Durante los meses de diciembre, enero y febrero asistimos a una exposición que conmovió a buena parte de los interesados en el arte. Nos referimos a la muestra titulada AZIMUT de Anna María Mazzei, presentada en la Galería D´Museo, situada en el Centro de Arte Los Galpones (Caracas). Aquí la artista sintetiza en veinte obras el proceso más reciente de su investigación y pone en evidencia la madurez creativa y la sedimentación plástica de unos logros que, lejos de traicionar, prolongan y enriquecen lo que ha sido la constante en su vida artística, como son la naturaleza y sus significaciones, así como la interacción entre el soporte y el contenido, y el comportamiento de los códigos plásticos entrecruzados.

Nos encontramos ante unas obras tranquilas y meditadas, apolíneas en cierta forma, pero también impulsivas e intuitivas, así como desafiantes y atrevidas. Lo más interesante es que este plural juego de impactos convive sin interferencias y sin riesgos de confrontación. En efecto, lo planimétrico convive con lo volumétrico; lo orgánico se fusiona con lo inorgánico; lo sensible se entremezcla con lo perceptivo, todo lo cual atiende a la dinamización de pronunciadas ambivalencias que convocan la más aguzada curiosidad y el más demandante deleite. Desde luego, aquí la intriga, el desafío y la sorpresa participan, igualmente, con una vocación protagónica, ya que los planos de repente son impactados por incisiones aparentes que terminan por ser, más bien, irrupciones de volúmenes turgentes que, en unos casos, pretenden cierto disimulo y, en otros, buscan demostrar su insoslayable presencia. Es indudable que en estas realizaciones se logra una suprema conjugación de lo visible con lo tangible. Mejor dicho, se alcanza la posibilidad de hacer visible lo inexpresable o de hacer que lo inexpresable se muestre con una sutil autosuficiencia. Sin duda, Anna María Mazzei favorece la superación de la bidimensionalidad con la impecable factura de sus resoluciones. La artista logra, sin duda, la combinación de la sedimentación de un código geométrico con el afianzamiento de un estatuto sensible. Y esto es sólo posible a partir de un avezado dominio plástico y de un esclarecido concepto estético. Es así como cada pieza deja traslucir una disciplinada dedicación, en donde la improvisación no tiene margen de vigencia. El producto que resulta es siempre revelación de una relación de intensidad entre la artista y su obra.
En toda esa dinámica de lo implícito y lo explícito entra también en escena el aporte de las superficies que transparentan las nervaduras, vetas y huellas propias de la madera que sirve de fondo. También, los colores atenuados establecen su campo de protagonismo y se conjugan con el resto de los códigos plásticos que se congregan en cada obra. Estas, por cierto, parecen atender a una evolución, en donde cada una registra un impulso apoyado en una experiencia previa, pero sin dejar de conquistar su particularidad expresiva y resolutiva. De manera singularizada, las turgencias se asoman o se ocultan en zonas diferentes y con presiones cambiantes. Ellas actúan como ángulos implícitos que se aferran con apego y que demuestran que, como decía Ernesto Sábato, el oficio del arte consiste en que no se lo advierta. Precisamente, a partir de este señalamiento debe subrayarse también el interés que la artista ha evidenciado respecto a la problemática del espacio. Este aflora en unas superficies de cromatismos transparentados que interactúan con las presiones que proceden desde el fondo y que combinan, magistralmente, la superficie física y el espacio fenomenológico. Ella conquista, de esta manera, una sensación vital que irrumpe en lo que aparentaba ser un extremo silencio. Igualmente, la forma de los soportes añade su contribución, ya que, en algunos casos, obedecen a la convencionalidad del cuadrado, pero en otros, se lanzan a la conquista de extraños hexágonos que se expanden o contraen para favorecer que cada realización evidencie los motivos de su propia existencia. Estas precisiones técnicas forman parte de los estatutos estéticos, ya que añaden efecto perceptivo a todo el desenlace plástico. Anna María Mazzei no pierde nunca el propósito de sus búsquedas, como es el de darle plenitud a lo que procede de combinar la imaginación con la sensibilidad.
VÍCTOR GUÉDEZ
