas en la bañera, y en otro, su imagen mientras toma una ducha mirándose en el espejo para afeitar. Por medio de Photoshop, mucha gente ingeniosa inmediatamente insertó la obra maestra de Giménez en el espejo de Bush, combinando así ambos fenómenos en una obra única. La obra de Giménez fue pública y permanecerá pública. El pueblo ya decidió mantener la “restauración” y explotar la publicidad que ha generado. Se produjo una transmutación milagrosa de una indignación inicial a una ola de simpatía y admiración que luego se tradujo en una atracción turística. Los billetes de entrada para ver el fresco restaurado le cuestan cuatro euros al visitante, y Ryanair vuela a Zaragoza, el aeropuerto más cercano a Borja, para facilitar el acceso1. Los cuadros de Bush habían permanecido privados, con excepción de un retrato de su perro Barney. Barney murió el primero de febrero de este año y Bush puso su cuadro a disposición del público en su página de Facebook.

Siempre me ha intrigado la combinación de ser jefe de Estado con la actividad artística. Parece que me encuentro sólo en esta fascinación. Traté de encontrar ejemplos en Google, pero no hay respuestas a mi búsqueda. No hay nada bajo “presidentes que pintan”, “pintores en el gobierno” o “jefes de gobierno haciendo arte”. Si se quiere averiguar algo hay que conocer los nombres de los que se están buscando. De manera que, por lo que sé, Bush es miembro de un club muy reducido al que pertenecen Hitler, Churchill, Eisenhower y Putin. Lo que los une es que todos pintaron o pintan. Salvo Hitler, todos se consideran amateurs. Eisenhower, aun si se burlaba de sí mismo (se le cita como diciendo que su mano es mejor para el hacha que para el pincel de pelo de marta), utilizó algunos de sus cuadros para hacer postales de Navidad para la Casa Blanca. A pesar de la humildad de Eisenhower con respecto a su arte, las tarjetas pueden ser vistas como un ejemplo de abuso de poder y de mal uso de dineros públicos, pero nadie ha protestado contra el hecho.
Hay dos ejemplos más de jefes de Estado conectados con el arte, aunque no con las artes visuales: Václav Havel y Vyautas Landsbergis. Ambos ya estaban establecidos en sus profesiones antes de ser presidentes. Havel era conocido como escritor antes de ser elegido presidente de Checoslovaquia. Landsbergis era músico y artista de Fluxus, y amigo del fundador de Fluxus, George Maciunas, antes de ser presidente de Lituania, en 1990.

A pesar de su profesionalismo, las obras de Hitler lograron un precio de apenas 20.000 dólares, una cifra pequeña si se compara con Churchill o con Putin. Estos últimos han superado el millón de dólares. A pesar de sus postales, Eisenhower quedó rezagado, con sólo 7.500 dólares. Los precios que pueda lograr Bush todavía no se pueden estimar. Como un aparte, las obras de Giménez, trabajos muy eclécticos como los de Bush si se miran otras obras suyas, se venden por alrededor de 2000 dólares. Pero en cuanto a una aclamación crítica de los jefes de Estado, la situación es muy distinta. Los comentarios generalmente son muy negativos. Esto hace que los comentarios de Jerry Saltz, el crítico de arte de New York Magazine y poseedor de una buena reputación, sean notables. Saltz está extasiado con Bush2.
En su artículo Saltz trata de reconciliar sus opiniones pasadas en las que despreciaba a Bush como persona y como político, con sus reacciones de hoy frente a la pintura. “¡Dios mío! ¡Los cerdos vuelan! Hay algo de George W. Bush que me gusta. Mucho”. Y termina su nota con la jerga típica de la literatura artística: “Dulce, sublime, olvido oblicuo. La visibilidad de lo invisible. Pinta George, pinta más. Por favor. Si expones, escribiré sobre la obra. El Whitney Museum of American Art debería ponerse al día y hacer una pequeña muestra de este americano […]”3.

Es innegable que los dos cuadros del cuarto de baño, por lo menos por lo que se puede ver en la Internet, tienen un cierto encanto en su torpeza y en la gama sin riesgo de sus colores. Son ciertamente inesperados proviniendo de la misma mano que, con excepción de los nucleares, detonó todos los botones disponibles para activar la muerte de la gente, y que condenó al mundo a vivir en la presente inestabilidad, el desastre económico, y en un reino de violencia sin un fin predecible. Pero también es verdad que si mi tía hubiese pintado esos cuadros, lograría una sonrisa simpática de mis amigos artistas, aunque no mucho más. Y si fueran pintados por un artista establecido, la reacción sería: “¿Y por qué diablos cambió de estilo?”.
Es por eso que hay poner las cosas en perspectiva. Es verdad que dentro del club de jefes de Estado que hacen arte y que sonresponsables de genocidio y muertes masivas (no importa el argumento que se esgrima para hacerlo), las pinturas de Bush parecen estar al frente en años de historia del arte. Por lo menos si se comparan con las obras de sus colegas Hitler, Churchill y Eisenhower. El trabajo de Putin solamente se conoce a través de una obra, y es prematuro el emitir juicios. Putin parece tener una pincelada fuerte y que no le tiene miedo a la abstracción, pero ¿quién sabe? El precio que logró su cuadro seguramente fue producto de la adulación oligarca, y no de un juicio artístico serio.

Hasta este momento toda esta información parece lo chismosa y trivial que realmente es. Pero uno puede por lo menos aprovechar la ocasión para sacar algunas conclusiones. Una de ellas es la obvia: el mundo estaría en condiciones mucho mejores si el quinteto se hubiera dedicado al arte, y no a la política. Pero esa es una verdad que se nos puede aplicar a todos, no importa la opinión que tengamos de nosotros mismos. La otra conclusión es que el arte es un campo lleno de problemas verdaderamente desagradables.
La primera pregunta que surge es en qué contribuye la pintura de Bush a nuestra manera de pensar o de ver las cosas, incluso si uno se limita al entorno local de Estados Unidos. ¿De qué manera nos enriquecen sus telas? Me animo a declarar que la respuesta es negativa. Para algunos observadores las pinturas contribuyen el encanto de una ingenuidad llevada a un buen término. Esto es coherente con el mismo comportamiento que aseguró que Bush tuviera un alto porcentaje de votos durante su vida política. Lo sorprendente es que en ese sentido, aparentemente, siempre fue fiel a sí mismo, y no importa lo que eso signifique. Pero no hay ninguna otra revelación en esa cualidad y no hay valores paradigmáticos en esa verdad.

Más que nada que por divertido y para la burla, la imagen de Giménez ha circulado profusamente por el mundo en posiciones interesantes. Ocupó la posición del Che en camisetas, apareció en reinterpretaciones de “La última cena”, sobre panqueques, y en versiones de la Mona Lisa. El resultado es que su renovación del Ecce Homo se ha convertido en un ícono gracias a un proceso similar al del establecimiento de las marcas comerciales en el mercado. A esta altura la imagen se ha grabado en nuestras mentes a un punto que queda más allá de la evaluación de la calidad. El choque inicial que causó inicialmente se basaba en la comparación con el original y en su asociación con una especie de vandalismo bien intencionado. La obra que Giménez “restauró” ya era bastante mala antes que la tocara, y el vandalismo no formó parte de su proyecto; la autora es una cálida y devota anciana que, en relación con el arte, es tan ingenua y está tan desinformada como Bush.
Si las obras de Bush tienen algún mérito social, es que han permanecido como un asunto privado hasta el momento en que por culpa de un pirata informático se hicieron públicas, y no por su decisión. Una vez que cese el ruido mediático alrededor de la obra de Giménez, la imagen del Ecce Homo posiblemente seguirá permaneciendo en la memoria pública. Las obras de Bush, tal como las demás obras de Giménez, no tendrán ese destino.

Una de las lecciones aquí, si bien no es nueva, es que la publicidad tiene el poder de influir en la manera en que percibimos las cosas. Si tiene buena puntería y es persistente, terminamos absorbiendo la imagen y la integramos en nuestra cultura sin someterla a un cuestionamiento crítico. Tanto la botella de Coca-Cola como su logotipo no tienen un real atractivo estético. Sin embargo, ambos han pasado a ser parte de la iconografía diaria. La nueva botella de aluminio (2009) es mucho más elegante y tiene ecos de la botella original, pero es poco probable que conquiste nuestra imaginación, por lo menos no por algún tiempo4.
Otra lección es el papel que en todo esto cumple la autoría. Parte de ese rol nos fuerza a utilizar tácticas de mercadeo tanto para nosotros como para las obras. El trabajo tiene que ser reconocible, es decir repetitivo, para lograr la creación de un estilo. Y luego ese estilo tiene que poder ser atribuido a un nombre para que la obra adquiera valor en el mercado. Será reconocida entonces como un producto representativo de la firma del artista. No sabemos qué cosas ofrece el futuro de Bush y cuántas obras encajarán en este esquema de un estilo reconocible. Es posible que la publicidad en Facebook lo lleve a continuar con pinturas que traten del cuarto de baño. Sin embargo, los ecos que generó su obra no se reflejan en su página de Facebook. La página de Bush tiene retratos convencionales de su perro Barney, mientras que el resto está dedicado al golf, a las noticias de su familia y algunas causas filantrópicas.

Extrañamente, para todos aquellos de nosotros que durante décadas hemos promocionado la desaparición de la separación entre el arte y la vida, este evento debiera ser visto como un gran éxito. Inesperadamente, personas catalogadas como insensibles nos muestran una tenue señal de sensibilidad. El elitismo del arte quedó cuestionado. Finalmente hemos logrado que todo el mundo puede hacer arte, etc., etc. Pero en este caso todo esto no se basa en una democratización del arte sino en el consumo de la celebridad. Y uno podría creer que mientras este hecho sea transparente no causa daños. Pero las cosas se complican cuando la transparencia se enturbia.
La autoría ya es un problema en sí mismo, pero la situación empeora cuando ésta se convierte en sinónimo de fama, o cuando la fama se convierte en el factor primario. E incluso esto podría mantenerse separado en una categoría de proceso de enturbiamiento de la transparencia, y con ello, minimizar el daño. Saltz escribió una pieza semidivertida en la cual reflexiona más sobre su sorpresa personal que sobre los temas verdaderos que conciernen al arte. O por lo menos tengo la esperanza de que así sea. Pero el telón de fondo contra el cual se lee todo esto no es la autosatisfacción de Saltz. Es el presentado por la galería Gagosian cuando exhibe trabajos de Bob Dylan5.
Normalmente uno describiría a Gagosian como la galería más poderosa del mundo, con ambiciones imperiales tanto en su proliferación internacional de espacios como en la forma que presenta sus exposiciones. También hay que mencionar que es la organización que generó los escándalos millonarios más grandes en el mundo de las galerías de arte. Pero en un mundo en donde la cultura está sufriendo las consecuencias de los cortes económicos, la galería arma muestras de calidad museística que muchas veces son mucho más memorables que las presentadas en los museos. Con esa imagen presente, la galería presentó la obra de Dylan y preparó un informe para la prensa con la siguiente frase: “El cantor más celebrado de nuestros tiempos; el arte visual de Bob Dylan se caracteriza por el mismo empuje constante de renovación que es típico de su música legendaria”. La muestra de Dylan aparece en el contexto interminable de una lista que incluye artistas de la talla de Francis Bacon, Willem de Kooning, Tracey Emin, Yayoi Kusama, Richard Serra y Cindy Sherman, para mencionar unos pocos. La música de Dylan ciertamente se mide bien con la obra visual de estos artistas. Pero su arte no. Posfauvistas, sus cuadros están mejor hechos que el Ecce Homo de Giménez o la bañera y ducha de Bush, pero también son obras más convencionales. No pude encontrar críticas de Saltz sobre la obra de Dylan, pero hay unos grabados de Dylan que reproducen sus cuadros, hechos en ediciones de 295 ejemplares, que se pueden comprar por alrededor de unos 2200 dólares.
NOTAS
1. Barry Neld, “Ecce Homo ‘restorer’ wants a slice of the Royalties”, The Guardian, 20/9/12. Giménez quiere que su parte sea donada para causas de caridad.
2. Técnicamente hablando, Landsbergis fue presidente del Consejo Supremo de Lituania de 1990 a 1992, y como tal, jefe de Estado. El Parlamento luego instauró la independencia de la República de Lituania.
3. “Jerry Saltz: George W. Bush Is Good Painter!”, Vulture, 8/2/13.
4.La nueva botella fue diseñada por Chris Garvey, de la compañía Turner Duckworth.
5. “Revisionist Art: Thirty Works by Bob Dylan”, Gagosian Gallery, NY, 28/11/2012-12/1/2013.
LUIS CAMNITZER
Profesor Emérito del SUNY College, Old Westbury.

